Decálogo de un extraño humanismo

Mientras que los fenómenos de la naturaleza tienen una fiel constancia y cada aurora nos trae la luz del sol y cada ocaso la sombra de la noche, las realidades espirituales se mantienen en permanente mutación. Ser hombre es ir ejercitando la libertad, tomar la vida en propia mano, asumir novedades y descartar caducidades. Él es una mezcla de hodiernidad, transitoria y efímera, a la vez que una persistencia indestructible, con raíz de eternidad y con la eternidad como meta.

Asistimos hoy al cambio de quicios y goznes, con nuevos giros en la casa del hombre, que repercuten en su relación consigo mismo, con la naturaleza, la historia y Dios. Enumero solo algunos rasgos de esa metamorfosis antropológico religiosa, que se está dando entre nosotros y afecta a las bases mismas de lo humano, de la religión y del cristianismo. Se trata del tránsito de una forma de comprensión e instalación vital a otras tanto en la realidad como en la fe. ¿Son una promesa o una amenaza?

De la religión a la espiritualidad. Aquella tenía un contenido concreto: era la orientación del ser humano a Dios, principio santo de sentido, al que uno se dirige en consentimiento y adoración y del que espera salvación como afirmación de nuestro ser, salvaguarda de nuestra historia, acogimiento de nuestra debilidad y perdón de nuestros pecados. Frente a la religión así concebida hoy se prefiere hablar de espiritualidad como dimensión de lo real, como lo sagrado de la naturaleza, como lo numinoso del mundo. El giro del que se espera sentido no es ya el yo-tú personal sino el ello neutro, anónimo y distante.

De la fe normativa a la experiencia religiosa. El siglo XX fue inaugurado con una serie de obras claves, entre ellas la del gran psicólogo W.James, «Las variedades de las experiencia religiosa» (1901/2). Frente al positivismo francés de los laboratorios y las construcciones totalizadoras del idealismo alemán, este autor reconocía el peso de realidad y el valor antropológico de las vidas, acontecimientos e instituciones religiosas. La santidad, la mística, en su dimensión personal y personalizadora aparecieron positivamente en primer plano. A partir de ese primer decenio la palabra experiencia se populariza y generaliza, contraponiéndola al dogmatismo, moralismo, legalismo, achacados a las religiones establecidas. Se habla entonces de religiones de experiencia frente a religiones de obediencia, de «La religión del espíritu frente a las religiones de autoridad» (A.Sabatier 1903).

De la ritualidad sacramental a la búsqueda mística. Se contraponen las realidades objetivas (regidas por una norma, remitiendo a una historia positiva, exterior y verificable) a las realidades interiores, que constituyen la intimidad indeducible e irreductible de cada individuo en busca de su Dios propio. Se prefiere la indagación y riesgo de quien busca por sí solo la verdad, la felicidad o la gracia, a la seguridad que pueden ofrecer los ritos y signos heredados.

De la Iglesia institución a las comunidades de tanteo. Se manifiesta aquí un aspecto central de la modernidad: la necesidad de adquirir certeza por sí mismo, de encontrar o crear la propia verdad, de someter a crítica toda tradición y herencia. La gran comunidad-iglesia ya no es vista como el marco vital donde se heredan ideas, signos y textos trasmisores de la revelación divina sino como el cerco y la constricción autoritaria que cierran el paso a la espontaneidad y verdad de cada hombre como absoluto.

De la relación de Dios con una historia concreta a la abertura a un Dios futuro. Los movimientos utópicos y revolucionarios del siglo XX han trasferido la mirada y pasión del hombre del pasado al futuro, de lo viejo trasmitido y acreditado a lo nuevo que está por aparecer. En ese sentido ha tenido primacía la esperanza sobre la memoria. Los nombres símbolo son E. Bloch con su obra máxima «Principio esperanza» (1954); tras él J.Moltmann, «Teología de la esperanza» (1964) y Heidegger hablando de «el último Dios».

De la ejemplaridad de las figuras normativas a su relegación por la absolutización del yo. A vez que con el olvido o desprecio de esa ejemplaridad fundante, nos encontramos con el rechazo del testimonio como camino por el que nos puede llegar la verdad: la verdad del hombre y de Dios. Cada uno decide ser norma y modelo para sí mismo reclamando que Dios le hable a él directamente. Ya Rousseau escribía: «Siempre testimonios humanos. Siempre hombres que se refieren a lo que otros hombres han referido… ¿Es tan simple y acaso tan natural que Dios haya ido a buscar a Moisés para hablar a J.J.Rousseau?».

Del Dios personal a lo divino. La historia del hombre en Occidente tiene entre sus orígenes fundadores la experiencia bíblica en la que Dios llama con nombre propio, encarga una misión, espera una responsabilidad y entra en diálogo con el hombre. Ese hecho es el lugar natal de la categoría de persona (Dios, hombre), que luego la filosofía perfilará. Ahora desaparecen la faz, el nombre, la historia del Dios concreto y en esa bruma de lo anónimo se sumerge también el hombre, porque, ahora ¿quien le llama, envía, y espera?.

De la razón analítica al deseocreador. La ilustración y el racionalismo que han dominado la modernidad exacerbaron unas ejercitaciones de lo humano con olvido o represión de otras tales como el deseo y la experiencia, la memoria, la esperanza. Estas han vuelto y se están vengando. El «deseo» es constitutivo del hombre, que no sacia sus necesidades con cosas concretas sino que está siempre abierto al Absoluto. Pero ese deseo tiene que ser diferenciado del instinto inmediato, del poder de los sentidos y de la imaginación fascinadora. El deseo es sagrado junto a los otros dinamismos del hombre: aislado de ellos es mortífero.

Del evangelio a la mística. El cristianismo nace como un mensaje de Dios que incluye una moral, pero nunca una técnica para experienciarle. Dios nos precede, llama, conduce y exige. Y en esa historia con nosotros surge la conciencia de su revelación, acción, presencia y donación. Al hombre se le exigen la atención, audición y obediencia. Al vivir en su presencia amorosamente surge la experiencia. Hoy estamos asistiendo a una trivialización y recuperación cuasipagana de la mística que poco tiene que ver con sus grandes exponentes en el cristianismo. ¿Es obligado decirlo ante el centenario de Santa Teresa para no mezclarla con extraños aquelarres, hipótesis y transvaloraciones que serían su negación?

De la mística en Biblia e Iglesia a los misticismos sin Bibliani Iglesia. Las grandes figuras espirituales desde San Agustín, Eckhart, Tauler, Suso, San Ignacio, Santa Teresa y San Juan de la Cruz son fruto de la matriz eclesial, de ella han nacido y en ella han vivido. Sus tensiones con la institución y la norma bíblica son las de todo hombre en camino hacia la ve r dad, la f i del i dad y la sa nt i dad. Este movimiento filosófico y religioso, está somoviendo las conciencias. Puede ser bella oportunidad para un redescubrimiento de las verdaderas bases antropológicas y de las verdaderas fuentes, tanto de la religión como del cristianismo. Pero habría que despertar a tiempo, reaccionando antes de que sus olas perviertan nuestras conciencias y nos desarraiguen de la verdadera humanidad y del verdadero cristianismo.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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