De tensiones y conflictos. Política e historia

Por Carmen Iglesias, catedrática de Historia de las Ideas, miembro de la Real Academia y presidenta de Unidad Editorial (EL MUNDO, 26/03/08):

«El liberalismo es aburrido», declaraba en 1932 Carl Schmitt y al año siguiente, nos recuerda Susan Sontag, se unió al partido nazi. «Una política conducida de acuerdo con los políticos liberales carece de drama, de conflicto, de sabor -continúa escribiendo la escritora norteamericana en un excelente ensayo publicado en Letras Libres en febrero de 2003- mientras que las políticas fuertes y autocráticas -como la guerra- son interesantes». Y en el párrafo anterior, refiriéndose a los conceptos de belleza y de lo bueno, nuestra autora ha descrito lo que en nuestro mundo consumista, relativista y superficial, puede entenderse como interesante: «En la mayoría de los casos, algo que no se había visto antes como bello (o bueno). Entraña, pues, un tabú. Los enfermos son interesantes, como nos hace ver Nietzsche. Los perversos también. Lo que se admira a través del despliegue de este término es la ingenuidad, no la verdad; la tosquedad o insolencia o transgresividad, no el respeto. Como criterio de valor, lo interesante patrocina una afición por los enfrentamientos, no la armonía; su antónimo es lo aburrido». Y remata: «Lo interesante es un concepto consumista, propenso a ampliar sus dominios (…) Aburrido denota una ausencia, un vacío, que encierra en sí mismo un antídoto: las afirmaciones promiscuas y vacías de lo interesante. Es un modo peculiarmente no conclusivo de experimentar la realidad».

En el contexto de los años 30, las palabras de Carl Schmitt -como la de muchos intelectuales de la época, a derecha e izquierda- se referían a la poca estima y credibilidad que daban entonces a las democracias liberales y a las libertades burguesas (fue necesaria una guerra mundial y la experiencia de los totalitarismos para corregir tal actitud), pero todavía en nuestras democracias actuales la valoración del conflicto o de lo dramático sigue teniendo una gran ambivalencia. ¿Los políticos, en su lucha por el poder, nos prefieren a los ciudadanos en tensión, en conflicto dramático, con miedos, a fin de arrastrar a sus partidarios? Parece evidente, según las experiencias electorales últimas. ¿La ciudadanía -o una parte significativa de ella- prefiere de vez en cuando rechazar lo aburrido y experimentar lo interesante: la pasión de la ira y el rechazo y demonización del supuesto enemigo, la ruptura de tabúes o de reglas compartidas de igualdad ante la ley, para caer en un maniqueísmo que regocijaría a Schmitt por la extrema derecha y a Lenin y Stalin por la izquierda? Esto es quizás menos evidente, pero sería lo más peligroso para el futuro de una convivencia.

Hay desde luego dos extremos en un Estado: el de la ausencia aparente de conflictos, que suele ser propia de las dictaduras o regímenes autocráticos que eliminan todo lo que se les opone («la paz de los cementerios», que denunciaba -cómo no- el barón de La Brède, a quien la ausencia o acallamiento de divisiones y de conflictos en una sociedad era el síntoma del despotismo y de la falta de libertad). Y, en el otro extremo, el de una conflictividad creciente al activar procesos de radicalización acumulativa que favorecen la sobrepresencia de la política y de los políticos en la vida ciudadana y -paradójicamente de forma simétrica, pero en la punta opuesta del mismo péndulo dictatorial anterior-, obligan a los ciudadanos a tomar partido y a hablar -en el sentido que Benjamin Constant denunciaba como propiamente despótico- ya que hasta el silencio puede ser percibido como peligroso; obligan, para decirlo de otra manera, a un cuerpo a cuerpo que traspasa el enfrentamiento ideológico-político. Quizás, felizmente, en nuestras sociedades abiertas, en nuestra sociedad española, no es fácil llegar a generalizar tales extremos, pero sí hay énfasis hacia uno u otro que merece la pena reconocer, por aquello de la pendiente deslizante que acaba haciendo real lo que al principio era solamente un juego más o menos interesado pero que no pretendía llegar al final de la pendiente.

La interrelación entre el poder político estricto -gobernantes- y la sociedad civil -gobernados-, en los regímenes liberales y democráticos modernos, es como se sabe factor fundamental para hacer posible los espacios de libertad de los ciudadanos. La política debe ser siempre un medio -salvaguardar las libertades de los individuos, proteger las reglas del juego y respetar al máximo un equilibrio de poderes- y no un fin en sí misma -la perduración de unos gobernantes que invadan el espacio de la sociedad civil e incluso el espacio privado de los ciudadanos, con el fin de perpetuarse-. Ésa fue la gran diferenciación entre súbdito y ciudadano, cuando quedó abolido el Antiguo Régimen (revolución americana de 1776, revolución francesa de 1789); el poder político -en el que los ciudadanos delegan el monopolio de la fuerza- ocupa un lugar principal en el diseño general, pero nunca total. Como demostró la historia de los totalitarismos y de los autoritarismos del siglo XX, cuando la política y los políticos invaden los espacios de los ciudadanos se producen esos extremos antes mencionados entre la aparente -y falsa- ausencia de conflictos (que se ocultan), o la conflictividad extrema que se crea en una sociedad maniquea, obligada a elegir entre el conmigo o contra mí, obligados los ciudadanos a ser meros jugadores de sumas a cero. Obligados a tomar partido, a dar testimonio. La política llega a estar en todas partes. Un régimen autoritario, como sabemos los españoles, tiende a politizar todas las esferas de la vida, implícita o explícitamente, en uno u otro extremo; sólo permite tener enemigos y no simplemente adversarios, como propugnaba deliberadamente Carl Schmitt.

