De Vulcano a San Juan: la noche mágica

La mayoría de los pueblos antiguos celebraban el solsticio de verano, el día de Hefesto (el que brilla de día). Tántalo, Dédalo, Ícaro, Vulcano (para los romanos) son diferentes nombres de Hefesto, de una manera u otra, todos relacionados con el fuego y con el sol. En el mundo cristianizado es el día de San Juan, Precursor del Gran Sol, Cristo. El gallo, símbolo solar por la hora de su canto, es también el símbolo de Hefesto. Es la noche del amor, del fuego, del agua y de las plantas. Es una noche mágica.

Hefesto, el dios herrero, nació cojo y su madre, Hera, por eso lo arrojó al Océano. No pudo volver al Olimpo, de donde lo había arrojado su madre hasta que Dioniso lo emborrachó y lo llevó hasta allí montado en una mula convirtiéndose en objeto de mofa de todos los dioses. Hefesto se vengó enviando un trono de oro que él había construido a su madre, quien, al sentarse, quedó atada a él y sólo la dejó libre cuando se le permitió casarse con Afrodita, nacida del caos de la espuma, en el lugar en donde habían arrojado los testículos de Hefesto. Atenea lo rechazó, aquel eyaculó en un muslo de ella. Del semen caído en la tierra nació Erectonio, representado en muchas partes por una serpiente por su vinculación con la tierra, a quien Atenea guardó en una cesta sagrada y llegó a ser rey de Atenas. Los otros dioses se reían de él porque era cojo y porque Afrodita le ponía con frecuencia los cuernos. Este es el origen de que esta noche sea considerada la noche del amor.

De Vulcano a San Juan: la noche mágicaMuchos pueblos, a la hora del nacimiento del sol, esa mañana echaban grandes discos o ruedas, gasteroquiros en griego, encendidas a rodar por las colinas, que serían como mesas de tres patas hechas por el herrero Hefesto, «para saludar a Apolo», según dicen autores clásicos. Ciertos pueblos de Centro Europa, hacia los años 80 del siglo pasado, han tratado de recuperar esta tradición. Nunca se perdió la tradición de encender hogueras, que solían hacerse en altozanos visibles desde puntos lejanos para llamar la atención. Modernamente siguen encendiéndose en los cruces de dos calles de las ciudades. Las gentes de hoy, como sus antepasados, siguen saltando por encima del fuego al tiempo que piden secretamente deseos. Son fiestas purificadoras, el fuego lo purifica todo. Se arrojan al fuego diarios, ropas, muebles viejos para limpiar la memoria y no dejar rastro de lo que estorbaba. En España, el fuego de San Juan más conocido y famoso es el de San Pedro Manrique (Soria) en donde los habitantes recorren, pies descalzos, una ristra de brasas sin quemarse.

«Las grandes fiestas quieren vísperas», se dice. Las fiestas importantes contaminan, colorean las fechas anteriores y posteriores a ella. En Galicia, como en otros lugares de Europa, los campesinos, la última noche de abril, encendían fuegos en la plaza del pueblo y salían con hachones encendidos a recorrer los sembrados, a los que arrojaban las ceniza para proteger y fecundar las cosechas. Luego regresaban a la plaza del pueblo y danzaban hasta altas horas de la madrugada. Por todo esto se dice que esta noche es la noche del fuego. Hefesto es el dios de los volcanes y del fuego, y una especie de hechicero. Muchos le confunden con Prometeo, quien robó el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad y su padre lo amarró con cadenas a las rocas del Cáucaso y un cuerpo le desgarraba el hígado que se regeneraba sin fin para que su tormento durara siempre.

El agua, como el fuego, es purificadora, lo lleva todo por delante y lo renueva todo causando antes el caos. En muchos pueblos, cercanos al mar, la gente salía a tomar el primer baño del año y daban paseos en barca a partir de las 12 de la noche. En los pueblos del interior las gentes subían a los picos más altos para ver nacer el sol; en los del mar salían a verlo nacer sobre el mar. Los gallegos salían a bañarse en nueve olas a la playa de la Lanzada. Hefesto, que al nacer fue arrojado al Océano por su madre, purificó de la culpa de homicidio a Pélope en el océano. Cuando Aquiles iba, tuvo que atravesar un río para vengar la muerte de su amigo Aquiles, el dios fluvial furioso se lanzó contra él, pero Hefesto secó las aguas con una llama abrasadora. «Las purpúreas ondas del río que las celestiales lluvias alimentaban se mantenían levantadas y arrastraban a Aquiles… Hefesto apagó la abrasadora llama y las olas retrocedieron a la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fue vencido, él y Hefesto dejaron de luchar» (Ilíada, 21).

Los pescadores de muchos mares creen que esa noche, a las tres de la madrugada, pasa San Juan bendiciendo las aguas y que por eso ese día no hay catástrofes que lamentar en el mar. En La Limia (Orense) se cree que la noche de San Juan tocan las campanas de Antioquia, ciudad sumergida bajo las aguas de la Laguna de Antela. La ciudad quedó sumergida porque un día pasó por allí la Virgen y fue casa por casa pidiendo una taza de caldo para el niño Jesús, que se moría de hambre. Nadie le dio ni los buenos días sino con la puerta en las narices. El toque de esa noche les recuerda, como le recordó el canto del gallo a San Pedro, su pecado para que se arrepientan.

También se cree que esta noche infunde a las hierbas y las aguas virtudes especiales y sus efectos se multiplican. Por eso se hace acopio de ellas para todo el año. Los romanos salían al campo para recoger la verbena. Esta madrugada, los gallegos como otros muchos pueblos, salían con sus animales para coger el rocío y recolectar las hierbas recomendadas, y plantaban en las cuatro puntas de la cuadrícula del sembrado de lino cuatro ramas de saúco talladas esa misma mañana para proteger el sembrado del ataque maléfico de cualquier persona, bicho o peste. Cuando tenían algún mal de la piel, por ejemplo la sarna, las personas se echaban desnudas a rodar por una pendiente. Recogían ramos de laurel, de saúco y de romero que guardaban todo el año como el ramo de Domingo de Ramos. Los árboles que se cortaban y plantaban en la plaza del pueblo el 1 de mayo y las alfombras de flores con que se cubren las calles por donde va a pasar el Santísimo el día del Corpus son contaminaciones de estas fiestas de Hefesto.

Esta noche se siguen encendiendo fuegos y hogueras y haciendo rituales en las playas, y recogiendo hierbas de un extremo al otro de la península Ibérica, pero ya no como homenaje a Hefesto sino para celebrar el nacimiento del Precursor del Gran Sol de los cristianos, Jesús. La mayoría de los que esta noche salen a la calle a encender una hoguera o a bañarse a la playa no piensan ni en Hefesto ni en el nacimiento del Bautista, sino en pasar un rato divertido. El cristianismo escogió días señalados en calendarios cuyas ceremonias, ritos, celebraciones pudieran por analogía, semejanza, convertirse y adaptarse al nuevo mensaje.

El resultado es un conjunto híbrido de creencias y costumbres que llegan hasta nosotros desde la noche de los tiempos bautizadas con los nombres de cada momento. Aún aquellos ritos que llevan a cabo ciertos grupos tratando de resucitar cultos antiguos al sol o a alguna otra deidad no pasan de ser actos folclóricos vacíos de cualquier significado religioso. Son costumbres que se practican en fechas determinadas pero despojadas totalmente de su sentido de culto original.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, teólogo y escritor. Autor del blog Diario nihilista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *