De Tejero a Puigdemont

“Ara es l’hora de Catalunya”, escribía Cambó en septiembre de 1917 a su colaborador Joan Ventosa. “Ha arribat l’hora”, advertía este jueves Xavier Trías, portavoz del PdeCat en el Ayuntamiento de Barcelona, a la alcaldesa Ada Colau.

Ha pasado exactamente un siglo. Las expresiones son casi idénticas, pero su significado es muy distinto. Cambó aguardaba con impaciencia una decisión de Alfonso XIII que permitiera convertir al catalanismo en árbitro de la política española, mediante la incorporación de la Lliga a un gobierno de concentración. Trías acuciaba a la regidora, tratando de que se sumara a la ruptura unilateral, con visos de golpe de Estado, que el separatismo intenta consumar desde la Generalitat y el Parlament.

Es digno de reflexión el hecho de que alguien como este médico afable y moderado, amante del esquí, que fue estrecho colaborador de Pujol y Artur Mas, que dejó un gran recuerdo como buen parlamentario y hombre pragmático durante su etapa como portavoz de CiU en el Congreso, que fue un alcalde de Barcelona abierto e inclusivo, un personaje que no sólo hubiera estado con Cambó hace cien años, sino que hubiera sido algo así como el prototipo del buen lligaire, se encuentre ahora metido de hoz y coz en una escalada delictiva, y ya veremos si insurreccional, al lado de los revolucionarios de la CUP. En su hoy lacia figura se compendia el drama del derrape político de la burguesía nacionalista.

He escrito “golpe de Estado” y no cambio una letra. Ya en 1931 el diplomático y periodista Kurt Erick Suckert, más conocido por el nombre de guerra literario de Curzio Malaparte, nos enseñó a distinguir, en su fascinante libro Técnicas de golpe de Estado, entre los fines y los medios de la toma ilegal del poder, desde dentro de las instituciones que lo sustentan. Esto y no otra cosa es el golpe de Estado: la subversión del orden establecido por un grupo que forma parte del mismo.

El protagonista o promotor puede ser el propio jefe del Estado, tanto si se trata de un rey (Alfonso XIII conchabado con Primo de Rivera en 1923), como de un presidente de la República (Fujimori cuando disolvió el Congreso en su autogolpe de 1992). Pero también un sector del Gobierno (los ministros de Interior y Defensa en su putsch de 1991 contra Gorbachov), una facción del parlamento (léase mi libro, traducido al francés como Le Coup d’Etat, sobre la purga de los llamados “girondinos” en 1793) o, por supuesto, una parte del Ejército, como ha venido ocurriendo desde los tiempos de Sila y Julio César hasta nuestros días, con los pronunciamientos decimonónicos, el 18 de julio del 36 o el 23-F como aportaciones hispanas a tan poco lucida causa.

Tampoco faltaba el golpe de Estado autonómico, pues lo que estamos viviendo desde el miércoles en Cataluña no es sino un remake en cámara lenta de los hechos del 6 de octubre de 1934, cuando Companys proclamó el “Estat Catalá”, dentro de la inexistente “República Federal Española”, o incluso del 14 de abril del 31, cuando Maciá hizo lo propio, impulsando la creación de una “Federación de Repúblicas Ibéricas”. Maciá se plegó ante las gestiones del Gobierno Provisional de la República, a cambio de la promesa del que sería el primer Estatuto de Cataluña. En cambio, Companys optó por la patética insurrección del doctor Dencás, aplastada en una noche, con fuga por el alcantarillado incluida.

A quienes se escandalizaron el domingo pasado de mis analogías entre la forma de conquistar el poder de los nazis y las pretensiones de los separatistas catalanes, he de decirles que cuanto ha sucedido esta semana corrobora el diagnóstico. De hecho, la modalidad de golpe de Estado parlamentario-autonómico en marcha parece estar calcando tanto las técnicas legislativas como las prácticas reglamentarias a las que recurrió Hitler tras ganar las elecciones.

