De Mladic, Praljak y La Haya

Solo he visto a Ratko Mladic en la televisión y el ordenador, pero conozco bien su legado en Bosnia oriental. Viví un par de años a principios de esta década en la municipalidad de Foca, en el Alto Valle del río Drina, fronterizo entre Bosnia, Montenegro y Serbia. Mladic nació por allí, en Kalinovik, un pueblucho apartado en las altiplanicies de Treskavica. Es una región de montes, cañones y nieblas, muy aislada, sobre todo en invierno. Más allá de su magnífica naturaleza salvaje, el Valle del Drina es conocido porque durante la guerra de Bosnia (1992-95), cuando casi todas las cámaras miraban al sitiado Sarajevo, en poblaciones como Gorazde, Visegrad, Srebrenica o la propia Foca se llevó a cabo gran parte de la limpieza étnica de bosnios musulmanes y otros crímenes dantescos.

Yo llegué al Valle algo más de una década después para trabajar en derechos humanos con la OSCE, con un mandato que buscaba contribuir a enmendar ese legado de Mladic y otros. Más allá de los grafitis en su apoyo que solía ver en callejuelas y ruinas, el General serbo-bosnio juega un papel importante como héroe en el imaginario local y ciertos sectores políticos y sociales en Serbia. Leyendo la reciente sentencia del Tribunal de La Haya para la antigua Yugoslavia, dos momentos concretos me vienen a la cabeza: cuando le arrestaron y nuestro trabajo en fosas comunes (sus fosas, esto es).

En mayo de 2011 la policía arrestó por fin a Mladic en Lazarevo (Serbia). Al igual que su mentor político, Radovan Karadzic, detenido en Belgrado en 2008, Mladic había vivido clandestinamente desde fines de los 90, protegido por el Estado profundo serbio. Aunque la noticia corrió como la pólvora por todo el mundo, esa mañana reinaba un pesado silencio en Foca. Orwell, en Homenaje a Cataluña, desmitifica el vivir de cerca momentos históricos así porque “los detalles físicos prevalecen sobre todo lo demás y no hay tiempo para elocuentes análisis de la situación, hechos a cientos de millas de allí”. En nuestra pequeña oficina, a hora y media de Sarajevo y algo menos de tres en invierno, no hubo épica. Nos preocupaban la manifestación nacionalista esa tarde a favor de Mladic y nuestra propia seguridad física. El personal local no quería significarse con sus vecinos y ser vistos como OSCE, o sea, OTAN y por tanto Occidente. La manifestación fue multitudinaria para una ciudad pequeña como Foca. En primera fila iban muchos de esos hombres ociosos semi-gansteriles que me cruzaba a diario en cafés y bares. Enarbolaban orgullosos banderas serbias y de las unidades paramilitares que sembraron el terror entre los bosnios musulmanes. Pero también había muchas señoras de mediana edad y abuelas de aspecto bondadoso, las babushkas de Balcanes, ese día con el semblante agrio. Alzaban iconos ortodoxos y retratos de Mladic, mezclando así religión y el mito del héroe nacional. Muchos niños del pueblo correteaban alrededor, alborozados, disfrutando de un momento festivo para ellos. La manifestación terminó en el monumento al ejército serbo-bosnio de Mladic (VRS), en un solar donde hasta 1992 había casas de musulmanes. Durante un par de años después, las calles y farolas de la zona se llenaron de retratos de Mladic. Supongo que los habrán vuelto a colocar.

El segundo recuerdo son las horas pasadas supervisando procesos de exhumación de fosas comunes que siguen apareciendo por el Drina, en bosques, sótanos urbanos, zanjas junto a carreteras rurales, etc. En esa parte del país, los restos pertenecían a bosnios musulmanes o croatas ejecutados por el VRS; paramilitares vinculados a ese Estado profundo serbio y el submundo criminal, como la Guardia Voluntaria Serbia, más conocida como los Tigres de Zeljko Raznatovic (alias Arkan, asesinado en Belgrado en 2000), o las Águilas Blancas del líder ultranacionalista serbio Vojislav Seselj, además de vecinos comunes y policías de la zona. En las horas en coche de un lado a otro del Valle, alguno de mis acompañantes serbo-bosnios, contrariado por nuestra labor, solía frivolizar con las violaciones sistemáticas a musulmanas en Foca y chasqueaba la lengua. Insinuaba, contra toda evidencia, que no habían tenido lugar.

