¿Debemos “contener” a China?

Este mes se cumplen 40 años del viaje secreto de Henry Kissinger a Pekín, que inició el proceso de reparación de una ruptura de 20 años en las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y China. Ese viaje y la posterior visita del presidente Richard Nixon representaron un importante realineamiento durante la Guerra Fría. Los EE. UU. y China dejaron de lado su intensa hostilidad en un exitoso esfuerzo conjunto para contener a una Unión Soviética expansionista.

Hoy, la Unión Soviética se ha esfumado, y el poder chino crece. Algunos estadunidenses postulan que el ascenso chino no puede ser pacífico y que, por lo tanto, la política de los EE. UU. debe contener a la República Popular. De hecho, muchos funcionarios chinos perciben la estrategia actual estadounidense de esa manera. Están equivocados.

Después de todo, la contención de la URSS durante la Guerra Fría significó virtualmente la ausencia del comercio y poco contacto social. Hoy, por el contrario, los EE. UU. no solo mantienen un comercio masivo con China, sino también un amplio contacto social, que incluye la asistencia de 125.000 estudiantes chinos a universidades estadounidenses.

Con el fin de la Guerra Fría, la contención de la Unión Soviética preludiada por la visita de Kissinger, no puede ya servir como el fundamento para las relaciones entre los EE. UU. y China. Más aún, las relaciones con China se enfriaron luego de la masacre de Tian’anmen en 1989, y el gobierno de Clinton tuvo que diseñar un nuevo enfoque.

En 1994, cuando estaba supervisando la Revisión de la Estrategia de Asia Oriental (East Asia Strategy Review) del Pentágono, rechazamos la idea de la contención de China por dos motivos. Si tratábamos a China como un enemigo, nos estábamos garantizando un enemigo en el futuro. Si tratábamos a China como un amigo no podíamos garantizar la amistad, pero al menos podíamos mantener la posibilidad abierta a resultados más benignos.

Además, hubiera sido difícil persuadir a otros países a unirse en una coalición para contener a China, a menos que China recurriese a tácticas intimidatorias, como los soviéticos luego de la Segunda Guerra Mundial. Solo China, a través de su comportamiento, era capaz de organizar la contención de China por terceros.

En vez de contención, la estrategia diseñada por el gobierno de Clinton se podría haber llamado “integrar, pero proteger”, algo así como el enfoque de “confiar, pero verificar” adoptado por Ronald Reagan para los acuerdos estratégicos con los soviéticos. Por un lado, los EE.UU. apoyaron la membresía de China en la Organización Internacional del Comercio, y aceptaron los productos y visitantes chinos. Por otro lado, la declaración Clinton-Hashimoto, de abril de 1996, afirmó que el tratado de seguridad entre los EE. UU. y el Japón, en vez de constituir una reliquia de la Guerra Fría, proporcionaría las bases para un Asia Oriental estable y próspera.

Clinton comenzó también a mejorar las relaciones con la India, una estrategia que ha recibido apoyo bipartidario en los EE. UU. El gobierno de Bush continuó mejorando las relaciones bilaterales, al tiempo que profundizaba y formalizaba el diálogo económico con China. Robert Zoellick, por entonces subsecretario de estado, dejó en claro que los EE. UU. aceptarían el ascenso de China siempre que se comportarse como “participante responsable”. Esa política continúa rigiendo en el gobierno de Obama, que ha ampliado las consultas económicas anuales con China para incluir cuestiones de seguridad.

Como propongo en mi nuevo libro, The Future of Power (El futuro del poder), uno de los principales desplazamientos de poder del siglo XXI es el resurgimiento asiático. En 1800, Asia representaba la mitad de la población y la economía mundial. Hacia 1900, la revolución industrial en Europa y América del Norte había hecho descender la participación asiática al 20% del producto mundial. A mediados de este siglo, Asia debería significar nuevamente la mitad de la población y el PBI mundial.

Esta es una evolución natural y bienvenida, ya que permite que cientos de millones de personas escapen de la pobreza. Simultáneamente, sin embargo, ha dado lugar a temores de que China se convierta en una amenaza para los EE. UU.

Esos temores parecen exagerados, especialmente cuando se considera que Asia no es una entidad única. Tiene su propio equilibrio interno de poder. Japón, India, Vietnam y otros países no desean ser dominados por China, y por lo tanto reciben con agrado una presencia estadounidense en la región. A menos que China desarrolle su “poder de atracción”, el crecimiento de su capacidad militar y económica probablemente asuste a sus vecinos y los lleve a buscar coaliciones para equilibrar su ascenso. Es como si México y Canadá buscaran una alianza con China para equilibrar el poder estadounidense en Norteamérica.

Luego de la crisis financiera de 2008-2009, cuando China mostrara una rápida recuperación y retomara su crecimiento económico anual al 10%, algunos funcionarios y comentaristas chinos instaron a seguir una política exterior más firme, para reflejar el nuevo poderío chino. Muchos creyeron equivocadamente que los EE. UU. estaban decayendo, y que la crisis presentaba nuevas oportunidades estratégicas para China.

Por ejemplo, China comenzó a presionar con reclamos territoriales en el Mar de la China Meridional, y a intensificar una antigua disputa fronteriza con la India. El resultado en términos netos es que, durante los últimos dos años, China ha empeorado sus relaciones con el Japón, la India, Corea del Sur, Vietnam y otros países. Un desempeño extraordinario, que confirma la premisa estratégica de los EE. UU.: “solo China puede contener a China”.

Pero sería un error centrarse solamente en la parte de la estrategia estadounidense centrada en la protección. Los EE. UU. y China (así como otros países) tiene mucho que ganar de su colaboración en temas transnacionales. Sin ese tipo de cooperación no se pueden diseñar e implementar soluciones para la estabilidad financiera mundial, el cambio climático, el terrorismo electrónico ni las pandemias.

Si el poder es la capacidad para obtener los resultados que uno desea, es importante recordar que a veces nuestro poder es mayor cuando actuamos con otros que cuando simplemente lo hacemos sobre otros. Esta importante dimensión de una estrategia de “poder inteligente” para el siglo XXI queda fuera del concepto de contención. Cuando Kissinger aterrizó en Pekín hace cuatro décadas, no solo inició una transformación de la Guerra Fría, sino también una nueva era para las relaciones entre los EE. UU. y China.

Joseph S. Nye, Jr., Subsecretario de Defensa durante el gobierno de Clinton y actualmente profesor en la Universidad de Harvard, es autor de The Future of Power (El futuro del poder). Traducción del inglés por: Leopoldo Gurman.

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