Decidir en Chipre tirando los dados

La tarea nunca iba a ser fácil: imponer pérdidas de unos 5.800 millones de euros (7.500 millones de dólares) a los prestamistas del Gobierno de Chipre y a los depositantes en los bancos del país. Y ahora esa medida ha conducido a Europa a su más reciente callejón sin salida.

En unas negociaciones maratonianas, el Gobierno de Chipre, con la supervisión de la troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), acordó un “impuesto” de una sola vez a los depósitos bancarios, pero, pese a una enmienda encaminada a eximir las cuentas de menos de 20.000 euros, el Parlamento de Chipre ha rechazado por una mayoría abrumadora ese plan, con lo que ha dejado a Chipre –y a Europa– en el limbo.

En realidad, los grandes depositantes no son diferentes de los titulares de bonos prioritarios y el recorte propuesto era un pequeño –si bien digno de beneplácito– paso adelante, pero, como se quedó corto, siguió habiendo un agujero. Había otras opciones. Lee Buchheit, el veterano experto en deuda soberana que debería haber participado en las negociaciones, y Mitu Gulati, de la Universidad Duke, han propuesto una elegante “reestructuración” de los 15.000 millones de euros de deuda soberana de Chipre que reduciría instantáneamente la presión financiera que padece el país, pero esas consideraciones habían dejado de estar sobre la mesa mucho antes de que se iniciaran las deliberaciones.

En cambio, la decisión inicial fue la de confiscar un poco menos de 3.000 millones de euros de las cuentas de menos de 100.000 euros: el límite para el seguro de depósitos. Que quede claro: ése habría sido el mayor error normativo desde el comienzo de la crisis financiera hace cinco años. De hecho, la propuesta equivalía a una ruptura con el acuerdo casi universal de que se debía considerar sacrosantos a los pequeños depositantes. Al fin y al cabo, las imágenes en los informativos televisivos de depositantes presa del pánico y formando largas colas fuera de los bancos y los cajeros automáticos pueden causar un daño financiero inconmensurable a mucha distancia de las fronteras del país.

Los historiadores debatirán sobre si la quiebra forzosa de Lehman Brothers en septiembre de 2008 precipitó la posterior crisis financiera mundial. Vincent Reinhart, ex miembro de la Reserva Federal de los Estados Unidos y ahora de Morgan Stanley, ha sostenido que la decisión sobre Lehman fue correcta (el error fue anterior, con el rescate de Bear Stearns, que creó la esperanza de que se rescatarían todos lo bancos). Las consecuencias de los riesgos privados deben ser también privadas.

En cambio, la propuesta de imponer pérdidas a pequeños depositantes chipriotas carecía de justificación alguna. Como en Irlanda, se pedía a los más vulnerables que recibieran el batacazo, mientras que grandes depositantes salían bastante bien librados y otros prestamistas iban a librarse del todo, pero no acaba ahí el asunto.

Nunca ha habido una explicación oficial de por qué los prestamistas a un soberano no deben compartir las consecuencias dolorosas, pese al principio de “no rescate” en el que se basa la zona del euro. La mayoría de los observadores citan la preocupación de las autoridades de que, si algún soberano no salda sus deudas, todos los prestatarios soberanos serán penalizados, pero ese contagio es trivial en comparación con el reguero de pólvora que se podría encender al imponer pérdidas a los pequeños depositantes.

A mediados de 2007, Chipre pudo entrar a formar parte de la zona del euro al cumplir con los estrictos criterios de Maastricht, destinados a garantizar que los nuevos miembros se comportaran responsablemente y prosperasen en el seguro ambiente brindado por la unión monetaria. En los meses anteriores a esa decisión, el FMI instó a Chipre a adoptar todas las medidas necesarias para garantizar un resultado favorable.

Los beneficios de la adopción del euro por Chipre pueden no llegar a estar claros nunca. En 2009, el Informe de personal del FMI sobre las consultas del artículo IV ya había empezado a hacer sonar las alarmas. La deuda pública era aún baja, pero aumentaba rápidamente; el déficit por cuenta corriente se había disparado (y había alcanzado el 15 por ciento del PIB en 2008) y los bancos habían seguido el camino de Islandia, con activos que equivalian a más de tres veces el PIB de Chipre. Como se observaba en ese informe, los enormes y muy concentrados problemas del sector bancario podían “alcanzar rápidamente proporciones sistémicas con graves repercusiones económicas”. Y así ha sido.

Se trata de un resultado notable, en vista de que se han conocido y entendido los riesgos perfectamente. De hecho, las autoridades chipriotas han estado celebrando conversaciones con la troika, sin concluir, durante el último año y, sin embargo, pese a toda la preparación, una noche de negociaciones a puerta cerrada provocó un error asombrosamente elemental.

A agravar dicho error contribuyó la falta de decisión substantiva alguna sobre cómo sacar a Chipre de su espiral descendente. Según nos dicen, la deuda chipriota aumentará hasta el 140 por ciento del PIB, pero bajará hasta el 100 por ciento, aproximadamente, en menos de un decenio. Parece una repetición del caso griego, con el reiterado incumplimiento de las metas para reducir la carga de la deuda, hasta que medidas más drásticas resulten inevitables.

Lo más importante es que no parece inminente una reestructuración de los bancos chipriotas; al contrario, el propósito parece ser el de impedir que huyan los grandes depositantes y preservar un sistema sumamente arriesgado. El Banco Central de Chipre ha concedido grandes préstamos a los bancos chipriotas conforme al acuerdo de asistencia con inyección de liquidez, lo que significa que la garantía secundaria ofrecida no cumplía las normas del BCE. Más desastres se están preparando.

El problema de Chipre amenaza ahora la estabilidad financiera internacional. Si la idea de una Unión Bancaria europea es seria, ahora es el momento de hacerla avanzar. Significa reafirmar el compromiso con el seguro de los depósitos, el cierre de los bancos inviables y la recapitalización del resto con fondos europeos (no chipriotas).

La decisión de la troika sobre Chipre equivalía a formular políticas tirando los dados. Los próximos días revelarán la magnitud del daño inmediato que se ha causado, pero, con otro despliegue de adopción de decisiones reactiva y ad hoc, seguimos sin saber cómo se propone Europa resolver sus dilemas. ¿Podría catalizar el contratiempo chipriota un nuevo comienzo?

Ashoka Mody, a former mission chief for Germany and Ireland at the International Monetary Fund, is currently Visiting Professor of International Economic Policy at the Woodrow Wilson School of Public and International Affairs, Princeton University. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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