Debacle: una anatomía

Por J. H. H. Weiler, catedrático y director de la cátedra Jean Monnet de la Unión Europea, facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York (EL PAIS, 20/03/03):

Aunque el “tiempo para la diplomacia” parezca haberse acabado ya, y el seguimiento de la guerra empiece a agotar nuestra atención, no se debería permitir que el alcance y las consecuencias de la derrota de la diplomacia de EE.UU. sean dejados a un lado. El quejarse de la “intransigencia” e “hipocresía” de Francia (sí, los franceses han sido intransigentes e hipócritas; ¿qué hay de nuevo en ello?) o el apuntar con el dedo a Colin Powell o a Tony Blair como responsables por ir a la ONU en primer lugar, no excusa el grado de ineptitud nunca visto en la diplomacia moderna de EE.UU. La defensa del uso de la fuerza contra Irak no carece de un considerable mérito. El régimen de Sadam ha cometido atrocidades a tal escala y de tal naturaleza que empequeñece los acontecimientos que propiciaron la intervención en Bosnia y en Kosovo. E incluso la “intransigente e hipócrita” Francia, en su última gestión -proponer que las inspecciones se prorroguen otros 30 días-, reconoce implícitamente que hasta la fecha Irak no se ha desarmado y que en última instancia pudiera ser necesario el uso de la fuerza. Es precisamente el mérito de la posición esencial de EE.UU. lo que hace que sea más manifiesto el fracaso de la diplomacia de su gobierno.

A menudo se dice de Europa que es una potencia económica, pero que es un pigmeo político; un gigante comercial, pero un enano militar. Pero aun así, en este caso la tortuga europea hace caer en la trampa a la liebre estadounidense. EE UU ha hablado alto y claro, ha enarbolado su gran vara económica y militar (la única vara que hay estos días) sólo para ser humillado públicamente: ni siquiera México (socio en el NAFTA) o Turquía (su aliado en la OTAN), por no hablar de Chile (su proverbial “patio trasero”), se dejaron vencer por las presiones y zalamerías de EE.UU. Y la diplomacia francesa estuvo corriendo en círculos alrededor de EE UU en África. No se trata sólo de un asunto de orgullo. El poder es en gran parte una cuestión de percepción. La imagen del poder civil de EE UU ha quedado hecha añicos, lo que significa que su poder real ha disminuido, un gran logro en un periodo de semejante dominio estadounidense. Habrá muchos más David que se levanten contra el Goliat americano en los próximos años. Se ha escrito mucho sobre el daño causado a la OTAN y a la ONU, pero parece que la Administración está bastante satisfecha con los estragos que ha conseguido provocar en el proyecto de integración europea rompiendo los lazos entre la vieja y la nueva Europa. También ésa es una visión miope, ya que el pronóstico a largo plazo prevé considerables perjuicios para los intereses de EE.UU. El proceso de integración europea es inexorable. Y, paradójicamente, la actual crisis puede haberlo fortalecido: por primera vez en su historia se ha podido ver el surgimiento de un verdadero espacio público europeo y de la percepción de los ciudadanos de una identidad significativa como europeos. El futuro relato social e histórico-político de este periodo será el del surgimiento de la unidad, aunque los historiadores diplomáticos pretenderán caracterizar como un periodo de fractura y crisis. Lo que el Gobierno ha conseguido es debilitar, muy considerablemente, el poder e influencia de sus amigos dentro del club europeo. Algunos países como Gran Bretaña y, posiblemente, Polonia -dos aliados naturales en Europa- estarán “en libertad condicional” durante años. En otros países como España e Italia, los próximos gobiernos harán lo imposible por demostrar que la aventura con EE.UU. no fue más que eso, una cana al aire. Incluso se podrá ver el resurgimiento de la difunta idea de una “Europa troncal” dentro de la Unión ampliada, que constará de los seis originales (excluyendo, por tanto, a Gran Bretaña, España y todos los recién llegados). Desde la perspectiva de EE.UU., eso significaría una pérdida permanente de influencia y el abandono final de Alemania. Por último, pero no por ello menos importante, está la opinión pública mundial, y el fracaso de EE.UU. a la hora de adueñarse del terreno moral. Uno no puede ir por el mundo defendiendo la democracia y al mismo tiempo mostrar desdén hacia los puntos de vista de la opinión pública, sin entender que esos puntos de vista, en las democracias, forjan las actitudes y las acciones de los Gobiernos. Desde Vietnam no se había visto semejante antiamericanismo, ni tan legítimo. Uno puede objetar, y con razón, pero eso no cambiará los hechos demostrables, otro efecto perverso de la derrota diplomática.

Por supuesto, hay múltiples razones para haber llegado a esta situación, pero, hasta la fecha, hay una de ellas que no ha recibido la suficiente atención. La causa directa del fracaso diplomático de la ONU ha sido la percepción de avances y de éxito en el proceso de inspecciones. La destrucción de misiles, las “entrevistas” con los científicos y todo lo demás impresionaron a la opinión pública y dieron alas a los que se oponían a la guerra. A EE.UU. y a Gran Bretaña se les oyó decir una y otra vez que ese progreso -engañoso y tramposo donde los haya- fue el resultado de un creíble despliegue de fuerza; que Sadam no habría hecho absolutamente nada si no hubieran concentrado sus ejércitos a lo largo de sus fronteras. Llevan razón en lo que afirman. Fue la concentración de esas tropas lo que llevó a Sadam a esa farsa de cooperación. Pero ésa fue la perdición de la diplomacia estadounidense y británica. Imagínense la situación sin esa prisa de EE.UU. y de Gran Bretaña por movilizar y enviar tropas al Golfo. Incluso el lisonjero inspector Blix no habría sido capaz de describir la previsible intransigencia de Sadam (sin tropas en sus fronteras) como cooperación y progreso. ¿Habría convencido eso a Francia? No. Pero ¿habría ejercido el derecho a veto? Mucho menos probable. En tal situación, ¿habría uno perdido a Putin? Probablemente, no. ¿Habría sido uno capaz de obtener una mayoría en el Consejo de Seguridad, incluso una mayoría aplastante? Lo más probable. Así que, ¿por qué esa prisa? Posiblemente debido a Karl Rove y a la necesidad de ganar las elecciones a mitad de mandato que se celebran en noviembre. Posiblemente se deba a un más que dispuesto Pentágono. Posiblemente se deba simplemente a un desprecio triunfalista por la importancia de la diplomacia. Sólo los locos se precipitan. Y ahora vamos a pagar el precio.

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