De Ucrania a Nador

La inmigración vuelve a estar en las portadas de la prensa, conforme a un ciclo recurrente de ida y vuelta marcado por el olvido, el cinismo y la insensibilidad colectiva. 24 de junio: 23 muertos y 77 desaparecidos en el intento de cruzar de Nador a Melilla, represión, omisión del deber de asistencia, devoluciones en caliente (es decir, sin protección jurídica alguna) Un bochornoso espectáculo que confirma hasta qué punto la intimidación de Marruecos tiene acomplejadas a las autoridades españolas.

Han pasado cinco meses y oficialmente, los hechos siguen sin esclarecerse a pesar de las informaciones aportadas por la prensa que ponen en evidencia la obsesión defensiva del Ministerio del Interior que ha dejado a Fernando Grande-Marlaska atrapado en su propio relato. Los episodios trágicos con la inmigración se repiten, las muertes en el Mediterráneo de personas que intentan llegar a Europa pasan desapercibidas la mayoría de las veces, y las víctimas se cuentan ya por decenas de miles. La indiferencia se hace carne ante tragedias fruto de realidades que son vistas como una amenaza y que son utilizadas políticamente por el rechazo de la derecha y la incapacidad de la izquierda. Del caso Nador-Melilla a estas alturas ya queda claro que la suerte de Marlaska está en manos de la Fiscalía, y que después de su comparecencia del miércoles pasado, por sentido común, sólo cabrían dos opciones: la dimisión o el cese. ¿Qué impide a Sánchez forzar el paso? ¿Sospecha el presidente que los escándalos en esta materia caen pronto en el olvido y tienen escasas consecuencias electorales o, dicho de otro modo, sabe que, a veces, la intransigencia tiene premio?

Pero la indiferencia de Marlaska, la transferencia de responsabilidades a la otra parte, el negacionismo de la tragedia, tiene significación, más allá de los efectos políticos concretos, porque contribuye a lo que Michel Agier llama la construcción de los indeseables: la estigmatización de determinados perfiles de los que emigran (los que ni siquiera merecen atención médica y jurídica, conforme a esta inaceptable figura política que es la devolución en caliente). No todos los inmigrantes gozan de la misma consideración a los ojos de los europeos. Un cierto tipo —origen, color, miseria— de los que llaman a la puerta ni siquiera son reconocidos: son indeseables, se les devuelve sin preguntar. Las democracias también tienen figuras infernales.

En febrero empezó la guerra de Ucrania. Y con ella una oleada de emigración hacia diversos países europeos. Entre ellos, España. Predominó la comprensión y, más todavía, el sentimiento activo de solidaridad. Se les ha ayudado y acogido, y han sido escasas, por no decir nulas, las reacciones de rechazo. Tanto las instituciones como la ciudadanía han apostado por facilitar en lo posible su estancia entre nosotros. Una guerra, especialmente cuando, como en este caso, está muy clara la distinción entre el agresor y el agredido, revuelve las conciencias. Y más sobre todo si esta guerra es cercana. Con el valor añadido de que Europa ha descubierto súbitamente que la guerra vuelve a estar en la puerta de casa, algo que curiosamente no ocurrió con la guerra de los Balcanes, que ha sido rápidamente olvidada. Y, afortunadamente, los ucranios han sido atendidos como de los nuestros. Una confirmación más de que no estamos constituidos como humanidad y que por mucho que presumamos de globalización, el mundo todavía está trabado por las referencias nacionales y continentales.

Los que, procedentes en su mayoría del Sudán, buscaron entrar en Europa por Melilla, también huían de guerras y miserias, buscando sencillamente un lugar para sobrevivir. Guerras que se multiplican en África sin que nos enteremos, miserias que se atascan en espirales de degradación sin fin. La mayoría de los afectados, para decirlo en palabras del propio Agier, “todos negros u oscuros, venían de países del Sur antiguamente colonizados”, gentes errantes que proceden de fuera de nuestro mundo. Discursos como el de Marlaska, sin espacio para la sensibilidad, que no se preocupa de los muertos sino de si murieron dentro o fuera del territorio nacional, que minimiza las más de cuatrocientas devoluciones en caliente, y que solo le interesa dejar claro que si hubo víctimas fue en el otro lado, no ayuda a la comprensión, a la paulatina configuración de una cierta cultura del reconocimiento. Al contrario, no hace sino contribuir a la construcción de la figura del indeseable.

Nada es fácil en materia de inmigración, obviamente tiene que ser ordenada y asumible. Pero no puede dejarse en manos de un discurso de deshumanización y de ninguneo de los indeseables, que solo puede ser fuente de odios y resentimientos. En ningún momento del discurso de Marlaska los inmigrantes adquieren la condición de sujeto: lo único importante es el lado de la raya en que se decidió su suerte. Razón suficiente para que el presidente Sánchez marque distancias con su intocable ministro, entregado a una resistencia numantina con un discurso con un solo registro: la defensa del comportamiento de las fuerzas de seguridad españolas.

Josep Ramoneda es filósofo y periodista.

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