Mladic nunca regresará al Drina en vida. La sentencia le condena a cadena perpetua, entre otros cargos, por el genocidio de Srebrenica, crímenes contra la humanidad y otros crímenes de guerra, como los cometidos en el sitio de Sarajevo. El Tribunal afirma que los actos de mando de Mladic fueron instrumentales para tales crímenes: sin ellos, no hubieran tenido lugar de esa forma. La jurisprudencia de La Haya confirma que Mladic, Karadzic y otros eran parte de lo que denomina una estructura criminal dirigida a la limpieza étnica y, en su caso, exterminio de musulmanes y croatas de regiones colindantes con Serbia. Un crimen continuado que incluyó el genocidio de Srebrenica de unos 8000 musulmanes, en pocos días de ese julio de 1995. La Haya, en un fundamento cuestionado, no atribuye tal carácter genocida a la limpieza étnica y otros crímenes cometidos en otras poblaciones del Drina como Foca, donde se estima que unos 2.000 musulmanes fueron asesinados. La prueba de genocidio en Derecho Internacional es muy elevada. En cualquier caso, esta empresa criminal era parte del proyecto ultranacionalista de una Gran Serbia y la responsabilidad -para algunos, principal- alcanza al Belgrado de Slobodan Milosevic. Su aparato de seguridad diseñó antes de la guerra lo que se ha conocido como el plan RAM, una estrategia para crear regiones homogéneas serbias en Bosnia y Croacia a través del armamento de grupos de defensa serbios, el sostenimiento del VRS y la pseudorrepública serbia de Karadzic, etc. Asimismo, el otro, y a menudo gran olvidado, crimen continuado contra Bosnia fue el proyecto de la Gran Croacia do Drine (hasta el Drina), encarnado en la pseudorrepública de Herceg Bosna. Uno de sus líderes, el general Slobodan Praljak, se ha hecho famoso la semana pasada al cometer un suicidio televisado, en plena lectura de la sentencia condenatoria. Detrás de este otro proyecto criminal estuvo la Croacia de Franjo Tudjman, quien negociaba con Milosevic la división de Bosnia a la vez que le hacía la guerra. Al igual que el líder serbio, Tudjman hubiera debido terminar en La Haya si la muerte no le hubiera alcanzado antes.

Años después, ya en la cómoda distancia que debería permitir analizar hechos históricos, me sigue costando profundizar mucho en figuras como Mladic. Quizás no hay mucho que profundizar y eso es lo más terrible de todo -otra forma de la banalidad del mal de que hablaba Hannah Arendt-. Veo al envejecido Mladic, en otra de sus bravuconadas, gritarle patéticamente al sosegado pero firme juez Alphons Orie: “Vi niste sud!” (¡No es un tribunal!). Veo a Praljak bramar que él tampoco es un criminal de guerra mientras ingiere el veneno. Con estas escenas de tragicomedia se cierra el telón del Tribunal de La Haya, que deja un legado amargo en los Balcanes. Estas sentencias son necesarias y pienso en las víctimas que conocí. Pero no hay justicia completa posible y a gusto de todos.

Además, tanto el resultado como la lógica de estas empresas criminales siguen latentes en la región. Políticos de Croacia, que hoy están en la UE, han lamentado la sentencia de Praljak y otros criminales, mientras siguen interfiriendo en los asuntos de Bosnia, que teóricamente avanza renqueante hacia la UE. Milorad Dodik, el líder de la Republika Sprska que crearon Milosevic, Karadzic & co. y consagraron los acuerdos de Dayton, niega el genocidio de Srebrenica y alienta el revisionismo histórico, en auge en la era de la posverdad. Otros crímenes contra la población serbia de la región siguen sin respuesta. En Foca han reconstruido algunas de las mezquitas destruidas, pero quedan pocos musulmanes para atender a la llamada a la oración, pregrabada, del muecín. Terminada la fase de La Haya, y es el momento para una difícil reconciliación que equilibre justicia y memoria histórica. Quizás sea pedir demasiado y, como en otros casos, haya que encomendarse al paso del tiempo y a nuevas generaciones que puedan empezar de cero.

Borja Lasheras es autor de Bosnia en el limbo: testimonios desde el río Drina (UOC, 2017).

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