De santuario a objetivo del terrorismo islamista

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 05/04/04)

Por sus relaciones privilegiadas con el mundo árabe, su posición geográfica y las facilidades para entrar y moverse libremente por su territorio, sobre todo desde Marruecos y Argelia, España ha sido una de las principales bases europeas de los grupos islamistas partidarios del terrorismo para alcanzar sus objetivos.

Esos objetivos han ido cambiando con los años. Destacan, entre ellos, el establecimiento de la sharia o ley islámica como forma de gobierno en sus países de origen, la expulsión de los judíos de Israel y de las tropas extranjeras de todos los territorios de la umma (comunidad musulmana), el establecimiento de un nuevo califato mundial, ataques contra los satanes occidentales y la destrucción de todos los regímenes que, en su opinión, colaboran con los que llaman nuevos cruzados: los EEUU, Gran Bretaña y sus aliados.

Europa ha sido una de las zonas más afectadas por este terrorismo antes del 11-S, pero, con la excepción del atentado en un restaurante madrileño en el 85 (posiblemente de origen libio en represalia por los bombardeos de Reagan), España hasta el 11-M no había sido objetivo directo.

En el prólogo del libro ETA, entre España y Francia, Baltasar Garzón atribuía en 1997 los ataques terroristas en Europa de origen árabe «a la presencia de comunidades importantes de inmigrantes árabes e islámicos apegadas a sus raíces de forma absoluta, a la influencia que algunos países europeos han ejercido en las actuales naciones árabes y a motivos de publicidad».

La penetración del fundamentalismo islámico en el Magreb se produce a finales de los años 70 y se ve favorecida por el apoyo diplomático y financiero desde el Irán de Jomeini y Arabia Saudí, la movilización del mundo musulmán contra la invasión soviética de Afganistán, el caos económico, las desigualdades sociales, la corrupción rampante de los gobiernos, el rápido aumento demográfico en la región y la frustración de millones de jóvenes sin ninguna esperanza de futuro.

Por miedo a represalias energéticas y terroristas, espontáneas o dirigidas por estados concretos, España se resistió a establecer relaciones con Israel hasta que no hubo más remedio, en 1986, para poder ingresar en la UE. Con una población inmigrante todavía mínima, relaciones ambiguas con los EEUU y una política exterior proárabe sin matices, los gobiernos españoles se sentían relativamente a salvo de los zarpazos de la violencia de origen árabe.

Tres factores han modificado por completo en los últimos seis años ese status de refugio o santuario inmune a la violencia terrorista con origen en el Mediterráneo sur y en Oriente Próximo en el que hemos vivido los españoles hasta ahora: el nacimiento de Al Qaeda en febrero del 98, el 11-S y la Guerra de Irak.

El aumento espectacular del número de inmigrantes atraídos por la prosperidad -de apenas 30.000 en el 93 a más de medio millón en el último año, un tercio de los cuáles son de origen árabe- aumenta el atractivo de España para los radicales, que en el pasado se sentían más seguros en otros países europeos. Aunque la inmensa mayoría de estos inmigrantes rechazan la violencia, los integristas partidarios del terrorismo ven en ellos una nueva fuente de reclutamiento y un paraguas de protección.

«El apoyo a la invasión de Irak ha acabado con nuestra inmunidad», me decía un embajador español en un país musulmán hace pocos días. «De vivir con absoluta tranquilidad, hemos pasado a estar casi como los diplomáticos estadounidenses o británicos: pendientes de los bajos del coche, preocupados por la seguridad en las embajadas, atentos a cualquier amenaza…».

La raíz ideológica y organizativa que explica la vulnerabilidad creciente de España se remonta al Afganistán de los años 90.Según Yossef Bodanski, autor de la biografía más completa de Osama bin Laden, en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán «se habían formado ya en 1998 unos 3.000 árabes afganos, entre ellos 177 argelinos, 594 egipcios, 410 jordanos, 53 marroquíes, 32 palestinos, 162 sirios, 111 sudaneses, 63 tunecinos, 291 yemeníes, 255 iraquíes y más de 7.000 de los países del Golfo, Bangladesh, Chechenia, Pakistán, Malasia, Indonesia, Tayikistán, Uzbekistán y algunos países occidentales».

Casi todos tenían entonces edades comprendidas entre los 16 y los 25 años, y con los mejores se formaron los llamados Batallones del Martirio, formados por jóvenes entrenados para atentados suicidas u operaciones terroristas espectaculares.

En febrero del 98, Bin Laden anuncia la formación del Frente Islámico Mundial para la Lucha contra los Judíos y los Cruzados, y cita, como parte de dicho frente, a la Yamá Islamiya, la Yihad y el Grupo Armado egipcios, la Sociedad de Académicos pakistaní, el Movimiento Partisano de Cachemira y el Movimiento Yihad de Bangladesh.

