De toros, intelectuales y economía

Decía Madariaga que concebía el mundo de los toros como un todo del que nada le resultaba ajeno. En este sentido, no es solo el fruto de una cuidadosa y meritoria labor llevada a cabo a lo largo de siglos por nuestros ganaderos, sino de una sociedad que los reclama y en la que estos pasan de proveedores ocasionales para festejos, al margen de los circuitos comerciales, hasta la actual ganadería de lidia entroncada en explotaciones agrarias, desde el siglo XVII, coincidiendo con la institucionalización por doquier de temporadas taurinas, como las que ahora se inician.

Es, por tanto, fruto de un aumento regular de la demanda y el precio, que acaba haciendo de la cría una actividad rentable, favoreciendo su progresiva profesionalización. Siendo los ganaderos clave para esa transformación del toro semisalvaje al que hoy conocemos; más noble y bravo que el primitivo. Con una producción en extensivo, que no se ajusta a la teoría de la economía clásica del mercado, y cuyo precio se ha venido reduciendo en términos reales. Con un último proceso de capitalización del medio agrario –casi al filo del actual siglo– con inversiones procedentes de otros sectores económicos. Sin que el ganado de lidia goce de ningún sistema de apoyo en la Política Agraria Común, aunque esté incluido en las disposiciones de la OMC vigentes para la carne de vacuno. De cría ecológica y racional, en amplios espacios naturales, garantizando el mantenimiento de un ecosistema reequilibrador del territorio, y adaptada al entorno.

De la misma forma que «se torea como se es», podemos decir que «se cría como se es». Porque para criar, lo mismo que para torear, hacen falta sobre todo afición, gran corazón, alto sentido de la estética y –a pesar de los tiempos que corren– buena cabeza. Es decir: valor, arte e inteligencia. Esto es lo que hoy mantiene al toro bravo y una actividad productiva fundamental para el desenvolvimiento de no pocas localidades desfavorecidas, incluso impulsando el turismo rural. La rusticidad de esta especie zoológica propia de España permite el aprovechamiento óptimo de todos los recursos naturales, desde los pastizales más agrestes hasta ramas o frutos de árboles. Su menor tamaño comparado con otras especies de vacuno facilita su movilidad e integración con el hábitat, permitiendo la conservación de esas extensas zonas de dehesa en las que vive. Si no fuera así habría desaparecido esta agrupación genética genuinamente autóctona, que crece en una finca agraria tradicional, a salvo medioambientalmente.

Actualmente se ha producido una subversión en el orden económico de la ganadería de lidia, donde solo quienes han conseguido mantener un alto prestigio de sus hierros han sido capaces de soportar las pérdidas en las que este sector se ha acostumbrado a operar. Y ha sido en la «tauromaquia de mercado» donde más deterioro han sufrido las posiciones tradicionales del criador clásico; y muchos no han logrado subsistir empresarial y económicamente, llevados las más de las veces de su afición y corazón. Conjugando pasado con presente, e intentando vislumbrar el futuro, con esa gravedad que en el sector llaman «temple».

Todo esto podría parecer coherente con la idea de que pensar y torear –o criar– son poco compatibles. Sin embargo, ha existido siempre una corriente de empatía entre el mundo del toro y los «razonantes». Ahí está la pública admiración entre Pérez Galdós y Machaquito, Juan Belmonte y Valle-Inclán, Sánchez Mejías y García Lorca, Antonio Montes y Ángel Pestaña, Ortega y Gasset y Domingo Ortega, Manolete y Orson Welles, Ordóñez y Hemingway o Domínguez y Cocteau. A su actividad llevaron el ruedo Zuloaga y Azorín. Y no pocos al Ejército, como la Milicia Taurina y la 96 Brigada Mixta de los Parrita, Fortuna o Litri II, en el 37.

Los toreros congenian con los intelectuales, bien escribiendo un libro, como Domingo Ortega con el «Arte del Toreo», o prologando, como Belmonte, quien –como Mazantini, Mejías y tantos– alterna con todos ellos: Pérez de Ayala, Neville, Camba, Marañón, Sebastián Miranda, Emilio García Gómez, o su gran admirador Valle-Inclán. Este le dijo: «Solo te falta morir en la plaza». Y con un «se hará lo que se pueda, don Ramón», contestó al gallego con naturalidad el «Sueño de Joselito», que solía viajar con un cajón de libros en su pasión por saber. Laín señalaba la importancia de Cúchares o Paquiro sobre muchos españoles de su tiempo. Pero incluso en la distancia. El propio biógrafo de Belmonte, Chaves Novales, o el mismo Díaz Cañabate, astros del «planeta de los toros», admitían su escasa afición.

Lorca, con su teoría del «duende», intenta explicar la corrida de toros como la sublimación de la sensibilidad artística, «el único sitio donde se puede contemplar la muerte rodeada de belleza». Bergamín lo asocia a una especie de flirteo en el que «torear es desengañar al toro, no engañarlo. Burlarlo, no burlarse de él». Picasso, como Alberti o Goya, supo también plasmar el sentido totémico del toro. Ortega, representante de esa taurina Generación del 14 cuyo centenario celebramos, practicó el toreo de salón «con una ser villeta de las de antes de la guerra», tras la comida organizada por Cossío, Altolaguirre, el propio Alberti, Lorca y Gerardo Diego, para que se conocieran Sánchez Mejías y el destinatario del «gente pa too» de El Gallo.

Aquel, en su «Evocación de Manolete», quintaesencia la Fiesta en el todo que termina con «un casi y un apenas», como en la vida. Marañón ve el «insuperable atractivo» del mundo de los toros es su «perenne renovación», que hoy vemos sometido a múltiples retos. Con personas que con su conducta –dijo el catedrático de Constitucional y maestro taurino José Peña– consiguen superar la dicotomía entre «popularismo» y espíritu ilustrado sin caer en el «plebeyismo». Y que al final, como los propios ganaderos –ahora también especie a proteger– con su amor al campo y al medio rural, algunos acaban transformados en Hidalgos, singular aportación española al orden social –Peña dixit–, de temple individualista, cuasi metafísico, que cuadra con las palabras de Quevedo: «Vive para ti sólo si pudieres/ Pues sólo para ti, si mueres, mueres».

Javier Morillas, catedrático de Economía de la Universidad CEU San Pablo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *