De tótem a pararrayos

Se construyó obstinadamente, desde muy joven, para salvar Catalunya y, finalmente, debe salvar a su familia. Jordi Pujol aceptó, con honor, la prisión para denunciar al régimen franquista y ahora se inmola, en medio de la vergüenza, para intentar que algunos de sus hijos no acaben entre rejas. He ahí la terrible y paradójica fábula de Jordi Pujol, el político catalán más importante del siglo XX, una figura que cae estrepitosamente del pedestal después de declarar, el viernes pasado, que durante más de tres décadas ha tenido dinero negro en bancos de Andorra. Él decía que su pasión es el país pero, a la hora de la verdad, su gran pasión ha sido la familia, rotundamente. La familia ha pasado por delante de todo, también de su obra política, importantísima. Para tratar de proteger a su esposa y a sus hijos, el que fue president de la Generalitat y líder del nacionalismo catalán revienta su personaje histórico, asume su muerte civil, resquebraja su legado, hiere a su partido y echa toneladas de desconfianza sobre la sociedad catalana. De tótem de la nación, Pujol pasa a ser pararrayos de la familia. En medio de una tormenta política sin precedentes.

Después de la aprobación -ciertamente complicada- del nuevo Estatut autonómico, Pujol soltó una frase brillante de las suyas, para resumir la situación: “Los catalanes no nos hemos gustado”. Estoy seguro de que, a fecha de hoy, el hijo de Florenci Pujol no se gusta nada a si mismo. Nada. Recuerden que el fundador de CDC dedicó muchísimas de sus intervenciones públicas a promover el rearme moral y que uno de sus asuntos preferidos de reflexión es el de los valores.

El 11 de mayo de 1995, la Generalitat otorgó el VII Premi Internacional Catalunya a Richard von Weizsäcker y a Václav Havel, en aquellos momentos expresidente de Alemania y presidente de la República Checa, respectivamente. Durante aquel acto solemne, Pujol utilizó el ejemplo de los dos homenajeados para reivindicarse: “Por lo tanto, necesitamos referentes. Puntos sólidos a los que podernos aferrar. Necesitamos personas a quienes podernos dirigir. Gente con credibilidad, capaz de dar seguridad, capaz de hacer que los hombres crean en algo que no sean únicamente ellos mismos. Necesitamos gente, personas con autoridad moral que les digan a todos que hay futuro”. Desde los tiempos lejanos y difíciles en que, en las paredes de pueblos y ciudades, aparecieron pintadas de “Pujol Catalunya” hasta hace pocos días, Pujol ha sido un referente de primer orden con una gran autoridad moral, también para muchos que nunca lo votaron, Él lo sabía y ejercía este papel con ganas. Un analista nada próximo ideológicamente a Pujol como Josep Ramoneda escribió esto en el 2002: “Yo creo, sin embargo, que cuando no esté Pujol echaremos de menos la opinión del presidente en las grandes cuestiones políticas. Pujol tiene un concepto clásico de la política, según el cual las ideas no son secundarias y los eslóganes tienen sus límites. Y para dar sentido hay que tener opinión”. El referente ha implosionado y no es fácil encontrar sentido a este final.

Como periodista que siguió durante años al expresident y que ha hablado muchas veces con él, puedo imaginarme el laberinto interior en el cual debe encontrarse un hombre que en 1979 reivindicaba la moral menestral “del esfuerzo y la responsabilidad”, en un artículo en La Vanguardia titulado “Sant Pancràs, doneu-nos salut i feina”, texto del que Pujol se sentía muy orgulloso: “No, yo no me avergüenzo de lo que he hecho. En absoluto. Ni tampoco me avergüenzo de mi origen. Y creo que políticamente soy fiel a él. Pero mi origen es éste: el de la pequeña, incluso muy pequeña burguesía catalana, que rendía culto al trabajo. El de la pequeña, incluso muy pequeña burguesía de pueblo, ahorradora y sentimental. Que aspira a promocionar, a subir, a que los hijos sean más que los abuelos y los nietos más que los hijos, pero a través del trabajo e incluso de la aceptación del riesgo y de sus consecuencias. El de una gente con algo de paganismo mediterráneo, pero también con algo de informulado e inconsciente calvinismo: solo el esfuerzo conduce al éxito, y solo el éxito conseguido con esfuerzo se justifica”. Este es un mensaje que tocaba la fibra sensible de las capas populares de Catalunya, pero que quizás no fue lo bastante entendido entre algunos de los más próximos a Pujol, especialmente su primogénito, Jordi Pujol Ferrusola, imputado ahora por un presunto delito de blanqueo de capitales y otro contra la Hacienda pública.

Sobre el hijo mayor de Pujol escribí esto en el libro, Ara sí que toca!, Jordi Pujol, el pujolisme i els successors, publicado en el 2003: “Pero el Júnior se quedó a medio camino, entre la frustración de no ser como el padre y la admiración que lo llevaba a querer llamar su atención (…) El niño que había ido a visitar al padre a la cárcel zaragozana de Torrero no sabía cómo tenía que convivir con la historia y la patria hecha figura. ¿Podría ser político? ¿Quién se lo tomaría seriamente? ¿Qué podría hacer?” Intentó hacer política dentro del partido pero no salió adelante, el mal carácter y la soberbia lo traicionaban. Una de las fuentes -veterano convergente- de mi libro, me explicaba, hace más de diez años, que el hijo mayor del expresident se había convertido “en un especialista en circular por terrenos peligrosos sin que se pueda determinar si pisa la línea continua o no, porque muchas veces sus contactos no son ni legales ni ilegales, sencillamente forman parte de la vasta e imprevisible franja de lo que no está regulado en ningún sentido, al margen de eventuales juicios éticos que no tendrían ninguna repercusión jurídica”.

Más allá de las peripecias del primogénito, el drama actual también podría explicarse, según muchos conocedores de la familia Pujol Ferrusola, por la mala conciencia del patriarca, por no haber podido dedicarse a la familia en el pasado, cuando los chicos eran pequeños, y por el papel de Marta Ferrusola, que -según un viejo prócer convergente- “presiona para que el padre comprenda y tolere las actividades de los hijos”. Ahora, la teoría psicoanalítica ha quedado superada por el vértigo de la historia en directo.

Francesc-Marc Álvaro

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