De lo viejo y de lo nuevo

Los entendidos califican de caótica, cuando no de ingobernable, la situación política nacida de las recientes elecciones generales. Para quien prefiere ignorar los recovecos de la política, sin embargo, la cosa no puede estar más clara: el elector español ha dado a su partido el mandato bien preciso de entenderse con los demás. Por primera vez, ninguno podrá mandar sin atender a los otros; no bastará con soportar, ni siquiera con escuchar las voces discrepantes: habrá que tomárselas en serio.

“Ya no más”, parece haber dicho el elector a los viejos partidos, y se comprende. En el terreno político, el PP es coautor de un tratamiento de la cuestión catalana que la deja bastante peor de lo que estaba hace cuatro años, mientras que las promesas federalistas del PSOE no terminan de inspirar confianza. Pero es en lo económico donde la esterilidad de ambos se pone en evidencia. Recordemos que se trata de poner a todo el mundo a trabajar, y de procurar que los trabajos que se creen vayan permitiendo, lo más aprisa posible, pagar unos sueldos más altos. Para resolver ese problema, el PP descansa en un crecimiento que será insuficiente y promete proseguir con las reformas sin especificar en qué dirección piensa hacerlo. La promesa de rebajas impositivas como recompensa por el buen comportamiento de la ciudadanía es por lo menos inoportuna, porque nuestras finanzas no permiten esa clase de gestos. La medida central del programa del PSOE, la derogación de la reforma laboral, no resistiría una reunión de los órganos de la Unión Europea. Uno y otro evitan, no ya resolver, sino siquiera abordar en serio lo que ha de ser el centro de nuestra política económica.

“Todavía no”, ha dicho nuestro electorado a los partidos emergentes, eso sí, después de concederles una parte considerable de sus votos. También se comprende. En la cuestión de Catalunya, la oferta de Ciudadanos es insuficiente, sea uno independentista o no; la de Podemos es demasiado imprecisa: si propone que la cuestión se dilucide en un referéndum vinculante limitado a Catalunya, es irrealizable; si habla del famoso derecho a decidir, no tiene contenido real; si está pensando en alguna de las modalidades de consulta que el Tribunal Constitucional estima compatibles con la Constitución vigente, no dice de cuál se trata. En lo económico, la propuesta central de Ciudadanos, el contrato único, no es viable sin una reforma de muchos aspectos de nuestras relaciones laborales, de modo que más que de tomarse una medicina de efecto rápido se trata de iniciar un largo tratamiento. Las propuestas de Podemos, de una simplicidad envidiable, tropezarían en su aplicación con enormes resistencias; buenas o no, nuestra sociedad no está dispuesta a adoptarlas. Podemos cambiará o no gobernará. Eso sí, el cambio es posible: hace cincuenta años, Pasqual Maragall y Narcís Serra leían juntos a Gramsci en una pensión romana; veinte años más tarde uno era un gran alcalde de Barcelona y el otro un gran ministro de Defensa. Uno puede madurar sin traicionar a sus convicciones.

Los emergentes traen ideas nuevas, pero sin conocer los laberintos que ha de atravesar una idea para convertirse en una norma aprobada, ni la colosal resistencia que una administración indiferente, cuando no hostil, puede oponer a su aplicación efectiva: ¡cuántas buenas ideas han terminado en una carpeta! ¡Cuántas pragmáticas no se guardan ni cumplen! Los veteranos, por el contrario, están cansados y carentes de ideas, y consumidos, además, en peleas internas; pero han acumulado un enorme capital de gramática parda y poseen un conocimiento de los resortes de la administración tanto nacional como comunitaria que es indispensable para una gestión efectiva.

No es tarea de un ignorante de la política aconsejar a los profesionales cómo entenderse entre ellos. Pero hasta un ignorante puede estar convencido de que el entendimiento es indispensable. A lo largo de nuestra historia, los enfrentamientos han terminado siempre mal. Hoy, además, la situación es grave en algunos aspectos: la legislatura anterior se ha saldado con un empeoramiento de la cuestión catalana; nuestro crecimiento reposa sobre bases todavía endebles; en un entorno de dudosa solidez nuestras perspectivas son inciertas. No podemos perder ni tiempo ni energía.

Todos lo sabemos. Sabemos, además, que el tiempo que se tarde en llegar a acuerdos será el empleado en anteponer intereses partidistas o personales a las necesidades del país. Los ciudadanos lo tendrán en cuenta. Y, sin embargo, los partidos, sea cual sea su programa, se comportan como fieles seguidores de Adam Smith, pensando que les basta con seguir su interés egoísta, porque una mano invisible hará el resto. Se equivocan si así piensan: aquí no hay mano invisible. Y si algo nos enseñan los resultados electorales en España, una y otra vez, es que los votantes no somos unos idiotas.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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