De qué hablo al hablar de fútbol

Esta noche Atlético de Madrid y Athletic de Bilbao disputan la final de la Europa League. Y con el final de la Liga fijado para este fin de semana, el fútbol vuelve a acaparar la actualidad informativa. Una semana más… Pero estos días las discusiones balompédicas más acaloradas se han producido, como suele ser habitual, entre los aficionados del Barça y del Madrid, con el colofón de las lamentaciones y oraciones fúnebres que tantos culés han entonado por la marcha de Guardiola.

¿Por qué la gente discute, se enfada, se deprime, se alegra hasta la euforia y llega a pelearse por el fútbol? ¿Por qué la Policía debe colocarse entre los hinchas como si se tratara de separar rebaños de fieras?

El fútbol es una realidad agónica con una retórica belicista. «Los partidos entre el Real Madrid y el Barça llegan apoteósicamente como el anticiclón de las Azores y las depresiones psicológicas; luego se transforma en una emocionante batalla», escribió Montalbán. Los partidos se interpretan como un duelo, un combate en el que los equipos se enfrentan a muerte y uno barre del campo, derrumba la resistencia, destroza, anula, humilla, doblega y ahoga al otro. «El equipo de Mourinho acaba con tres años de hegemonía del Barça conquistando la Liga con un Cristiano estelar», puede leerse en la prensa afín a los madridistas. «El Madrid sólo puede ganar si consigue desactivar el juego del Barça, pero nunca logra crear una idea alternativa de fútbol», reflexionaban los medios proclives a los intereses azulgrana tratando de explicar la derrota liguera. Argumentaban que el Madrid, vencedor del partido decisivo del Camp Nou, representa un juego rudo y chapucero.

Los medios tratan de magnificar todo lo tocante a su club. Como en política, en el fútbol el adversario jamás tiene razón.

los medios y los aficionados exculpan siempre a los suyos; por el contrario, inculpan, criminalizan y vejan al adversario. Ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el suyo. Algunos personajes catalanes denominan con el apodo colectivo de caverna mediática a aquellas cabeceras y programas radiofónicos o televisivos que apoyan al Madrid más que al Barça. La aparente consigna es no conceder nunca que el adversario gana. En todo caso, es «nuestro equipo el que entrega el partido». Se convierte la necesidad en virtud.

Los más insultados son los árbitros, los entrenadores y los cracks que «nos han dejado para ir al enemigo y vuelven a visitarnos». Los espectadores no admiten nunca que se pite una falta contra su equipo, aunque sea justa. Jamás aplauden una buena jugada de un adversario.

Quien lee y oye hablar sobre fútbol corre el peligro de hacerse la ilusión de estar leyendo o escuchando una conferencia sobre poesía, literatura, arte o filosofía. «Escribieron en el campo el más bello poema lírico jamás escrito, la obra maestra de una época». Se escuchan palabras tales como fórmula, estructura, radicalidad, funcionalidad, angustia, esquematismo, capacidad de creación, realismo, fuego sagrado, una idea y una filosofía del fútbol.

Los héroes y los personajes épicos de nuestro tiempo se exhiben en los estadios. Hay partidos que son un «desafío de héroes». «Venció la diosa Cibeles y se anegó Canaletas». «La diosa Cibeles se vistió de blanco como una novia». «El equipo de los malos tomó la Arcadia de Guardiola». «Un genio cambia el destino. Cristiano, con un soberbio gol, doblega al todopoderoso Barcelona y abre un nuevo ciclo». «La historia se rinde ante él. Héroe en la segunda parte, ganó el único título que le faltaba» (Carbajosa). «La historia rinde pleitesía a los héroes, los dioses del estadio que, a pesar de todo, también son humanos». «Ningún héroe está privado de altibajos, ni tan siquiera Messi».

Se dijera que estamos leyendo un tratado sobre la noche espiritual. Un partido puede transportarnos a la gloria, hacernos degustar las mieles del éxtasis y de la visión beatífica y hacernos exclamar: «¡Milagro, milagro!». El terreno de juego es un crisol de supersticiones modernas: nuestro equipo «no juega mal sino que la mala suerte y el fatalismo le persiguen». Las proezas y las virtudes de los nuestros se defienden con la misma pasión que en otro tiempo se defendían los dogmas de la religión y las creencias.

El campo es un manual de lenguaje gestual. Con sus ademanes al entrar en el campo y cuando marcan un gol, los futbolistas muestran sus creencias y sus amores por los vivos y por los muertos. «Cristiano enseña el muslo cuando atruena poniendo cara de chulito…, cada aspaviento suyo llena las tertulias porque es depositario de las señas de identidad de un deporte grandilocuente que sostiene el viejo espíritu del circo romano por jugadores como él que son en el campo como en la vida, o incluso más», escribe Jabois. El público saca pañuelos, ondea banderas y hace otras mil señas de aprobación o rechazo y evocan realidades que nada tienen que ver con el fútbol.

El deporte rey trata de crear un lenguaje propio pero, de momento, utiliza el lenguaje al uso; echa mano de la jerga utilizada por políticos, sociólogos, filósofos, psicólogos, psicoanalistas, críticos de arte y hasta teólogos, y todo el mundo echa mano de símiles futbolísticos para hacerse entender. Las declaraciones de jugadores y entrenadores pesan más en la opinión pública que los artículos de fondo de los diarios. La fama, el prestigio social y el dinero no se ganan por la sabiduría, la conducta ética o la solidaridad, sino por las habilidades corporales y la potencia muscular. Por eso los equipos, aunque deban a Hacienda, pagan cantidades fabulosas por los futbolistas. El precio se confunde con el valor.

En este mundo globalizado, democratizado y masificado, para opinar basta saber de fútbol, de cocina y de moda. En cualquier parte del mundo saben el nombre de las estrellas que juegan en la Liga y aquí sabemos el de las del resto de competiciones del mundo. El parámetro esencial de la cultura global es el balompié. La democratización de la cultura, la libertad de expresión y los beneficios de la globalización se reducen para muchos a conocer el nombre de los futbolistas y poder hablar de sus hazañas sobre el césped.

«Nuestro país [Cataluña] está plagado de referentes y quizás el problema es que sólo somos capaces de encontrarlos en el mundo del fútbol», escribe Golobart. Los catalanes se llevaron las manos a la cabeza el día que Guardiola dijo que se iba, porque tienen miedo de que el futuro del Barça, símbolo por antonomasia del hecho diferencial nacionalista, no vaya a ser tan brillante como lo ha sido hasta ahora con él.

Parafraseando el título de un célebre libro, otro se puede titular: Unidimensional futbolístico. El mundo es una pantalla y los grandes partidos son los espectáculos más apreciados. El fútbol está en todo y todo está en él. Lo mejor y lo peor de la vida humana pasa por la experiencia del balón.

Manuel Mandianes es antropólogo, escritor y autor del blog Diario nihilista.

1 comentario


  1. Yo como medida profiláctica me he propuesto, y voy consiguiendo, restringir casi absolutamente mis conocimientos de la actualidad del fútbol. Esto tiene efectos muy beneficiosos ya que te deja más espacio para otras facetas de la vida. Lo recomiendo. El bombardeo mediático con el futbol es enloquecedor. Materialmente muchas veces tengo que taparme los oidos y cerrar los ojos para no enterarme de las noticias futbolísticas.

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