Decidir al margen de ETA

P. Ibarra, J. G. Olascoaga, J. M. Castells, B. Bakaikoa, L. Bandrés y X. Ezeibarrena, profesores de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 09/06/06):

Por lo que parece, sólo se puede hablar de cómo Rodríguez Zapatero va a convencer a ETA de que su actividad ya no tiene sentido y que por tanto debe entregar armas y pertrechos de guerra. Por lo que parece, mientras esto no ocurra, no se puede hablar de ninguna otra cosa. Nada se puede mover y nada se pueda reconsiderar. Porque cualquier movimiento, cambio o decisión que vaya más allá de la gestión cotidiana de los asuntos públicos deben ser interpretadas como resultado de la presión de ETA. Hasta que ETA no desaparezca, no se va poder ni hablar por ejemplo de la capacidad y el derecho del sociedad vasca para decidir su futuro político; no se van a poder juntar los partidos para decidir que a lo mejor conviene hacer otro Estatuto o pacto; Navarra, por supuesto, no debe ser ni mentada en público, etcétera. Porque si así se hiciese, si de tales asuntos se hablase o negociase, sería una actuación provocada por la tutela de ETA o un precio por la paz. Los que así actuasen, estarían siguiendo los designios de ETA o estarían moviéndose bajo el temor de su vuelta a la violencia.

De acuerdo con la lógica de este discurso, todas estas propuestas deben ser silenciadas ‘sine die’, hasta que ETA sea ya sólo un episodio histórico incorporado a la memoria colectiva en el mismo nivel que las guerras carlistas, ya que han surgido a partir de la tregua. Todas estas fantasías políticas, tales como el derecho a decidir, o una mesa de todos lo partidos en busca de un nuevo autogobierno, o la derogación de la Ley de Partidos, o la ‘cuestión navarra’, están contaminados en origen porque provienen de ETA. Sólo cuando ETA sea un pasado absoluto, una memoria imposible de reactivar, podremos empezar a exigir esas recién desveladas reivindicaciones; las mismas se habrán purificado de su malsano origen y ya no podrán ser consideradas como amenazas. Un cálculo optimista nos sitúa este escenario de pureza reivindicativa dentro de unos 15 años.

No resulta demasiado difícil calificar el discurso que acabamos de describir. Aunque sus propagadores principales son gentes bastante listas, el discurso es, además de falso, objetivamente absurdo. Lo es porque obliga a contraargumentar con datos propios de una clase dirigida a niños. Decir que de noche no sale el sol tiene la misma categoría de obviedad discursiva que afirmar que reivindicaciones como el derecho a decidir, la mesa de partidos y demás asuntos citado, son demandas que están, han estado y siguen estando en la clase política y en la sociedad vasca, antes de la tregua, después de la tregua, al margen de la tregua; esto es, que están mucho mas allá de lo que ETA haga o diga.

¿De verdad creemos que las posiciones de los partidos y futuros acuerdos pueden ser modificados un milímetro por el riesgo de una eventual vuelta a la violencia de ETA? En modo alguno. La sociedad y los partidos ya no conceden a ETA-ni siquiera estando activa- capacidad de cambiar la política, ni sus reglas, ni sus contenidos. Ninguna de las decisiones políticas relevantes tomadas en Euskadi por todos y cada uno de los actores políticos e instituciones en lo últimos años ha tenido como causa la actividad de ETA.

Sin embargo, a estas alturas del juego todavía escuchamos voces que nos recuerdan que ETA, como no ha desaparecido, sigue siendo un actor político relevante y amenazante; que los partidos se sienten condicionados o amedrentados y por tanto plantearán o aceptarán cosas en las que no creen. ¿Cómo es posible seguir utilizando tan absurdos argumentos? Hoy cada partido demanda -y demandará y luchará para conseguirlo- aquello de lo que está políticamente convencido. Todos los partidos saben que sus posiciones de partida, sus estrategias negociadoras y los escenarios previsibles para acuerdos o desacuerdos, y una eventual consulta, no van a variar un ápice por razón de que ETA esté activa o disuelta, en tregua o en semitregua. Todos y cada uno de los partidos que se supone concurrirán a la mesa han ido perfilando a lo largo de estos últimos años propuestas políticas de autogobierno, han ido considerando y reconsiderando cuáles son los márgenes de negociación de sus propuestas y qué previsiones de acuerdo existen al respecto. Y todos y cada uno de los partidos que han hecho estos diseños estratégicos y estas previsiones lo han hecho de forma autónoma respecto a ETA.

Pero todavía pueden seguir planteándose resistencias a estas evidencias. Ahora las mismas provendrán del ‘frente social’. Nos dirán que quizás los partidos tengan autonomía en sus estrategias, pero que la sociedad vasca no está nada interesada en estas cuestiones. Que, en concreto, el eje central de la negociación política -la capacidad y el derecho a decidir de la sociedad vasca sobre su autogobierno- es asunto que no interesa nada a la ciudadanía. Por tanto, su debate y negociación en la mesa de partidos será muy artificial, muy débil, muy vulnerable a las latentes amenazas de ETA.

Nos reservamos la calificación que nos merece tal diagnóstico sobre los intereses de la sociedad vasca, porque haremos algo más útil: proponer cómo conocer cuáles son esos anhelos. Una propuesta sencilla y perfectamente legal. Llevar a cabo un referéndum no vinculante, por el cual se preguntase a la sociedad vasca si se considera -si se define a sí misma- como una comunidad con capacidad y derecho de decisión política, con capacidad para determinar su autogobierno; y si quiere que esa capacidad de decisión se vea incorporada al futuro nuevo Estatuto o pacto político que surja del próximo proceso político.

Resultaría muy positivo que esa sociedad vasca expresase formalmente cuál es su convicción respecto a este asunto. Definir de una vez por todas este enquistado problema. Por otro lado, se reforzaría el protagonismo de la sociedad y se evidenciaría su autonomía en el proceso de cambio político; su libertad y su ruptura frente al tutelaje de ETA, si es que algún día lo tuvo, a la hora de decidir y prefigurar su destino político. Luego, sólo cabría esperar que la voluntad de los ciudadanos vascos, en un sentido o en otro, fuese respetada.