De la reforma fiscal a la crisis de Gobierno: Rajoy en estado puro

Sostiene Thomas Piketty en su apabullante Capital in the twenty-first century que la tendencia a la acumulación y concentración de dinero y todo tipo de activos en pocas manos continuará en el futuro en los países capitalistas, a no ser que aumente la progresividad de los impuestos.

El que los ricos sean cada vez más ricos, el hecho de que la rentabilidad del capital aumente porcentualmente más que el crecimiento económico en su conjunto es un mal en sí mismo y lleva a la creación de burbujas financieras de cuyo estallido se derivan graves crisis que llevan al empobrecimiento de grandes capas de la población.

¿Habrá leído Cristóbal Montoro a Piketty antes de elaborar su reforma fiscal? ¿Le habrá inspirado de alguna forma?

Si, como afirma Piketty, los países donde las diferencias de renta son menos acusadas funcionan mejor y resisten mejor a las crisis cíclicas del capitalismo, lo adecuado es un sistema fiscal en el que los ricos paguen mucho más que los pobres.

Si me lo preguntan, no creo que el ministro de Hacienda haya devorado en sus ratos libres las 655 páginas del tratado del profesor de la Paris School of Economics. Al margen de que Capital aún no haya sido traducido al castellano, no veo a Montoro convirtiéndose, a su edad, en un socialdemócrata.

La reforma fiscal presentada en varias fases, en puridad, no merece tal nombre. El objetivo de las medidas acordadas por el Gobierno es rebajar un poco la presión fiscal, sobre todo a las rentas bajas, para afrontar las elecciones de 2015 con posibilidades de ganar.

El sistema fiscal representa la columna vertebral de la ideología de un partido. Si se opta por un sistema muy progresivo es que se apuesta por el papel del Estado como redistribuidor de la riqueza. Si el esquema es de impuestos más bajos y con tipos menos progresivos, es que se apuesta porque la redistribución de la riqueza se produzca en virtud del crecimiento económico, facilitado por el hecho de que los ciudadanos tengan más dinero para gastar o para invertir.

Es una definición de brocha gorda, pero básicamente eso es lo que diferenciaría la política de un partido de izquierdas de la de uno de derechas. Pues bien, la reforma de Montoro, como decía una rumba flamenca, no es ni fu, ni fa.

Y no lo es porque no responde a una filosofía, sino a unos objetivos a corto plazo: bajar un poquito los impuestos directos y cumplir el objetivo de déficit.

Ese pragmatismo, ahí Montoro y Rajoy van de la mano, ha hecho que se deseche la reforma que planteó el llamado comité de sabios. Gustara o no, en el documento que se presentó el pasado mes de febrero había una coherencia en el planteamiento, un dibujo completo del sistema, una filosofía bastante más próxima al programa electoral del PP, que fue con el que Rajoy ganó por mayoría absoluta las elecciones de 2011.

La reforma Montoro nace con un pecado original: la subida de impuestos que el Gobierno aprobó a las pocas semanas de ganar las elecciones.

Ya en aquel momento hubo un debate de fondo: subir el IRPF o subir el IVA. Y ahora, más de dos años después, la discusión ha sido la misma: subir el IVA y los impuestos especiales como pedían los sabios, para poder bajar más el IRPF y las cotizaciones sociales; o bien, no tocar los impuestos indirectos y optar por retoques en renta y sociedades.

Que haya salido adelante la segunda de las opciones, a pesar de los sabios, a pesar del Banco de España, a pesar de Bruselas, a pesar del FMI, demuestra que Montoro sigue siendo uno de los hombres fuertes del Gobierno.

Y también nos indica por dónde se orienta el Gobierno de cara al año y medio que queda de aquí a las elecciones generales.

Un modelo fiscal, como les decía, es lo más político que puede definir a un Gobierno.

¿Cuál es ahora la tesis más extendida en Moncloa? Les resumo: las elecciones europeas han dado el triunfo al PP en el peor momento; el PSOE está hundido y va a tardar tiempo en reaccionar; además, los socialistas van a tener la tentación de coquetear con Podemos; la economía va a ir mejor de lo esperado y es probable que en el otoño de 2015 el PIB esté creciendo por encima del 2% y con creación neta de empleo… En ese escenario, el PP aparece como el único «partido sensato». Por tanto, ¡hay posibilidades de repetir una mayoría absoluta!

Para hacerlo, no hay que caer en la trampa -aquí se percibe la mano de Arriola- de aparecer ante la opinión pública como «el partido de los ricos». Por eso era tan importante que el PSOE no pudiera hacer de la reforma fiscal su tabla de salvación; es decir, que no pudiera usar ese argumento para despertar de su letargo.

Eso es lo que le da a esta reformita ese tufo pikettista. El ministro de Hacienda no dejó de repetir en la rueda de prensa del lunes que su reforma es muy «progresiva».

En efecto, la bajada de impuestos la van a notar, sobre todo, las rentas menores de 30.000 euros. Aplicar el tipo máximo a partir de 60.000 euros parece un insulto a la inteligencia. ¿Realmente Montoro piensa que los que ganan más de 60.000 euros al año son ricos? Si es así, está aún más cerca de Pablo Iglesias (Podemos) que de Piketty.

El colmo de la demagogia es hacer tributar a las indemnizaciones por despido con el peregrino argumento de que «hay mucho fraude».

Las rentas medias y altas, en efecto, pagarán más que en la etapa de Zapatero, pero ¿quién se acuerda ahora de eso? Las nóminas se verán levemente aumentadas a partir de 2015 y ese endulzamiento puede aplacar muchos enfados.

Pero no era de eso de lo que hablábamos. Sino de filosofía, de política, de modelo de sociedad. Finalmente, el resultado de la llamada reforma fiscal es un impulso a la economía ¡del 0,5% del PIB! Todo un récord.

Dentro de unos meses (noviembre o a más tardar enero), Rajoy va a tener que afrontar un profundo cambio de Gobierno. A ello le obligará la casi segura marcha del ministro de Economía, Luis de Guindos, al Eurogrupo.

¿Qué hará entonces el presidente? Sin duda, será el test definitivo para comprobar si hay pulsión de cambio, o bien se impone la continuidad.

Quedará un año para las próximas elecciones y, por tanto, la crisis de Gobierno será la última oportunidad para ofrecer un nuevo perfil de Gobierno a los electores.

El presidente puede optar entre la fusión de Economía y Hacienda, dando a Montoro el rango de vicepresidente, lo que sería premiar su fidelidad. O bien, nombrar un nuevo ministro de Economía (García Margallo, los hermanos Nadal y otros están atentos a la jugada). O bien, dejar las cosas casi como están, nombrando un técnico en Economía.

Adivinen por cuál de las tres se inclinará Rajoy.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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