Deberíamos cambiar el disco

Cuando sucede algo parecido a lo que ocurrió el 30 de diciembre en Jost, ni al más obtuso de los analistas le cabe la más mínima duda: la guerra no declarada de la OTAN en Afganistán y Pakistán está perdida. Podrá durar más o menos – eso depende de otros parámetros-, pero de allí las tropas de la Alianza Atlántica no saldrán triunfadoras, porque en términos convencionales la victoria es imposible a menos de arrasar a toda la población; algo equivalente a un bombardeo nuclear. Posibilidad que más de uno estaría tentado de plantearse si no fuera por el pequeño y significativo detalle de que Pakistán es una potencia nuclear. De donde cabe deducir la más odiosa de las conclusiones: que el único escudo eficaz para que no puedan hacer contigo lo que les dé la gana es proveerse de armamento atómico. De ahí el interés por que Irán no disponga de armas nucleares y el respeto con el que se trata al régimen probablemente más inicuo de la tierra – Corea del Norte-,que sí las tiene.

El talento estratégico de aquel pedazo de estadistas inolvidables – George Bush hijo y Tony Blair, con la colaboración entre otros de nuestro José María Aznar-nos ha metido en un mundo muchísimo más inseguro y frágil del que teníamos, y lo que es más imperdonable, en una guerra de la que quizá la única duda razonable es la de evaluar el volumen y consecuencias de la derrota. Pero partir de ella es inevitable. Y henos aquí enzarzados una vez más en una lucha que pronto alcanzará la década y que con los años transcurridos ha creado tal tejido de intereses que incluso desmontarla, es decir, ponerle fin, exigiría en estos momentos una monumental operación económica, no sólo política, que convierte la actual encrucijada en una especie de nudo gordiano cuya descripción se acerca a la paradoja. Pararla es más difícil que continuarla, y continuarla constituye una amenaza permanente que nos hace cada día que pasa más débiles y más susceptibles de derrotas sucesivas. Por ejemplo, lo sucedido en Jost el 30 de diciembre.

El mundo de los servicios de información, o de espionaje, tiene dos maneras de enfocarse. Desde fuera o desde dentro. Desde fuera suele ser incluso divertido. Si ustedes vana ver por ejemplo el documental Garbo podrán admirarse, e incluso desternillarse de risa, contemplando como un paisano nuestro es muy listo, muy listo y cómo los alemanes son muy tontos, muy tontos. Pero si la figura de Garbo la tuviera que explicar un profesional, desde dentro, con algo más de detalle que lo hace un experto como Mark Seaman, quien lo sabe muy bien, tendría que empezar a contar el lado cruel del asunto, que puede resumirse en algo parecido a una sencilla explicación aritmética: la credibilidad de un espía doble es directamente proporcional a la capacidad de perversidad de un equipo de inteligencia capaz de engañar al contrario y proporcional a su vez al número de víctimas que ha sido capaz de facilitar al enemigo para eliminar las sospechas. Me estoy refiriendo a un espía en tiempos de guerra; una profesión más arriesgada aún que la de un soldado en el frente.

El pasado 30 de diciembre, en la base de operaciones de la CIA norteamericana en Jost, Afganistán, no lejos de la frontera con Pakistán, se produjo un hecho sin precedentes en la historia de los servicios de espionaje. Un solo agente del enemigo logró eliminar a siete profesionales de élite de la potencia más poderosa de la tierra. Aparentemente el procedimiento, si quisiéramos contarlo por lo llano y en documental brillante, se reduce a la perfidia de un tipo que gracias a la falta de precaución de los agentes estadounidenses logra introducirse en la oficina y volarlos a todos, inmolándose él; un suicida islámico con buena suerte el día que optó por convertirse en mártir. Pero todo es algo más complicado. Nosotros tendemos a simplificar las cosas en aras, supuestamente, de la comprensión de los lectores. Y yo creo que con eso conseguimos que, en vez de hacernos entender, los sumamos en la perplejidad.

