De ‘Londonistán’ a Yemen

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 05/07/07):

Los atentados fallidos de Londres y Glasgow y el asesinato de siete turistas españoles en Yemen ponen una vez más de relieve la indefensión en que se hallan las sociedades abiertas, democráticas y cosmopolitas ante los embates del terrorismo vinculado a Al Qaeda y la yihad, la guerra santa contra los infieles. Los escenarios del terror son cada vez más diversos, con el telón de fondo de la proliferación de armas nucleares, y la tensión entre la libertad y la seguridad se encrespa en la lucha contra un enemigo insidioso y casi invisible. En una sociedad de riesgo, según Ulrich Beck, la complejidad y la tecnología multiplican los efectos del terror.
Los ataques contra las torres gemelas de Nueva York demostraron la vulnerabilidad de la superpotencia hegemónica, ese Occidente motivo de odio, pero también de emulación, que no ha concebido un proyecto común para combatir con eficacia el terrorismo globalizado. Las declaraciones del nuevo primer ministro británico, Gordon Brown, aseverando que no se dejará intimidar, es lo menos que puede esperarse de un dirigente responsable, pero no es una respuesta suficiente para la angustia o el recelo de los ciudadanos afectados por el miedo y la cólera.

A NIVEL europeo, la situación es inquietante. No hay planes contraterroristas, ni entereza moral, ni clarividencia política. De Varsovia hasta Lisboa, el islamismo terrorista se refuerza y se expande entre los más de 20 millones de musulmanes europeos (la población de Siria), especialmente entre los descendientes de inmigrantes, muchos de ellos con la nacionalidad del país en que nacieron pero en el que no están integrados, que viven en guetos en los que sufren la desilusión, el rencor y el rechazo, presa fácil de una ideología fanática y nihilista. Esta vez, los yihadistas de Londonistán no son nativos, sino que proceden del exterior, estudiantes o profesionales calificados que llegan a Europa como tierra de asilo, pretextando la huida de las tiranías dominantes en el mundo árabe-musulmán, pero con frecuencia a sueldo de las monarquías petroleras que gastan miles de millones en la apertura de mezquitas y centros de estudio que sirven de tribunas para la prédica incendiaria y la recluta de prosélitos para el martirio.
El fracaso de la integración en Europa incita a preguntar por qué los musulmanes en EEUU se acomodan mejor. Las encuestas sugieren que el liberalismo económico de la sociedad estadounidense, donde el inmigrante no puede confiar su futuro al Estado del bienestar, crea una dinámica de prosperidad y ascenso social menos paternalista y más eficaz que en Europa. Escribe Ian Buruma: “A los inmigrantes parece irles mejor en el sistema más duro de EEUU, donde existe una menor tentación de explotar al Estado”. Además, EEUU es un gran receptor de emigración, en el que la diversidad religiosa y étnica forma parte de la identidad nacional, mientras que las sociedades europeas, mucho más homogéneas, no han conocido la inmigración hasta después de la segunda guerra mundial.
No menos estruendoso es el fracaso de las dos vías ensayadas para abordar el fenómeno. El presidente Bush declaró la guerra contra el terrorismo y los Estados que lo apoyan o encubren, pero no se dio cuenta de que esa guerra no se gana en los campos de batalla, ni permite la expansión evangélica de la democracia, como demuestra la trágica experiencia iraquí. Europa está dividida sobre la cuestión y, por ende, convertida en el eslabón más débil. Unos buscan las supuestas causas de la barbarie y se encomiendan a la panacea pacifista y diplomática, olvidando que todas las lecciones de la historia ridiculizan el apaciguamiento sin coerción; otros denuncian el islamofascismo, un rótulo fácil, denigratorio y sin matices para un movimiento liberticida y reaccionario, pero no comprenden que el fanatismo religioso es un subproducto de la globalización, entraña un conflicto interno del orbe islámico y amenaza de muerte a los Estados musulmanes.
Giovanni Sartori recuerda que “debemos admitir los europeos, además, que ya no somos una civilización fuerte”. Y un hombre tan prudente como el diplomático egipcio Al Baradei, responsable de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), al presentar su último informe sobre Irán, afirmó: “Con Europa se puede hablar de economía, de comercio -, pero no de temas duros sobre seguridad”. Otras opiniones europeas se muestran reticentes cuando los ciudadanos exigen mano dura contra los enemigos de la tolerancia. Y se despiertan con Nicolas Sarkozy en el Elíseo. El Estado debe mostrarse implacable con los extremistas que predican el odio porque la historia enseña que las sociedades multiétnicas están abocadas a alguna forma de guerra civil.

EL RETO de los terroristas requiere un esfuerzo informativo, una coordinación continental y probablemente un nuevo marco legal a escala planetaria, pero, ante todo, una reafirmación del orden democrático para impedir la subrepticia intimidación que cursa por doquier tan pronto como los enemigos de la libertad amenazan con sus fatuas y disimulan su sectarismo suicida tras unos supuestos abusos de nuestros antepasados, hasta provocar esa “tiranía de la penitencia”, según Pascal Bruckner, que agarrota el pensamiento y mina la moral de los europeos.