Debates y mentiras

«No puede haber negación preventiva del indulto», dijo el presidente y candidato del PSOE, Pedro Sánchez, fijando posición en primera instancia, lo que le convirtió, a los ojos de una parte de la opinión, en perdedor del debate. No lo volvió a repetir y tampoco dio más explicaciones. Esta aparente falta de criterio sobre el hipotético indulto futuro tiene visos de ser falsa. Así lo entendió Rivera cuando dijo que el jefe del Gobierno quería tomar el pelo a todos los españoles. Y rubricó sus dudas explicando que le había traído un libro «que no ha leído», dejando la tesis de éste encima de una de las mesitas de bar con las que habían equipado el plató.

Los debates no han despejado dudas sobre si habrá indultos y ni siquiera han servido para saber con quién va a pactar cada uno, salvo Iglesias que, con buenos modales y sin renunciar a sus premisas, espera la anhelada oportunidad.

Tengo que reconocer mi renuencia al aparataje de rituales que delatan falta de sobriedad, sobre todo cuando la exhibición de medios va a cargo de lo público: besuqueo ecuménico; figurantes sin función; limpiadoras sacando brillo superfluo; maquilladoras transmutando a políticos; el inevitable trance de qué hacer con las manos, salvo para Iglesias, que lo resolvió metiéndola en el bolsillo, la pretensión universal de victoria y, ya en las sedes, el delirio del bufandeo y el culto a la personalidad. Vanos me parecen también los juegos de apuestas sobre el ganador de los debates, pues no valen si no han logrado convencer a los agnósticos. Y los pronósticos sobre resultados, pues las urnas solo hablarán al final.

Antes del inicio de la ceremonia, un tontaina a sueldo dijo a micrófono batiente: «Tienen ganas de debatir». Solo faltaba que, después de saltar tantas vallas, no tuviesen ganas. Lo que parece innegable es que parte de los asilados en sesión continua en el sofá se hayan podido quedar con los pies fríos y la cabeza caliente, con dudas sin resolver y arcanos sin despejar, al menos, en dos temas: Cataluña y pactos.

Las intrusiones cáusticas han ido llegando con el falso ballotage, porque en primera instancia la táctica se comió la enjundia, como tantas veces ocurre cuando los asesores, con sus advertencias, acaban aturdiendo a los jefes.

Mientras el acartonado y trivial debate en Prado del Rey devino en ejercicio táctico para acicalar las conveniencias de cada uno, en el Debate Decisivo, aunque mantuvo su vigencia la satisfacción inmediata (titulares, efectos visuales, poco análisis y escasa profundidad), afloraron sin disimulo la bronca y las mentiras.

Algo así le debió ocurrir a Casado, sempiterna sonrisa y dicción atropellada, moviéndose por el primer plató con prevención y sin atributos reconocibles, lo que corrigió en segunda instancia, destapando que el número dos de Cs le dio un portazo cuando le planteó un pacto para el Senado. Ahí empezaron las primarias de la derecha, feliz hallazgo de Sánchez para descifrar la desavenencia que les puede suponer quebrantos a ambos, de lo que se puede salvar el maldito del trío de Colón que no tuvo acceso a los debates. Rivera ha marrado el tiro, atacando al partido con el que quiere esposarse y al que pide, con insistencia, la mano. Con rabia, el popular afeó al vecino de escalera sus virajes ideológicos, agudizados con las últimas fugas: «No presuma, que hasta hace unos meses eran socialdemócratas y ahora son liberales».

En un intento de complacer a sus seguidores más hiperventilados, el popular advirtió al socialista: No mientas, cariño, tu problema eres tú. Continuó la invectiva: «Ustedes nunca han creado empleos y cada vez que abre la boca, sube el pan, la luz y el diesel». Y terminó con una grave presunción: «Mientras nosotros somos el antídoto contra el separatismo, el sanchismo es la guarnición del plato principal que Sánchez está preparando con los que quieren acabar con España».

En la pública, Rivera salió en tromba, sacudiendo estopa al presidente por sus devaneos tácticos, «baje del Falcon, aterrice»; acusándole de querer indultar a sus socios separatistas, con un alegato infernal: «Es usted el presidente más radical de la historia de la democracia y a los únicos a los que les ha ido bien ha sido a los 500 cargos que ha nombrado a dedo».

Tampoco Casado se libró de un respingo inopinado, con foto: «El milagro económico del PP está en la cárcel». Y la respuesta estática del room mate: «En España el que la hace la paga». El popular, al que Rivera (que saluda yéndose, fíjense) robó el plano, desgranó datos y cifras (sin mirar un papel, como acostumbra) terminando con otro eslogan huero: «Cuando el PSOE entra por la puerta, el empleo sale por la ventana». Y una revelación: en las listas de espera de la sanidad andaluza estaban ocultos medio millón de pacientes. Y una ofensa por duplicado: «¿Cómo puede usted tener tanta cara dura, señor Sánchez? Es usted un peligro público».

Con la sonrisa bien ensayada, de la que no se apeó, Sánchez se arrancó con la sentencia demoledora (Gürtel), origen de la primera moción de censura de la democracia. Y pasó del «gran bazar» al «parque temático» de la corrupción. Tan ocupado estaba en asentar dónde se habría encluecado el pudrimiento de la derecha que no prestó atención al interminable rulo que le trajo Rivera, con los casos del partido de su vecino, al que preguntó, sin obtener respuesta: «¿Va a dimitir si condenan a los ex presidentes andaluces por los ERE?».

Iglesias, que se presentó con un librito de la Constitución, convertido en argumento de autoridad para sus demandas sociales, pidió «respeto a la gente que nos ve» y que los bancos, que «en la práctica no pagan impuesto de sociedades», devuelvan los 60.000 millones de euros del rescate. Estas apelaciones le pueden haber proporcionado utilidades a las anémicas expectativas de los sondeos. Y más entonado, animó a acabar con la estafa de la temporalidad y dejar de tratar a los autónomos como empresarios, cuando en realidad son trabajadores. No sin antes sorprender: «La justicia española merece un cierto respeto».

Si algo parece claro, es que nadie logrará la mayoría absoluta. Han quedado en el aire los pactos poselectorales. En un debate a doble vuelta, no se ha hablado sobre seguridad y defensa, la magnitud del déficit público o la sostenibilidad del Estado de bienestar. En el país con récord de ministras, no había representación. Y junto a mentiras copiosas, escasez en cuestiones nucleares.

La indecisión es falsa y se llenarán las urnas. Nunca antes ha habido una conciencia tan aguzada del envite, como en esta ocasión en la que ha habido más concreción en las propuestas que certeza en los liderazgos.

Luis Sánchez-Merlo es escritor.

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