Malaparte pronosticó, con dos años de antelación, lo que haría el Führer, cuando advirtió en su libro que “su táctica revolucionaria ha evolucionado lentamente hacia una solución parlamentaria de la conquista del poder”. Los jerarcas nazis que sacaron adelante la Ley Habilitante de 1933, que permitía a Hitler saltarse la Constitución a la torera, se sentirían muy orgullosos de la conducta de Forcadell y sus restantes émulos, al aplastar con su rodillo los derechos de las minorías, despreciar las advertencias de ilegalidad de los letrados, ignorar los dictámenes del propio Consell de Garantíes Estatutaries y hacer un corte de mangas a las resoluciones del Tribunal Constitucional.

Con su conocido don de la oportunidad, Puigdemont se jactaba el jueves por la noche en TV3, mientras el “Irma” devastaba implacablemente el Caribe, de estar contestando al “tsunami de querellas” con “un tsunami de democracia”. Se refería a que tanto la Ley del Referéndum como la de Transitoriedad fueron apoyadas por 72 de los 135 miembros del Parlament, a que cientos de miles de personas saldrán mañana a la calle en apoyo del procés y a que todas las encuestas indican que una mayoría de catalanes quiere ejercer lo que ellos llaman “derecho a decidir”, aunque sea ilegalmente.

Cabe recordarle, por lo tanto, que en aquella sesión del 23 de marzo de 1933, celebrada en la Opera Kroll de Berlín, 444 miembros del Reichstat -el 83%- votaron a favor de la Ley Habilitante y sólo los 94 valientes del SPD lo hicieron en contra. Cabe recordarle, por lo tanto, que también había cientos de miles de personas, con símbolos tan uniformes como los suyos -esvásticas, esteladas, qué más da, lo importante es que cacen ratones- en las planicies de Nuremberg. Y cabe recordarle, por lo tanto, buscando una comparación homogénea de un espasmo febril medido por las encuestas, que el apoyo popular a las medidas que formaron el autogolpe de Fujimori osciló entre el 72 y el 87%. Así me lo reconoció en su día el editor de El Comercio de Lima, Alejandro Miró Quesada, durante un congreso internacional: “Al menos el 80% de los peruanos estaba a favor de la disolución del Congreso”.

La mayor utilidad de un Estado de Derecho, con separación de poderes y garantías para las libertades individuales, es precisamente servir de dique de contención a ese tipo de movimientos emocionales, estimulados desde el poder con recursos públicos. No voy a extenderme repasando aquí los vaivenes que han experimentado los sentimientos de los catalanes hacia el resto de España a lo largo de la Historia. Pero es evidente que los lazos trabados durante tantos siglos compartidos en nuestra “morada vital”, que diría Américo Castro, no van a deshacerse en las calenturas de unas noches de verano.

Puigdemont invoca una y otra vez la “democracia”, alegando que en España goza de muy baja calidad y que en la nueva República Catalana se practicará de forma mucho más auténtica. ¿Saben quién es el último que en un recinto parlamentario pretendió lo mismo que pretende él, con la misma palabra en la boca? El teniente coronel Tejero.

Todos nos acordamos del tricornio, el bigote y la pistola, pero no nos acordamos de sus palabras. Mejor dicho nos acordamos de dos de sus imprecaciones -“¡Todo el mundo al suelo!”, “¡Se sienten, coño!”- pero no del argumento central del manifiesto leído en su nombre a las 4:45 de la madrugada del 24 de febrero a la agencia Europa Press. Tejero había tomado el Congreso para obligar a los diputados a aceptar “un Gobierno que instaure una verdadera democracia”.