Ocurre en la condición humana que, como también advirtiera el Montesquieu que muchos quisieran enterrar definitivamente, el poder tiende siempre a perpetuarse, tiende siempre al abuso («hasta la propia virtud necesita límites») y por ello los regímenes democrático-liberales se protegen a sí mismos de los posibles excesos de poder de sus gobernantes a través de una arquitectura institucional de contrapesos y de equilibrios, que tiene que ser suficientemente sólida y flexible para soportar la estabilidad y los cambios necesarios sobrevenidos en el tiempo, e incorporados siempre a través de procedimientos y reglas estrictas. Hace mucho que los ciudadanos de la modernidad damos por olvidados los principios de los inventores de la democracia -bien que muy distinta de la nuestra-, que creían que las ciudades democráticas debían exigir de sus gobernantes tanto como se exigía de un sirviente: «Que proporcionen en abundancia todo lo que necesito y que no tomen nada» (Jenofonte); o que el gobernante no sólo está sometido a la crítica del pueblo cuando no acierta, sino que en general «es más lógico que sea criticado que aplaudido, pues no fue elegido para hacer el mal, sino para favorecer a los ciudadanos» y que, «de la misma manera que se critica al que no devuelve un depósito y no se elogia al que lo devuelve», el gobernante que lo hace bien no hace más que cumplir con su deber y para aquello que fue elegido (Platón).

Pero, sin llegar a ser tan estrictos, cabría un término medio en nuestra sociedad actual, y especialmente en la española, tan acostumbrada a depender del poder político después de 40 años de dictadura, y ahora tan cautiva de los clientelismos creados por autonomías y nacionalismos que vuelven, como en el Antiguo Régimen, a primar el criterio de nacimiento (factor que no depende de nosotros, no elegimos ni territorio ni padres en los que nacer) por encima del criterio del mérito personal, individual (el gran ariete de la explosión moderna, el que depende de nuestra razón y voluntad, al menos en parte), el que cree en el individuo y no en la partida de nacimiento y, por ello, el que defiende la igualdad ante la ley por el simple hecho de ser ciudadano y no por haber nacido -o considerarse nacido por conversión- en tal o cual territorio.

Ese término medio para que la política y los políticos, y la creación de conflictos a veces buscados artificialmente -pero que acaban creando realidad-, no sacudan de forma maniquea a la sociedad civil y no la dividan en bandos enfrentados en un cuerpo a cuerpo, funciona en las sociedades occidentales mal que bien y sobre ello hay amplia literatura. Se trataría de preservar siempre la función de unos políticos representativos de una ciudadanía plural, absolutamente imprescindibles en democracia liberal pues, de acuerdo con Fernando Savater, el descrédito global de la política atentaría contra la propia democracia, pero evitar al tiempo que nos invadan por partida doble: a través de procesos de intimidación creciente (el dolor tiene límites, pero el temor no, repetía el clásico) y a través de la extensión autoritaria en espacios ciudadanos (por ejemplo, la inmersión lingüística en determinadas comunidades; los disparates de normas obligatorias de paridad en los juegos infantiles o en el lenguaje; la asignación de recursos de forma sectaria según se trate de amigos -clientelares- o de enemigos, etcétera).

Quizás intentar evitar que el ruido y la confusión nos impidan fijar la atención en lo que importa, tal como el abogado de la película Chicago lograba para su cliente asesina al crear un espectáculo en su circo de tres pistas simultáneas, de forma que el aturdimiento y la banalidad ocultaba -como declaraba en su papel Richard Gere- toda posibilidad de preocupación o descubrimiento de lo que verdaderamente estaba ocurriendo o había ocurrido; apenas se fija la atención en un punto, en un problema, surge otro que lo oscurece en una rueda interminable.

Evitar lo que Kolakowski definía como una «posición nihilista ante la Historia», algo banal y peligroso porque intenta negar los hechos para aceptar sólo «interpretaciones». En fin, desconfiar del vértigo totalitario que invade de vez en cuando a ciertos políticos en algunos momentos, cuya pérdida de sentido de realidad -lo que verdaderamente corrompe- les hace creer que pueden empezar la historia desde cero o crear una nueva ingeniería social, acostumbrados a considerar solamente la Historia como ruptura y desconociendo que es también continuidad. Entre lo aburrido -que tendría que ver con las limitaciones de poder- y lo interesante, en el sentido de Sontag, elijamos nuestra libertad.

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