De Mariano Rajoy y Javier Fernández

Lo personal cuenta mucho en política. Javier Fernández y Mariano Rajoy deben entenderse. Incluso para seguir oponiéndose tienen ese deber. En el Congreso de los Diputados, sus partidos reúnen 222 (137+85) votos sobre 350. Lo probable, pues, es que se entiendan, que lleguen a un acuerdo honorable a partir de una evaluación de la realidad española compartida en grado suficiente.

El punto de partida

El punto de partida común es aceptar que la tercera convocatoria de elecciones generales en doce meses implica una confesión de incapacidad y superficialidad. Dicho de otro modo, de culpabilidad y banalidad.
Llamar a los ciudadanos cada cuatro meses para que resuelvan un intrincado complejo de problemas trabados entre sí y en niveles muy distintos (económico, laboral, financiero, institucional, territorial, comunitario…) es asumir, sin más, la inutilidad de la democracia parlamentaria representativa. En el régimen político usual de occidente son los representantes elegidos quienes deben afrontar los problemas en nombre de sus electores. Este es el fundamento. (Cosa distinta es cómo lo ahorma a su conveniencia nuestra partitocracia, que no ha cambiado apenas por ser ahora cosa de cuatro o seis en vez de dos o cuatro). A efectos de cosecha electoral, la tercera convocatoria beneficiaría, principalmente, al PP y por eso mismo hará bien Mariano Rajoy en rechazar la tentación ventajista.

Aritmética infantil

El segundo punto de concordancia entre ambos líderes es convenir que un gobierno encabezado por el PSOE que solo se podría instituir mediando un pacto con fuerzas separatistas es una quimera: la calificación es de Javier Lambán, 7 de octubre: «Quimera, porque el problema es que la izquierda no ha ganado las elecciones». Quienes defienden la opción, se basan en una suma meramente aritmética, no política, de escaños, escribiendo infantilmente guarismos en un papel y mezclando, incluso, en esa operación de izquierdas, a fuerzas de las derechas independentistas e incluso al pujolismo corrompido.

Sobre estos dos fundamentos y a falta de otras posibilidades mejores, quienes sumaron 13,3 millones de sufragios (el 55,6 % de los emitidos) han de averiguar hasta dónde pueden llegar en su puesta en común para que, finalmente, España disponga de un gobierno y de una oposición que merezcan ese nombre. El líder provisional del PSOE lo ha explicado con claridad asturiana: «Hay una cosa peor que un gobierno de Rajoy y es un Gobierno Rajoy con mayoría absoluta». Teme que lo haya si los españoles vuelven a votar en diciembre.

La apuesta más aceptada entre los observadores es que, en todo caso, no mejoraría la posición socialista tras lo sucedido con Pedro Sánchez (que sigue retador: el drama tiene ribetes de esperpento, muy a la española).

Rasgos en común

Rajoy y Fernández son antitéticos, pero no incompatibles. Les separan muchas, muchísimas cosas, incluidos sus orígenes sociales; pero también comparten otras que son significativas y que podrían resultar ahora de utilidad general, puesto que se trata de enderezar tuertos y de reparar averías, no de derribar la casa desde los cimientos.

Así, poseen en común rasgos de temperamento, como el aplomo y la circunspección; de perfil profesional –servicio público en cuerpos cualificados–; y de edad (61 y 68), madura, pero no senecta. Ambos son reluctantes al desgaste gratuito del sistema; conocen bien el alambicado medio político español (Fernández no ha logrado el sí de sus aliados podemistas a los presupuestos asturianos de 2016); tienen sentido del estado; y defienden sin eufemismos la nación española en términos constitucionales y vinculada al concepto jurídico-político de soberanía nacional, últimamente negado por el supuesto ‘derecho a decidir’ universal e irrestricto que ha colado como si fuera cosa indiscutible. Es un punto básico.

Son coincidencias considerables y novedosas. Ninguna, además, es referible al eje izquierda-derecha, que no lo explica todo en política. Hay, pues, espacios diferenciados para el enfrentamiento como para el entendimiento. Y ya han hablado el día 6, acotando inicialmente la palestra donde enfrentarse con sensatez y promesa de juego limpio.

Y también con dureza. En breve aflorará. La distinguida revista mensual norteamericana ‘Atlantic’, que se edita desde 1857, en toda su historia solo ha dado su apoyo a dos candidatos presidenciales: Lincoln (1860) y Johnson (1964). Acaba de publicar esto sobre Donald J. Trump: «Es el candidato más ostensiblemente impreparado en los 227 años de historia presidencial», además de «un demagogo, un xenófobo, un sexista, un ignorante y un mentiroso». El imperio puede permitirse candidatos así. España, no. Que nadie se asuste.

Guillermo Fatás

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