¿Alguien duda de que si Juan Carlos I les hubiera amparado, por acción o incluso por omisión, aquellos golpistas se hubieran hecho con el poder, hubieran contado con órganos de prensa adictos y hubieran sacado a cientos de miles de personas a la calle, cuando les hubiera convenido, bajo la advocación de esa “verdadera democracia”? El tiempo les habría puesto, sin duda, pronto en su sitio, tal y como ocurriría en el supuesto imposible de que los golpistas catalanes consiguieran ahora, de buenas a primeras, su propósito. Pero, como demuestran ambos casos, el lenguaje, de entrada, lo aguanta todo. Por algo advirtió Lewis Carroll que el poder consiste en decidir lo que significan las palabras.

Puigdemont se reirá ahora ante el espejo: además de con Hitler y Maduro, ya hay quien le compara con Jack el Destripador y con Tejero. Y, sin embargo, como todos los catalanes y catalanas pueden comprobar, el tupido morrión de húsar de Sant Jordi no ha devenido aun en tricornio. Qué buena pelambrera para la eternidad.

Puede alegar que, en todos los antecedentes expuestos, los golpistas recurrieron al uso de la fuerza física o al menos la tuvieron preparada junto a la puerta, como en el golpe jacobino o en el aun más canónico del 18 Brumario de los hermanos Bonaparte. Y es cierto que, hasta ahora, la violencia -soterrada en la sociedad catalana, según Gregorio Morán- sólo ha hecho acto de presencia en el procés de forma verbal.

Tanto mejor, si sigue siendo así. A falta de ese componente“militar”, el “golpe cívico” organizado desde la Generalitat se disolverá solo, por muchos manifestantes que vayan mañana a la Diada o muchos acampados que permanezcan en la “plaza Tahrir” que quiere montar la CUP junto al Parlament. Como advirtió Josep Fontana a sus nuevos correligionarios, “la independencia sólo se logra mediante una guerra de la independencia”.

Y en ese plano también podemos estar tranquilos, mientras no se produzca el desistimiento de nuestras instituciones. España no es una dictadura árabe, ni un país ante el que acaba de caerse el Telón de Acero. La UE y el resto de países democráticos nos arroparán hasta donde haga falta. Nadie pestañeó durante los años que el Reino Unido suspendió la autonomía del Ulster.

Una cosa es que el problema de Cataluña requiera una solución política de fondo que, en mi opinión -ya lo he dicho unas cuantas veces-, pasa por la reforma constitucional y otra que podamos tener la mínima condescendencia con el golpe de Estado en marcha, como si todos fuéramos Pablo Iglesias y por el hecho de no consentir que la mosca de la corrupción siga en la sopa, estuviéramos dispuestos a disculpar a quien rompa el plato.

En el capítulo cuarto del libro de Malaparte hay un general ruso partidario del mariscal, golpista y dictador polaco Josef Pilsudski que exclama: “¡Cualquier imbécil podría hacerse con el poder ahora!”. El propio autor añade que “en 1920, no sólo en Polonia, sino en toda Europa abundaban ese tipo de imbéciles”.

Tras escuchar determinados argumentos y observar algunas conductas de estos días, nadie podría garantizar que ese diagnóstico haya decaído un siglo después. La gran incógnita es si nuestras autoridades han aprendido de la Historia y tendrán la firmeza y determinación necesarias para proteger el corazón del Estado de los aventureros que ya han logrado perforar el mediastino y abrirse paso hasta la mismísima vasija pleural que lo alberga.

Tras escuchar a Rajoy el jueves, debo decir que es la primera vez que he tenido una impresión tranquilizadora. Y como más vale tarde que nunca, todos deberíamos seguir el ejemplo de Pedro Sánchez y aparcar nuestras diferencias para respaldar en este trance al Gobierno legítimo de la nación, por muy responsable que sea de que hayamos llegado, incautos y desprotegidos, hasta este lamentable trance.

Esto no significa darle un cheque blanco, pero sí entregarle el primero de los dos sobres -atención a este concepto- que la ocasión requiere. Basta con que en su interior vaya un “sí” a la defensa de la Constitución, acompañando a las cuatro palabras clave de Rajoy: hagámoslo de verdad, lleguemos hasta donde haga falta, “sin renunciar a nada”.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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