Decálogo para una negociación política

Convocadas ya las elecciones del próximo 10 de noviembre, parece, a juzgar por las primeras declaraciones de nuestros líderes políticos, que un elemento fundamental de la precampaña y quizás de la próxima campaña va a consistir en el famoso «relato», esto es, en la atribución de responsabilidades de unos a otros por la repetición electoral. Supongo que la mercadotecnia que nos rige así lo exige, pero me temo que entre la ciudadanía se ha impuesto ya la convicción de que los responsables de la repetición electoral son todos los grandes partidos porque todos han obviado entablar seriamente negociaciones para la formación de un gobierno. Unos lo han hecho en rotundo desde el principio y otros han escenificado una negociación abocada al fracaso.

Lo más sorprendente de la situación es que pareciera que las nuevas elecciones van a ser el bálsamo de Fierabrás y que si no se ha negociado seriamente ahora es porque no va a ser necesario hacerlo en el futuro. Se diría, en efecto, a juzgar por las actitudes de unos y de otros que el escenario que ha hecho imposible la negociación ahora va a cambiar por completo en noviembre. Pero la fragmentación del voto y de la representación de los partidos no parece ni mucho menos que vaya a ser flor de un día. Aunque, a la luz de las primeras encuestas todo apunta a un reforzamiento del bipartidismo, también parece que el mejor resultado de los grandes partidos no va a traducirse en mayorías rotundas que hagan prescindibles los pactos postelectorales para la investidura del futuro presidente del gobierno, sino todo lo contrario. Es muy probable que lo que no se ha querido o no se ha sabido hacer ahora haya que quererlo y saberlo hacer en noviembre, después -dicho sea de paso- de una campaña que se adivina dura, en la que no faltarán las habituales descalificaciones recíprocas.

Pues bien, si esto es así, si la negociación, la transacción y el acuerdo van a ser igualmente necesarios tras las elecciones, quizás convenga durante los períodos pre y postelectorales evitar los errores cometidos durante estos meses. Porque, prescindiendo de todo juicio de intenciones, desde la sola perspectiva de las técnicas de negociación el proceso vivido desde las pasadas elecciones constituye todo un ejemplo de cómo no hay que negociar si lo que se pretende es alcanzar un acuerdo. Los modos y maneras de estos meses no resisten, en efecto, un somero análisis a la luz de cualquier manual de técnicas de negociación, por parco y pobre que éste sea.

Por todo ello, con el propósito de contribuir a esa posible negociación futura, y con el permiso de cientos de sindicalistas y representantes empresariales que acostumbrados a negociar cada día convenios colectivos podrían enmendarme la plana, me atrevo a pergeñar un elemental «decálogo» que brindo a quienes vayan a protagonizarla:

La primera regla que debe regir todo proceso negociador es la del respeto entre quienes lo protagonizan. Un respeto que no solo debe aparentarse sino que debe sentirse. Desde luego, un buen negociador no se permite sentir antipatía -mucho menos manifestarla- hacia su contraparte, porque es bien consciente de cuánto la necesita, pero, incluso respecto de aquellos que se han autoexcluido o a quienes se excluye de la negociación, sobran las descalificaciones, los desprecios y ninguneos.

2º) La cuidada selección del interlocutor o interlocutores con quien se va a negociar es aspecto crucial en toda negociación política. Y aquí, salvo que existan discrepancias ideológicas de fondo insalvables, debe imponerse el pragmatismo: pacto preferentemente con quien puede ofrecerme lo que necesito y quiero, en nuestro caso los apoyos para ser investido presidente. Otras opciones, las que no puedan completar la mayoría necesaria para la investidura, debieran considerarse secundarias y operar como tales.

3º) Para empezar a negociar cabalmente es necesario partir de una plataforma negociadora realista y, para ello, es preciso analizar cuidadosamente la posición propia y la contraria: qué necesito y qué puedo ofrecer, qué puedo razonablemente pedir y qué no puedo pretender. Por bueno que sea el resultado electoral de un partido, si necesita a otro u otros para completar la mayoría, necesita del acuerdo. Por decisivo que sea el apoyo de una minoría, esta no debiera nunca olvidar su condición de tal.

4º) Un proceso de negociación serio requiere de tiempo. La improvisación y las prisas son malas consejeras, por ello hay que darse el tiempo necesario para que el acuerdo vaya madurando y tomando cuerpo. El último minuto no es el momento de iniciar una negociación; en el último minuto los acuerdos se cierran, normalmente tras fatigosas negociaciones previas.

5º) La negociación debiera primero centrarse en lo sustantivo -el programa de gobierno- para abordar luego lo instrumental -las personas encargadas de aplicarlo-. Centrar la negociación en las personas no solo resulta obsceno, es además torpe porque personalizar los problemas siempre obstaculiza su abordaje y resolución.

6º) Emprendida la negociación, es menester implicarse a fondo para sacarla adelante. Se negocia para llegar a un pacto y esa voluntad de negociación y de compromiso debe presidir el proceso negociador, que exige, además, un permanente ejercicio de imaginación porque los acuerdos deben ser trabajosamente construidos. El mejor acuerdo es aquel en el que todos ganan y, de paso, mejora la relación entre los firmantes.

7º) La confianza recíproca es un elemento indispensable en toda negociación cabal, que si no concurre «ab initio» debiera finalmente alcanzarse. Por ello, las manifestaciones públicas de desconfianza mutua y las trampas de tahúr resultan letales.

8º) Toda negociación política debe ser una negociación discreta, que evite la contaminación externa y el ruido mediático. Las filtraciones continuas y sus ecos son incompatibles con la atención y el sosiego que el proceso requiere.

9º) El acuerdo que culmine el proceso negociador debe ser redactado cuidadosamente y con suficiente detalle, porque presumiblemente va a regir la relación de las partes durante varios años. La previsión de mecanismos de verificación del cumplimiento de lo acordado constituye una garantía recíproca para los firmantes y una manifestación de seriedad de los compromisos adquiridos.

10º) El acuerdo debe solemnizarse y ser adecuadamente comunicado a la opinión pública. Los ciudadanos tienen derecho a conocer el contenido del pacto, los compromisos adquiridos por los firmantes y las consecuencias que para ellos van a derivar del uno y los otros.

Al releerme pienso que no he escrito sino lo que son meras pautas de sentido común, pero hay momentos en los que ejercer el sentido común se llama coraje.

Francisco Pérez de los Cobos es Catedrático de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.