Decir «buenos días»

Después de leer su obra y de conocer cómo fue la vida de Maya Angelou con el maravilloso documental Maya Angelou. And still I rise, te das cuenta del error: no, la historia de los negros no es de los negros; es, en realidad, una historia de blancos. Del mismo modo que la historia del feminismo es en realidad una historia de machismo, o que la historia de la esclavitud es en realidad la historia de los hombres libres, o la historia del exterminio es en realidad la historia del nazismo. Porque para que los negros, los esclavos, los judíos y las mujeres –sin querer compararlos– hayan sufrido durante centenares de años la opresión, la injusticia, la indiferencia y el terror… para que ellos tuvieran su condición de víctimas, se han necesitado verdugos. Cuando Maya Angelou hablaba de la historia de los suyos, los blancos contemporáneos deberían haber comprendido que la historia de la que hablaba era en realidad la suya, les pertenecía: si los negros tienen una historia detrás que va más allá de su cultura es porque siempre hubo un blanco dispuesto a marginarlos, limitarlos, atormentarlos o asesinarlos. No hay duda.

Pero Maya Angelou no se limitó a atormentarse con la historia de los blancos que convirtieron a los negros en personas de segunda clase. No. Dio un paso al frente y optó por perdonar a los blancos, a los negros, incluso a ella misma, para poder seguir avanzando. Maya Angelou no se quedó anclada en el rencor, sino que fue capaz de reinventar su lucha y no solo abogar por la libertad y la igualdad racial; su existencia fue un canto constante, inquebrantable y feroz a la vida. Con su voz, su cuerpo, su contundencia, su personalidad, fue capaz de decirle al mundo que así, tal como somos, negros, blancos, débiles, fuertes, altos, bajos, sensibles, inteligentes, buenos o malos… así, tal como somos, es suficiente. En un mundo como el actual, en el que parece que nunca alcanzaremos la mejor versión de nosotros mismos, en una sociedad competitiva y sin escrúpulos, capaz de no mirar a su alrededor para alcanzar sus méritos individuales, el mensaje de Maya Angelou debe quedar muy claro: sí, así, como eres en este momento, eres suficiente.

El abandono de sus padres, la violación de su padrastro, el Ku-Klux-Klan en Stamps, Arkansas, la tristeza y el desamor, el nacimiento de su único hijo, fruto de su primera relación sexual… Maya Angelou fue una superviviente de sí misma, y consiguió hablar de su vida para que los demás pudieran reflejarse en ella. Eran muchos los que necesitaban una guía con fuerza, que no flaqueara. Maya Angelou no solo era una mujer, era una mujer negra en un mundo hecho para hombres blancos, y aun así consiguió hacer valer su voz, su empeño, con sentido del humor, pero también y sobre todo con sentido de la responsabilidad.

El año pasado leí Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, y antes de ver el delicioso documental sobre su vida he leído Charlotte, de David Foenkinos. Tras leer los dos libros y tras disfrutar de la biografía de Maya Angelou compuesta de pequeñas anécdotas de sus amigos, su hijo y ella misma en distintas intervenciones, me queda el mismo poso: qué estaremos haciendo hoy que dentro de unos años avergonzará a nuestros nietos. La desnutrición en África, el abandono de los refugiados, el terrorismo y lo que se deriva de él. Qué haría una Maya Angelou hoy, si fuera joven y estuviera llena de vitalidad como en su juventud, cómo combatiría el mundo que nos ha tocado vivir. Con qué armas lucharía contra esta sociedad hipócrita y quejica.

Ella se levantó una y otra vez de todo lo que le tocó vivir, y reservó parte de su energía para decirles a los jóvenes negros que ellos, los negros del futuro que se habían convertido en el presente, eran lo mejor que tenían. Su libertad era el resultado de todas sus luchas, de todas sus derrotas. Dudo mucho que de lo que hoy hacemos con las vidas de los demás podamos conseguir lo mejor que tengamos. Charlotte Salomon y Maya Angelou fueron dos mujeres que sobrevivieron, en parte, gracias a su obra: fue el motor de la lucha personal y social que llevaron a cabo. Y nos dejaron a nosotros, los de ahora, un mundo muchísimo mejor del que les dejaron a ellas. No sé si nosotros podremos permitirnos el mismo lujo que ellas. Charlotte no tuvo oportunidad de levantarse del mismísimo polvo, Maya Angelou pudo, pese a todo, levantarse con la conciencia bien tranquila y decir «buenos días»… pero nosotros, que hemos normalizado nuestra apatía, ni siquiera hemos aceptado aún la caída.

Jenn Díaz, escritora.

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