Con la respuesta militar al 11-S en Afganistán, EEUU y sus aliados destruyeron los campamentos, pero esparcieron a los combatientes de Al Qaeda por medio mundo, propagaron por todos los confines de la umma el mensaje del Frente y multiplicaron el número de células durmientes en docenas de países.

Por su apoyo incondicional a la guerra en Afganistán, al lado de más de 50 aliados, España se convirtió en adversario directo de Al Qaeda y empezó a ser citada como tal en los mensajes de Bin Laden, de Al Zawahiri, su número dos, y de otros dirigentes.El riesgo de pasar a ser objetivo directo de ataques se multiplicó con el apoyo a EEUU en la invasión de Irak. De ser sólo uno de los más de 50 países con fuerzas en Afganistán y en la operación Libertad Duradera, España pasó a ser el tercer enemigo principal, detrás de EEUU y el Reino Unido. El propio Bin Laden se encargó de recordarlo en su mensaje del 18 de octubre y el diplomático Eduardo Garrigues aportaba otra prueba fundamental en estas páginas el pasado 29 de marzo.

Como ha escrito Juan Avilés, catedrático de la UNED, en docenas de trabajos, casi todas las células terroristas islámicas desarticuladas en España parecen estar vinculadas directamente a Al Qaeda o al Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC), fundado en el 98 de una escisión de los GIA argelinos y que en 2002, según Avilés, contaba ya con 1.800 hombres.

Tantos los GIA como el GSPC hacen suyas las enseñanzas del egipcio Shkri Mustafa, fundador en los 70 del movimiento integrista Takfir wal Hijra (Anatema y Exilio). Shukri fue ejecutado en 1978, pero Al Zawahiri, ideólogo y número dos de Al Qaeda, recogió su antorcha.El Grupo Combatiente Islámico de Marruecos, apodado los afganos marroquíes, principal sospechoso de los atentados del 11-M, colabora con el GSPC y con Al Qaeda desde finales de la década de los 90.

Antes del 11-S, la policía española había desarticulado una célula de los GIA en Valencia y seis de sus miembros fueron condenados en junio de 2001. El 22 de junio de 2001 era detenido en Alicante Mohamed Bensakhria, supuesto jefe del comando Meliani del GSPC, cuando preparaba un atentado en Estrasburgo. El 26 de septiembre otra célula del GSPC, dirigida por Mohamed Boualem Khouni, alias Abdallah, era desmantelada en respuesta a una comisión rogatoria belga cuando preparaba un ataque a la embajada estadounidense en París.

El 13 de noviembre de 2002 era desarticulada otra célula integrada por Imad Edin Barakat Yarkas, alias Abu Dahdah, y otros 10 miembros, nueve de ellos residentes en Madrid. Se trata de un grupo organizado en 1994 por el palestino Chej Salah, muy conocido por repartir propaganda entre los fieles de la mezquita madrileña de Abu Baker, en el barrio de Tetuán, sin autorización y por el reclutamiento de muyahidín entre los musulmanes españoles para Bosnia. En el 95 Salah se trasladó a Pakistán y se integró en MAK, organización precursora de Al Qaeda.

Las detenciones se han sucedido desde entonces en Hospitalet, Mallorca, Madrid, Castellón, Tudelilla (La Rioja), Barcelona y Girona. Desde que Garzón lanzó la operación Dátil en noviembre de 2001, han sido interrogados al menos 12 islamistas de Madrid y Granada especializados en la falsificación de documentos, el blanqueo de dinero y el reclutamiento de jóvenes para la guerra santa. En septiembre del año pasado acusó a otros 33 de pertenecer a Al Qaeda. En total, 63 personas habían sido detenidas y al menos 20 encarceladas antes del 11-M.

De las declaraciones de todos ellos se desprende que destacados dirigentes de Al Qaeda y grupos afines del norte de África han utilizado durante años España para organizar, financiar, reclutar voluntarios, recaudar fondos y preparar atentados en otros países.

Por todo ello, Fernando Reinares, en su libro Terrorismo global, escribía hace un año que «las redes del actual terrorismo global se han ido diseminando desde mediados de los años 90 a lo largo de la costa mediterránea, y el valle del Ebro, por algunas provincias andaluzas del interior y en Madrid… Cinco de los terroristas suicidas que cometieron los atentados megaterroristas del 11 de Septiembre viajaron por España semanas antes».

«Al Qaeda ha utilizado el territorio español como una de sus principales bases europeas y es probable que sus ciudadanos y gobernantes se conviertan en blanco del terrorismo global», concluía.El 11-M se hacía realidad su temor.