La jefa de la CIA en la base de operaciones de Jost tenía veinte años de experiencia en los servicios y diez en el seguimiento de Al Qaeda. Con ella, Elizabeth Hanson,  31 años, reclutada como agente apenas terminada su tesis doctoral, en Maine, sobre aspectos económicos del islam en comparación con el judaísmo y el cristianismo. Dos mujeres trabajando en tareas de información ejecutiva en el ojo del huracán del islamismo radical. Las acompañaban otros seis profesionales, de los cuales hasta el momento sólo conocemos el nombre de cinco. El enlace árabe, un capitán jordano, Ali ben Zeid, y cuatro norteamericanos con experiencia en zonas conflictivas – Scott Robertson, Harold Brown jr., Jeremy Wise y Dane Clark Paresi-, cuyos nombres conseguidos por la prensa norteamericana, muestran un detalle curioso y significativo. Los dos últimos eran empleados de una empresa privada, la antigua Blackwater, que por razones de decencia nominal ahora se llama XeServices. Cuando en una guerra el Estado echa mano de una empresa privada para combatir es un mal síntoma; está alimentando una red económica interesada en mantener el negocio, es decir, que la guerra no termine nunca.

Y el agente doble. Jalil Abu Mulal al Balaui. Un médico jordano formado en la Universidad de Estambul, casado con la periodista turca Defne Bayrak, autora al parecer de un texto titulado Bin Laden, el Che Guevara de Oriente.A sus 32 años, Balaui había trabajado en dos hospitales de Jordania, donde se recogieron palestinos tras la invasión israelí de Gaza. Fue un hecho para él traumático; si lo fue para nosotros, qué no iba a serlo para él. ¿Cuántos interrogatorios, pruebas, celadas, delaciones hubo de cumplir Balaui para lograr la confianza de los profesionales de la CIA , hasta el punto de ser trasladado a Afganistán para servir sobre el terreno al ejército norteamericano? E incluso entrar en el centro de operaciones de Jost, que en buena lógica debe de ser una auténtica fortaleza instalada en territorio enemigo. ¡Qué estupidez decir que cometieron el error de no hacerle pasar por los detectores! Los espías de confianza en una guerra no pasan controles; ya vienen controlados. Ahí está el meollo. ¿Cómo se ganó la confianza y por qué era menester reunir a Balaui con la plana mayor de la base de Jost?

La explicación más obvia es la ansiedad. Cuando una guerra se está perdiendo lo primero que se va al traste son las precauciones. La ausencia de canales  de información que ha llevado al responsable de la inteligencia norteamericana en Afganistán, general Michael Flynn, a calificar las informaciones que le suministran de “predicciones esotéricas más que trabajos serios”. Es el lógico castigo que padece toda fuerza de ocupación sin el más mínimo apoyo de la población, lo que llevó al mismo general Flynn a exigir que se dediquen a saber algo más de los jefes tribales y que se enteren de lo que dicen las radios locales, para tratar de evitar que “el hecho de matar insurgentes no sirva más que para multiplicar el número de enemigos”.

Por si fuera poco el escarnio de eliminar de un golpe a siete profesionales de los servicios de información, el médico jordano se había tomado el tiempo y el riesgo de grabar antes un vídeo para que fuera emitido tras la operación. ¿Qué cantidad de odio se ha ido acumulando en el islam para que un médico, padre de dos hijas, haya seguido todo un proceso de preparación y concienciación que le lleve a inmolarse arrastrando a la cúpula del espionaje norteamericano en Jost? Mientras no seamos capaces de acercarnos a eso estaremos al pairo. Intimidados en los aeropuertos, acojonados en los aviones, inseguros en nuestras ciudades y asustados ante los vecinos. Yo no sé si los siete profesionales de la CIA muertos en Jost sabían muy bien qué demonios defendían, además de su vida y su oficio. Pero el jordano Al Balaui era un soldado voluntario, y eso no hay dinero que lo alimente ni ejército que lo frene. No puede ser que vivamos sujetos al dilema de morir en atentado o morirnos de miedo.

Gregorio Morán