Debates e intereses en Quebec

Me escribe un colega desde Barcelona que procure almacenar el muy necesario oxígeno en algún bosque canadiense para observar los acontecimientos que se van a producir en nuestro país en los próximos meses. Lo cierto es que el abundante cauce del río San Lorenzo y los frondosos bosques que verdean en el paisaje de Quebec, un territorio más extenso que la península Ibérica, invitan a pensar en la singularidad de esta provincia que se ha definido como una nación, ha intentado sin conseguirlo en dos ocasiones pronunciarse en referéndum sobre su independencia de Canadá .

El partido no ha terminado y el total reconocimiento de la lengua francesa, la única oficial en Quebec, más la aceptación por parte del Parlamento federal canadiense de que Quebec forma una nación dentro de un Canadá unido, no han apagado el deseo de una parte de quebequeses de volar por su cuenta y declararse independientes.

Se da la circunstancia de que en los dos referéndums, el de 1980 y el de 1995, la mayoría de los votantes del partido independentista que estaba en el gobierno no se pronunciaron por la secesión. La última vez, en 1995, los resultados fueron tan justos que el país quedó dividido entre el 50,6 por ciento que votaron a favor de permanecer en Canadá y el 49,4 por ciento se pronunciaron a favor de la independencia.

A la mañana siguiente, me cuenta un profesor de la Universidad de Montreal, la vida siguió con total normalidad y cada uno se guardó para sí su opinión y sus deseos. Quebec ha sido y es una provincia profundamente dividida entre una mayoría resentida de francoparlantes que ha buscado la independencia en dos ocasiones para protegerse contra la hegemonía política de los angloparlantes de dentro y de fuera de sus límites fronterizos.

La historia de la política quebequesa en los últimos cuarenta años es sobradamente conocida por los lectores de este diario, que ha enviado a Montreal muchos periodistas para que explicaran el fenómeno secesionista durante y después de los referéndums. Xavier Batalla, el inolvidable colega que conocía las grandes líneas y los pequeños detalles de la política internacional, viajó y escribió profusamente sobre las tensiones entre la provincia de Quebec y el Estado federal de Canadá. Se entrevistó con todos los líderes políticos y siguió los debates entre los partidarios de la independencia y los contrarios a la partición.

Cada país tiene su historia, sus reglas y sus debates culturales y políticos. Una de las cualidades que aprecio con las muchas personas con las que he hablado del tema es la tranquilidad con que expresan sus argumentos y el respeto con que aceptan los del contrario. La cuestión, a pesar de los dos referéndums y de la tranquilidad aparente que se vive en la sociedad quebequesa, sigue viva. Nadie descarta que el nuevo líder del Parti Québécois, Pierre Karl Péladeau, elegido en mayo de este año, vuelva a plantear un referéndum sobre la independencia. En su discurso de aceptación del cargo de líder del partido dijo: “Está dentro de nuestro objetivo situar los intereses superiores de Quebec por encima de nuestras personales ambiciones”.

Péladeau tiene un aire populista, posee un grupo de comunicación poderoso y su patrimonio personal y empresarial es considerable. Tiene un largo recorrido por delante. Lo primero que tendrá que hacer es recuperar al partido del batacazo que se dio en las elecciones del 2014 en las que perdió 24 escaños y quedó muy por debajo del Partido Liberal de Pierre Couillard.

El secesionismo quedó derrotado en 1995 y sólo volverá a tener relevancia si consigue una mayoría clara en las elecciones de Quebec previstas para el 2018. Tendrá que tener en cuenta también la ley de la Claridad, aprobada por el Parlamento canadiense en el año 2000, que consiste en que en caso de un referéndum secesionista tiene que existir una pregunta clara y una mayoría cualificada. No especificaba ninguna provincia pero era una ley pensada exclusivamente para Quebec.

Las posiciones están claras, al margen de mayorías o minorías electorales. Una cosa son las posiciones de los políticos y otra son los intereses de los ciudadanos. Los funcionarios canadienses, en cualquier parte del inmenso territorio nacional, tienen que atender en francés a cualquiera que lo pida. Canadá es un país oficialmente bilingüe, excepto Quebec que, también oficialmente, es exclusivamente francófono.

El Gobierno federal ha sido muy sensible a las peticiones de los quebequeses. No se puede decir lo mismo de Madrid respecto a Catalunya. En todo este tiempo Montreal, la gran capital canadiense hasta hace treinta años, ha dado paso a Toronto, que se ha convertido en la pujante capital económica canadiense.

Lluís Foix

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