De Obama a Trump, un mundo

Hoy no sólo nos despedimos de Barack Obama y asistimos a la entrada oficial de Trump en la Casa Blanca, sino que vamos a presenciar el cambio que se produce en la presidencia de Estados Unidos de toda una visión del mundo.

Ocurrió algo parecido durante la campaña de las presidenciales de 2008, cuando midieron sus fuerzas Obama y John McCain. Uno de los asuntos recurrentes fue la diferencia entre las políticas exteriores que proponían los candidatos. Y es curioso, porque desde finales de los años 80 hasta el año 2000, las diferencias entre los partidos y los propios presidentes eran mucho más acusadas en asuntos domésticos que exteriores, como tuve ocasión de constatar en mis años como alumna de Ciencias Políticas en la UCLA.

En general, los presidentes de ambos partidos eran multilateralistas, partidarios de seguir manteniendo y expandiendo el llamado orden mundial liberal que EE.UU. y Europa empezaron a construir tras la II Guerra Mundial. Siempre merece la pena recordar que no existe un “gobierno mundial”, ni siquiera una “gobernanza global” -expresiones que asustan mucho a la gente-, sino una red de intereses solapados e interconectados. Aunque esta red está muy lejos de la perfección, ha tenido éxito en gran medida al aumentar el nivel de vida en el mundo y evitar guerras a gran escala.

George H.W. Bush fue un gran multilateralista, pero fue el último del Partido Republicano que llegó a la Casa Blanca. Durante su campaña en 2000, George W. Bush parecía el hijo de su padre cuando declaró: “Si somos una nación arrogante, nos verán de esa manera, pero si somos una nación humilde, nos respetarán”. Pero ahora sabemos bien que su política exterior se caracterizó por su unilateralismo, patente en su doctrina de la guerra preventiva. Esta doctrina encarna una arrogancia que tensó las relaciones con Europa e hizo mucho daño a la imagen exterior de EE.UU. y a su soft power. Robert Kagan caracterizó esa relación en términos machistas: EE.UU. era Marte (poder rudo) y Europa, Venus (poder suave).

Es verdad que muchos cuestionan la existencia del soft power, caracterizado por una capacidad de seducción que permite a los países lograr sus propósitos en política exterior sin tener que recurrir a la fuerza, ya sea con amenazas o con acciones militares o sanciones económicas. Y hasta los más idealistas creen que no existe el multilateralismo puro, que éste siempre tendrá acciones unilateralistas, y que siempre habrá que combinar el poderes blando y el duro.

No extraña, pues, que hubiera mucho interés por conocer cómo cambiaría la política exterior de EE.UU. con la llegada de Obama. Y la respuesta está ahí: ha habido un retorno al multilateralismo. La imagen exterior de EE.UU. mejoró enormemente con la entrada de Obama gracias al respeto mostrado a las instituciones internacionales y la democracia.

Sin embargo, hoy vemos una tendencia preocupante a ambos lados del Atlántico de pérdida de confianza en las instituciones democráticas y, sobre todo, internacionales. Tradicionalmente, los ciudadanos tienen menos confianza en sus gobiernos nacionales que en las instituciones internacionales, porque siguen más lo que tienen más cerca. Los estadounidenses, por ejemplo, tienen muy poca confianza en el Congreso. En su labor sólo cree un 10% de los ciudadanos, según una encuesta de Gallup. Sin embargo, la confianza en la ONU llega al 58%, tal y como refleja un sondeo de PewGlobal. Pero si analizamos los datos por inclinación ideológica vemos que hay una brecha importante: el 72% de los demócratas tiene una opinión positiva de la ONU, frente al 41% de los republicanos.

Trump arremetió en su campaña electoral contra las instituciones, de todo tipo, tanto nacionales como extranjeras. Cargó contra su partido, contra el Gobierno de EE.UU, contra la OTAN y la Unión Europea, contra los tratados de libre comercio, sobre todo el TPP y NAFTA… Y como presidente electo no ha frenado sus ataques. Cada vez parece más claro que la política exterior de Trump va a suponer una vuelta al unilateralismo de Bush, solo que ahora esas políticas son más peligrosas porque el mundo, en este momento, es más escéptico con las instituciones y, por tanto, es más receptivo al mensaje del nuevo presidente.

Mientras Obama hizo campaña en contra del brexit, Trump tiene un gran amigo en Nigel Farage, alaba el brexit y considera que otros países europeos seguirán los pasos del Reino Unido. Mientras Obama animó a los miembros de la OTAN, sin amenazas, a llegar al 2% de inversión de su PIB en defensa, Trump se ha negado abiertamente a que EE.UU. tenga que sostener este organismo.

Pero donde vemos la diferencia más importante, con Trump por un lado y Bush y Obama por el otro, es en el asunto del comercio libre, que en el fondo es lo que define el multilateralismo y el respeto a las instituciones. Tanto el Partido Demócrata como el Republicano, incluido George W. Bush, han estado a favor del comercio libre, aunque en ambas formaciones hay elementos que están en contra.

En las últimas presidenciales se ha visto claramente cómo se puede utilizar este asunto para movilizar votantes: Bernie Sanders lo intentó desde el ala izquierda demócrata; y Trump lo logró centrándose en la clase trabajadora con poca formación y supremacista. Como muchas de las cuestiones internacionales, el tema del comercio libre no es precisamente sexy: es técnico y poca gente lo entiende bien. Eso lo convierte en terreno abonado para la demagogia.

Trump ha contado a sus votantes dos historias para explicarles por qué han perdido su trabajo: la culpa es de los inmigrantes y de NAFTA, a pesar de que la razón haya que buscarla más en los avances tecnológicas y en que es más barato fabricar en otros países. Su apuesta ha sido prometer salir del TPP y renegociar el NAFTA, a pesar de que el TPP supone la renegociación y mejora del NAFTA. De sus comentarios se puede entender que Trump, que dice que no es necesariamente contrario al libre comercio, favorece tratados de comercio bilaterales.

La pregunta del millón de dólares es hasta qué punto podemos confiar en los tuits y declaraciones beligerantes de Trump y hasta qué punto va en serio. Una lectura cuidadosa de su entrevista con The Times y Bild revela que no ha bajado el tono y que siguen en pie sus intenciones. Hay que tomarle en serio cuando declara “¡America first!” y pensar en qué mundo queremos vivir, cómo queremos que se relacionen los países y si queremos fortalecer o seguir debilitando las instituciones que intentan ordenar esas relaciones.

Alana Moceri es profesora de Relaciones Internacionales y Comunicación Política en la Universidad Europea de Madrid.

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