¿Debemos aplaudir a nuestras élites?

Cuenta la anécdota que allá por octubre de 1917, mientras los bolcheviques urdían su inminente revolución, la iglesia ortodoxa rusa convocó un concilio. Ahora bien, lo que enardeció el debate de los padres sinodales no fue nada de lo que Lenin andaba tramando, sino otro asunto bien distinto: cuál debía ser el color de la sobrepelliz para su liturgia. Algunos insistieron, con notable vehemencia, que tal color debía ser blanco; otros, con aún mayor ímpetu, que cómo no decidirse por el morado. Mientras, a su alrededor, sucedían cosas que harían que el mundo ya nunca volviese a ser igual.

Uno de los dichos más famosos de Marx es el que sentencia que la historia tiende a repetirse, pero como farsa. Ahora bien, cuando el acontecimiento original es él mismo ya un tanto paródico (y el caso de los clérigos rusos bien puede parecerlo), su repetición tenderá entonces hacia lo grotesco. Justo esa es la impresión que suscita la última reunión, hace solo unos días, del Consejo de Estudiantes de la Universidad de Oxford.

En medio de un país convulsionado por los rifirrafes del brexit, en medio de un mundo abocado a retos tan insólitos como los de la robótica, la inteligencia artificial o la ingeniería genética, los alumnos de una de las universidades más elitistas del mundo se enzarzaron en un debate… sobre si debe aplaudirse o no al acabar un acto académico. ¿El motivo? Algunos estudiantes dicen padecer ansiedad si oyen sonidos fuertes, lo cual incluye los típicos aplausos o vítores de entusiasmo tras un evento.

Así pues, la moción finalmente aprobada por la Unión Estudiantil de Oxford contenía un mandato: animar a que los aplausos de toda la vida se sustituyeran por el gesto silencioso con que la lengua de signos británica expresa entusiasmo. Es probable que usted lo conozca: se trata de las llamadas «manos de jazz», esto es, extender las manos con las palmas hacia adelante y girar las muñecas a derecha e izquierda, rápido.

La decisión de los estudiantes oxonienses no ha pasado sin polémica: otros universitarios, los ciegos, se quejan ahora de que, con semejante estilo de aplauso nuevo, no pueden ya estar nunca seguros de si la charla a la que recién han asistido cosecha o bien el beneplácito o bien la frialdad del público. Algo especialmente inquietante si eres tú el que la acaba de impartir. Por no ofender a los hipersensibles al ruido, Oxford comenzará a ofender a los invidentes.

Ahora bien, más allá de esta discusión sobre aplausos sonoros o silenciosos, sobrepellices blancas o moradas, puede que nos quede una sensación cada vez más frecuente en nuestra época. Algo que representa un desafío no menor que las citadas robótica, inteligencia artificial o ingeniería genética, aunque en este caso no se trata de un reto técnico. Hablamos de la sensación de que nuestras élites intelectuales están cada vez más preocupadas por idioteces.

En estos mismos días de Halloween ha surgido otra ocasión para sentir lo mismo. Hemos sabido que más de la mitad de los universitarios estadounidenses apoya la idea de castigar a quienes usen disfraces que resulten ofensivos. Se alejan los tiempos en que ser estudiante conllevaba fuertes dosis de profanación, jolgorio e intrepidez. De hecho, la cifra de partidarios de sancionar a los irreverentes es mayor cuanto más elitista sea la universidad en que se pregunte. El rigorismo moral de quienes regirán nuestras empresas, medios de comunicación y gobiernos el día de mañana tiene visos de dejar a la señorita Rottenmeier a la altura de una frívola casquivana.

¿Por qué está ocurriendo todo esto? Uno de los éxitos editoriales del presente año acaso pueda ofrecernos alguna pista. Se trata del libro No society, del geógrafo francés Christophe Guilluy. Incluso Íñigo Errejón lo ha recomendado en su cuenta de Twitter, aunque me confieso incapaz de apostar que lo haya entendido.

La sugerencia de Guilluy es sencilla: todas esas preocupaciones que nos parecen estúpidas por parte de nuestras élites en realidad son muy astutas. Mientras la élite periodística, universitaria o del espectáculo nos insufle la angustia por no ofender con nuestros aplausos, pero no hacerlo tampoco con nuestro silencio ante un ciego; mientras nos imponga mil y un requerimientos para disfrazarnos solo como nos concede su nueva moral; mientras andemos obsesionados con no pisar los callos de ninguno de los miles de pies ofendiditos que nos rodean; mientras ocurra todo eso, no nos quedará mucho tiempo para mirar la realidad.

Una realidad que es muy simple, arguye Guilluy: cada vez nuestras élites se hallan más lejanas del resto de nosotros. Aunque aparenten exquisitez moral con asuntos más y más escrupulosos, solo es un modo de fingirse bondadosas, mientras nos tienen entretenidos discutiendo con el colega que ayer me ofendió con su disfraz o con la compañera que ha aplaudido hoy demasiado fuerte. Les urge despistarnos con esas añagazas, pues de no hacerlo el riesgo es demasiado alto.

Se trata del riesgo de que un día las miremos y nos demos cuenta de que no merecen ser nuestras élites. Es decir, nos demos cuenta de que no queremos aplaudirles, ni siquiera con «manos de jazz». Todas las élites de la historia del mundo han temido ese momento; las nuestras, que conocen bien sus propias carencias, saben que está a punto de llegar el momento en que las despreciemos definitivamente. Y que entonces ningún disfraz, por inapropiado que resulte, ocultará su incompetencia.

Miguel Ángel Quintana Paz es profesor de Ética y Filosofía Social en la Universidad Europea Miguel de Cervantes.

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