De san Ignacio a Wittgenstein

El legado de este vasco, tan arraigado en su Loyola natal como enraizado en la cultura castellana durante sus años en Arévalo, es ya una conquista universal. La presencia de los jesuitas como educadores ha determinado la historia de Europa a la vez que su impulso misionero llegó hasta Japón y el corazón de la China en los siglos XVI y XVII; configuró el paisaje humano y social no solo con las Reducciones de Paraguay, sino con otras muchas creaciones sociales y religiosas de la América hispana hasta nuestros días. Todo eso lo han hecho siguiendo el lema de su fundador: «Para la mayor gloria de Dios». La sigla de esta frase en latín (A. M. D. G.) muchos españoles solo la conocen como título de la novela de Ramón Pérez de Ayala (1910).

Quizás a la luz de esta señal de identidad jesuítica a algún lector se le ocurra pensar que el vuelco que ha vivido la Compañía de Jesús en los últimos cincuenta años después de la elección del Padre Arrupe como general haya consistido en invertir aquel lema primigenio: donde allí decía «Dios» haber puesto «hombre» y donde allí se hablaba de la gloria divina haber escrito términos concretos como libertad, dignidad, justicia y esperanzas humanas. ¿Habría sucedido y suplantado la teología de la liberación histórica a la anterior teología de la redención religiosa?

Las grandes figuras reiniciales y paternales del cristianismo (San Agustín, San Benito, San Francisco, Santo Domingo, San Ignacio, Santa Teresa…) son como un manadero de gracia permanente, de forma que cada generación vuelve a ellos para descubrir una dimensión de su misterio y de la misión encargada a la Iglesia. Esto ha tenido lugar de manera especial con San Ignacio en el siglo XX. En primer lugar superamos la imagen barroca que le veía como capitán general de los tercios católicos contra la reforma protestante, para descubrir en él, detrás de los Ejercicio espirituales, al Ignacio místico tal como nos aparece en sus Diarios y en los testimonios de sus primeros discípulos. Con una relectura del primer párrafo de los Ejercicios descubrimos que hemos sido creados, antes que para dar nosotros gloria a Dios y salvar nuestra alma, para sentir ya aquí su gloria, dejarnos transir por ella y proclamarla creativamente en alabanza agradecida. Esa gloria de Dios que se refleja en el mundo, en el rostro de cada hombre, en la faz de Cristo y en el fulgor entero de la realidad. Uno de sus hijos, gran poeta, Hopkins, nos dejó un soneto clásico con este título: «El mundo está cargado con la gloria de Dios». El verdadero Ignacio no es el que carga al hombre con la obligación de dar gloria a Dios, como si este necesitase nada nuestro, o con la angustia de salvar su alma, sino ante todo con el gozo de descubrir la gloria de Dios, acogerla y devolverla en alabanza. Devolución en alabanza que es la matriz de una soberana libertad personal y de una gozosa responsabilidad social.

El tercer rasgo de esa reinterpretación de San Ignacio es la abertura a la historia concreta. La expresión gloria de Dios va en sus escritos unida a estas otras: «provecho del prójimo», «servicio a los demás», «salvación de las almas». Su lema personal era «en todo amar y servir». A partir de aquí las nuevas generaciones han quedado deslumbradas al percatarse de que no hay servicio a Dios sin servicio al prójimo, que la verdad tiene que ser siempre concreta, que nunca es separable del amor y de la libertad. Este redescubrimiento ha hecho volver la mirada de lo eterno trascendente y futuro a lo eterno inmanente y presente, es decir al prójimo. Un prójimo pobre, expoliado de sus derechos, enfermo, emigrante. De golpe un rayo ha alumbrado, quemando las conciencias: el cristianismo es la religión del Dios encarnado, su mensaje no puede separar la relación con Dios de la relación con el prójimo, el servicio a este acredita el culto a aquel.

Una de las expresiones más citadas en el cristianismo del Vaticano II es la frase de San Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente» (que él la completa con esta otra, no siempre citada: «La vida del hombre es el conocimiento de Dios»). De ahí que haya aparecido necesario el tránsito de la primera fórmula ignaciana «a la mayor gloria de Dios» a una nueva complementaria, «a la mayor gloria del hombre». Con ella hemos reganado la médula del evangelio en el que Dios y el hombre van siempre juntos. Cristo vive en fidelidad al Padre, se entrega por los necesitados y muere en intercesión por todos. Hay tres palabras constitutivas del ser cristiano: reconocimiento de lo que Dios es y de su gloria comunicada al hombre; agradecimiento que se redobla en alabanza gozosa de esa gloria; agraciamiento como su prolongación comunicándola al prójimo. Quien vive de gracia crea gracia a los demás; quien ha sido amado y liberado no puede ser sí mismo sin prolongar a los demás ese amor y libertad.

La percepción de la convergencia entre la gloria de Dios y la gloria del hombre ha guiado a los grandes creadores de la historia. Tal fue el resorte, por ejemplo, de Leibniz. En carta al conde Golofkin escribe: «Mi gran objetivo desde mi juventud ha sido trabajar para la gloria de Dios y para el acrecentamiento de las ciencias, a fin de que descubran mejor la potencia, la sabiduría y la bondad divinas». Él comprendía la ciencia como la gran palanca para conocer el hombre y el mundo como reflejos de la gloria de Dios y, descubriéndola, devolvérsela en alegría y alabanza. Otros dos genios firmaban sus obras con este dedicatoria: « Zu Ehre Gottes und zur Freude meiner Mitmenschen/Para gloria de Dios y alegría de mis hermanos los hombres ». Así Bach sus cantatas, y Wittgenstein sus obras.

Cuando el hombre se cierra sobre sus límites o los absolutiza, le nacen la envidia y el rencor contra Dios, reclama entonces ser creador del mundo y dueño del bien y del mal. La consecuencia de esa desmesura e insolencia es la ruptura de su humanidad y sobre todo una tristeza visceral que no tiene cura mientras no salga de esa ceguera enloquecedora. La gloria de Dios, que ilumina y transfigura el mundo, es la fuente de la libertad y de la alegría del hombre. Cuando este rompe el cerco de su mundanidad, finitud y soledad abriéndose a la gloria y gracia del Eterno, llega a su propia gloria. Dios se ha allegado a nosotros: siendo él el máximo, existió entre sus mínimas criaturas. La conciencia de nuestros límites con la necesidad de una infinitud plenificadora es el trampolín para lanzarnos al Infinito concreto. Este ha llegado ya hasta nosotros: el lugar de ese salto de Dios para compartir la gloria del hombre fue Belén.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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