De nuevo en las Termópilas

También en Portugal tenemos la impresión de que ya no hay ideologías. Uno diría que se ha acabado la autopista de la abundancia, con muchos carriles para distintos cielos, y lo que sobra es una senda estrecha, donde ya no hay izquierda ni derecha. Sin embargo, esta ausencia de ideologías en realidad refleja la presencia de una única doctrina aplastante que está marcando la vida de Occidente. En el fondo, somos fanáticos y, como ocurre con todos los fundamentalistas, no nos damos cuenta de serlo.

Nuestro fanatismo consiste en una defensa exaltada del derecho al egoísmo. En el caso de los partidos de derecha, este individualismo feroz posee una dimensión económica: normalmente genera leyes laborales algo caníbales. La izquierda prefiere dedicarse al egoísmo moral, produciendo legislación, relacionada con el matrimonio o la reproducción, que se adapte a los varios caprichos éticos de la ciudadanía. No obstante, al final todos están de acuerdo: se cambian un poco las normativas, cuando surge un nuevo gobierno, pero nuestro inmenso narcisismo sigue su marcha hacia el suicidio colectivo occidental.

Esta ideología empezó a asentarse allá por los años setenta del siglo pasado. Lo curioso fue su capacidad tentacular para avanzar por la derecha, a través del llamado neoliberalismo, y por la izquierda, concretándose en un cierto progresismo social. Y llegó un momento de ósmosis en que los progres eran neoliberales y los neoliberales progres: la nueva ideología había triunfado y la caída del muro de Berlín, en 1989, fue la fecha simbólica de la entronización de esta nueva mentalidad.

Este talibanismo occidental no tiene nombre oficial, lo que le da el poderío casi divino de todo lo innombrable. Durante estas últimas décadas, la nueva ideología ha ido destruyendo las diversas concepciones generosas que han marcado la vida de Occidente. Primero, se fueron barriendo del horizonte los sueños izquierdistas de una sociedad más justa. Al mismo tiempo se arrinconaron todas las instituciones de tipo espiritual, consideradas sistemáticamente sospechosas y fuera de lugar. La globalización, por otra parte, ha sido diseñada como el espacio en que se desarrollará plenamente el credo narcisista. El mundo entero es el imperio romano de esta doctrina egolátrica. Por ello, no hay reglas: el planeta debe ser un amplio escenario donde la mecánica de los egoísmos pueda funcionar, sin ningún tipo de trabas. Como los países representan proyectos colectivos, también ellos son amenazados por esta nueva mentalidad: casi todas las naciones occidentales han quedado en entredicho. Y el hermoso proyecto de la Unión Europea representa hoy en día uno de los enemigos del fundamentalismo egoísta. Europa es para ellos otro muro que hay que tumbar.

Además, la nueva ideología suele presentarse con base rigurosamente científica. Según ellos, las investigaciones genéticas prueban la fatalidad del egoísmo humano. En efecto, para esta gente, la genética funciona como una nueva astrología. Lo que los antiguos leían en el juego de las constelaciones, ellos lo leen en las espirales del ADN. Y también se apoyan en la neurología más avanzada. Hace dos siglos Gall palpaba el cráneo de las personas para descubrirles la personalidad. Hoy en día, existe un tipo de escáner que palpa bioquímicamente el cerebro de las personas. Y estos señores se entusiasman con esta nueva frenología, considerando que ella llegará a diseñar un mapa del alma que ancle en la materia los vuelos de la espiritualidad.

Siempre que una sociedad entra en una espiral de fanatismo, empieza su decadencia. Precisamente lo que nos está pasando ahora a los occidentales. Nos adentramos rápidamente en una nueva edad media. Todo se derrumba a causa de la innumerable explosión de los egoísmos ciudadanos. Y es espeluznante sentir las tinieblas creciendo en el panorama. No obstante, este desliz ha empezado hace cuarenta años: todavía es posible cambiar las cosas. Para ello, convendría darnos cuenta de que, mucho más que las medidas económicas actuales, que son necesarias, lo que hay que hacer a medio plazo es cambiar de mentalidad.

Dos cosas serían importantes. En primer lugar, practicar un cierto ecumenismo político que reuniera a las personas de buena voluntad de derechas y de izquierdas, con la conciencia de que estamos todos luchando por el viejo humanismo de Occidente contra una nueva barbarie que tiene una dimensión global. En segundo lugar, hay que recuperar los valores culturales y espirituales, la noción de justicia, la idea de nobleza y dignidad humanas. Y todo esto, no como una política conservadora, sino como nuestra única garantía para vivir libres. Porque los europeos estamos de nuevo en el desfiladero de las Termópilas, ante una barbarie que, curiosamente, nosotros mismos hemos inventado, y hay que encontrar por lo menos a trescientos valientes dispuestos a todo para que podamos seguir siendo el continente donde, a pesar de tantas salvajadas, siempre termina triunfando la libertad.

Por Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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