De la ‘primavera árabe’ al caos

La primavera árabe no ha cesado de asombrarnos. Lo que sucede desde hace unos meses en el norte de Mali y en el sur de Argelia es la consecuencia de diversos acontecimientos acaecidos hace más de veinte años en Argelia y, más recientemente, en Libia. La batalla de Bengasi (marzo del 2011), seguida posteriormente del linchamiento de Gadafi (20 de octubre del 2011) dejaron a miles de soldados libios y a otros mercenarios sin amparo ni protección; algunos tuaregs vagaban sin rumbo fijo. Estos grupos han huido hacia el Sahel pertrechados de armas almacenadas en diversos lugares. Estos fugitivos encuentran en el desierto a otros aventureros, argelinos del GIA (Grupo Islámico Armado), que participaron en el conflicto civil entre 1991 y el 2011. Se les han unido grupos de mauritanos, magrebíes que han realizado estancias en Afganistán y otros asesinos sin escrúpulos venidos de varios países de la región e incluso de Europa. Así, el norte de Mali se ha convertido en hito y lugar de referencia de bandidos y asesinos prestos a librar el combate que sea, a las órdenes de jefes ocultos, hombres tapados y enigmáticos que manejan fortunas y utilizan el islam como enseña para sus crímenes.

Al Qaeda constituye, en principio, la referencia principal. Abriga buena disposición con los fundadores de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI) y ve con buenos ojos el proyecto de un Magreb gobernado por un islamismo radical; es decir, salafista. Pero lo que importa es el dinero, susceptible de obtenerse por dos medios: el narcotráfico y la petición de un rescate; debe añadirse otro comercio, menos suculento, el de los inmigrantes africanos.

En la actualidad, los proyectos más amorales son más visibles que los ideológicos y políticos. Estos terroristas, guiados por jefes carismáticos como Iyad ag Gali, jefe histórico de la rebelión tuareg y líder del partido Ansar al Din; Mojtar Belmotjar, llamado el Tuerto, salafista y sobre todo gran contrabandista cuyo movimiento se llama “Los que firman con sangre” (sería el cerebro de la toma de rehenes en la planta de gas de Ain Amenas en el este de Argelia) o el mauritano Hamada Ould Kairou, instalado en la localidad maliense de Gao, son gente archiarmada y bien entrenada que ocupa un territorio inmenso sobre el que ondea una bandera negra en la que está escrito: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Estos grupúsculos no guardan una unidad completa, sino que cada uno adopta la iniciativa que conviene a sus intereses.

La intervención francesa en Mali (algunos dicen que tendría un objetivo no confesado, el de proteger las minas de uranio en la frontera con Níger) ha sido aplaudida con actitud positiva tanto por el conjunto de la clase política en Francia como por el pueblo maliense que vivía bajo la amenaza de un avance de los grupos criminales que han demostrado de lo que son capaces en el norte del país.

Por una vez, lo que se cuestiona no es el islam; todo el mundo coincide en afirmar que los yihadistas que aplican de modo bárbaro ciertos preceptos de la charia cortando manos y pies y lapidando mujeres no militan en una causa noble; son, sobre todo, narcotraficantes que cuando secuestran personas es para pedir un importante rescate. Pero, más allá de este aspecto de la realidad, hay elementos que no se saben: ¿quién financia a los criminales?, ¿quién les suministra tantas armas? ¡Quién está detrás de esta barbarie que adquiere dimensión internacional? Es menester que se sepa cuáles son los estados que apoyan a estos yihadistas sin escrúpulos y que sean señalados como enemigos de la paz y combatientes terroristas. Porque, detrás de ellos, hay estados y millonarios que sueñan con un “islam dominador del mundo”.

Desde el principio de estos hechos, Argelia ha mantenido una actitud prudente y silenciosa que no ha contemplado la posibilidad de una intervención militar en Mali. Ha sido necesaria la implicación de las fuerzas armadas francesas para que Argelia acepte que su fuerza aérea cruce su espacio aéreo. Ha cerrado también las fronteras en el sur, lo que no impidió que los terroristas reaccionaran ante su ayuda a los franceses con una importante toma de rehenes el día 16 en la planta de gas de Tiganturin, cerca de Ain Amenas en Argelia, que acabó con la muerte de 37 rehenes extranjeros. Estas acciones vengativas precipitan a Argelia en esta guerra que no deseaba. Ha sido desafiada en su propio territorio. ¿Cómo es posible que los terroristas pudieran secuestrar a tantas personas y ocupar estas instalaciones en suelo argelino sin ser molestados? ¿Cómo es posible que un lugar tan importante careciera de seguridad? Cabe preguntar si los terroristas no se han beneficiado de complicidades a nivel local.

Si, por una parte, Mali tiene un interés evidente y notable en que Francia y otros países africanos intervengan para ayudarle a recuperar una parte de su territorio, Argelia ha querido mantenerse aparte. Las heridas de la guerra civil todavía están abiertas y este país no tiene ningún interés en meter el dedo en esta escalada cuyo objetivo se halla en la desestabilización de una parte de África. Argelia ha aguantado frente a la primavera árabe, pero la toma de rehenes le ha obligado a abandonar su silencio y actuar. En septiembre del 2012, circularon determinadas informaciones que apuntaban que los campamentos de Tinduf donde están confinados los saharauis pertenecientes al Polisario servían para entrenar a miembros de Al Qaeda. Debido a tal circunstancia, Estados Unidos habría pedido a los argelinos que acepten una solución política del conflicto que les enfrenta a Marruecos desde 1975 a propósito del Sáhara Occidental. Hubo negociaciones entre los marroquíes y polisarios en Nueva York, pero no se halló una solución seria y formal.

Argelia se ha negado a negociar con los secuestradores. Sin informar a nadie, el jueves día 17, a primera hora de la tarde, las fuerzas armadas lanzaron un ataque para recuperar el control de la planta de gas ocupada por los terroristas. Solución de firmeza (a la rusa), pero saldada con decenas de muertos, rehenes entre ellos.

Quienes han sacado más tajada de la primavera árabe explotándola para sus fines han sido los islamistas de todo tipo que no pueden menos que regocijarse del caos que las revoluciones han creado en Libia (un país sin Estado), en Túnez, en Egipto (que son estados, pero en manos del islamismo). Lo cual permite, por otra parte, a Bashar el Asad perpetrar sus matanzas con total impunidad. Porque, si bien Rusia y China han quedado aparte del tablero libio, al día de hoy se niegan a abandonar al dictador sirio y pretenden que la gente crea que vale más un régimen a lo Bashar que una república islámica con salafistas que cortan las manos a los ladrones. Aunque no es tan sencillo.

Tahar Ben Jelloun, escritor. Miembro de la Academia Goncourt Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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