Decepciones étnicas

Por Jesús Prieto Mendaza, antropólogo y profesor colaborador de la Universidad de Deusto y Bakeaz (EL CORREO DIGITAL, 24/02/07):

Sucedió en el incomparable marco de El Escorial, durante un curso sobre violencias organizado por la Universidad Complutense al que yo había sido invitado. La señora se acercó y titubeando me interrogó sobre si yo era realmente vasco. Si era nacido en el País Vasco, de padres vascos…vasco vasco de verdad.

Le respondí que sí, que efectivamente era vasco, y también requerí de ella amablemente explicaciones por tan sorprendente pregunta. La respuesta no se hizo esperar. Ella imaginaba a los vascos altos, fuertes y con un cerrado acento que denotaba su euskera mamado desde la cuna. Ciertamente no fue tarea fácil convencerla de que la gran mayoría de mis conciudadanos no son fornidos levantadores de piedras, o de que en gran parte de mi Álava natal las primeras palabras con las que nos dormían nuestras madres así como nuestros primeros balbuceos infantiles se hacían en la lengua de Cervantes, nuestra lengua también. Le conté que Euskadi no es, afortunadamente, monocolor y que como todas las sociedades actuales es plural y heterogénea.

Mas no se fue la buena mujer convencida de que el que esto escribe, ciertamente más parecido físicamente a Woody Allen que a Iñaki Perurena, fuera un vasco cien por cien vasco. Y es que los estereotipos sobre cualquier cultura tienen una gran fuerza en el imaginario social, tanto es así que cuando nos encontramos con un individuo que no responde a los patrones que sobre ese grupo humano hemos establecido como auténticos sufrimos lo que podríamos denominar una decepción étnica.

Esto es lo que le ocurrió a aquella alumna, sin duda defraudada por mi exigua vasquidad.

Los estereotipos, los moldes culturales cerrados, funcionan deformando nuestra percepción de la realidad. Pero esta distorsión puede ser extraordinariamente beneficiosa para cualquier grupo político que pretenda crear una conciencia identitaria no existente anteriormente o existente de forma compatible con otras identidades.

En este supuesto se ha de alimentar el estereotipo, lo que la ya Escuela de Viena denominaba los orígenes primigenios, pues cualquier mixtificación supone una degradación de los valores de esa edad fundante y toda contaminación cultural ha de ser excluida y considerada como una ganga funcional, algo inservible para el objetivo de construcción nacional previsto.

Es en estos parámetros míticos donde se mueven todos los nacionalismos, y el nuestro, el vasco, no es una excepción. Juan Aranzadi lo deja meridianamente claro cuando alude al milenarismo vasco como la edad de oro primigenia de esa concepción étnica, arcadia feliz sin contaminar por la influencia española.

Max Weber ya nos decía que la etnicidad es una construcción social producida por un discurso elaborado todos los días y cuyo eje central es definirme a mí mismo dentro de mi grupo por oposición a los que me rodean.

En infinidad de contactos con jóvenes he constatado muchas veces esa necesidad identitaria que se aferra con fuerza a los estereotipos sobre lo vasco. Fruto de ello retengo algunos razonamientos que formarían parte de la antología del disparate y que causarían la hilaridad general, si no fuera por los cientos de asesinados que esas mismas ideas han causado en nuestro país. He aquí una pequeña muestra de ello:

-Sabino Arana fue un patriota vasco fundador de ETA y fusilado por Franco.

-Los vascos ya luchábamos contra los moros blandiendo la ikurriña en los campos de batalla.

-En Vitoria siempre se ha hablado euskera hasta que Franco lo prohibió finalizada la Guerra Civil.

-España siempre ha sido desde tiempos inmemoriales de derechas y fascista, mientras que Euskadi siempre fue revolucionaria y de izquierdas, por eso se produjeron las Guerras Carlistas.

-Los presos políticos de ETA están en las cárceles de exterminio españolas por desear la independencia. Esto lo ha reconocido la ONU y organizaciones como Amnistía Internacional.

-Aquí no se puede pensar libremente, las actuales leyes, la bandera, la monarquía son las mismas que durante el franquismo. Contra todo eso luchan los patriotas vascos de ETA.

Estas y otras perlas -ciertamente he incluido aquí las más peregrinas – ponen de manifiesto el arraigo de las ideas preconcebidas sobre lo vasco que anidan en ciertos sectores, afortunadamente no en la mayoría, de nuestra juventud.

No sé dónde falla nuestro sistema educativo, pero es realmente preocupante que un número significativo de alumnos y alumnas de Euskadi crezcan creyendo que esa identidad robada por el Estado opresor español ha de ser recuperada incluso por medio de la violencia. Creo que durante muchos años hemos callado ante ello, fomentando así, de forma inconsciente unos y de manera militante otros, lo que Amin Maalouf denomina las identidades asesinas.

Identidades fanáticas que empujaron a unos jóvenes, vascos auténticos, el 22 de febrero de 2000, a violar (empleo deliberadamente el verbo violar y creo que todos ustedes suponen por qué lo hago) a Fernando Buesa Blanco y a Jorge Díez Elorza, para ellos vascos impuros. Hace ahora siete años una lluviosa tarde de invierno penetraron de forma indecente las carnes de ambos y derramaron su sangre. El gran antropólogo de lo simbólico Clifford Geertz nos prevenía contra lo que él denominaba los apegos primordiales. El descontento cívico puede ser superado por una sociedad mediante las normas establecidas: las leyes, la política, el diálogo civilizado… mas el descontento primordial tan sólo se supera por el enfrentamiento contra el otro.

Euskadi afronta en este nuevo siglo un reto, entre otros muchos, de vital importancia para su futuro. Integrar a los nuevos vascos de origen extranjero, a los denominados inmigrantes, en nuestra sociedad. Hablamos para ello de arbitrar políticas de inclusión que, evitando la marginación, tiendan a favorecer un futuro paisaje intercultural. Considero imposible afrontar el reconocimiento de esta interculturalidad exógena, si no somos capaces de soportar, ni siquiera reconocer, nuestra propia interculturalidad endógena.

Enseñemos a nuestra juventud nuestro ser mestizo. Huyamos de purezas y de planteamientos uniformizadores. Reconozcámonos diversos en nuestras diversas concepciones de la vasquidad. Fomentemos, en definitiva, la decepción étnica como un terapéutico ejercicio de autocrítica; elemento este fundamental para un sano patriotismo que se aleje del patrioterismo necrófilo que durante estos años ha crecido en base a su tributo de víctimas y de sangre. Taine lo dejó escrito. Nada tan peligroso como amplias ideas en cerebros estrechos.