Defensa de la autodefensa de Japón

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Japón se rigió por una “constitución de paz”, de cuño estadounidense, cuyo artículo 9 prohíbe la guerra y limita la acción de las fuerzas japonesas a la autodefensa. Ahora, el primer ministro Shinzo Abe promueve la sanción de una ley que permita reinterpretar la constitución para que ese concepto incluya la “autodefensa colectiva”; así el país podría ampliar su cooperación en materia de seguridad con otros países, particularmente con su aliado más cercano, Estados Unidos.

Los críticos consideran que la reinterpretación supondría la ruptura con una tradición de siete décadas de pacifismo. Pero en realidad, los objetivos principales de Abe (mejorar la capacidad de Japón de responder a amenazas de menor nivel que un ataque armado; hacer posible una participación más eficaz en actividades internacionales de mantenimiento de la paz; y redefinir el tipo de medidas de autodefensa permitidas según el artículo 9) son relativamente modestos.

El temor a que Japón pueda verse implicado en guerras lejanas libradas por Estados Unidos también es exagerado. De hecho, la reinterpretación está cuidadosamente pensada para prohibir aventuras de esa índole, pero permitiendo una colaboración más estrecha con Estados Unidos en relación con amenazas directas a la seguridad japonesa.

Es fácil ver por qué Abe busca ampliar el derecho a la autodefensa. Japón se encuentra en una región peligrosa, ámbito de tensiones profundamente arraigadas que amenazan con estallar en cualquier momento.

A diferencia de lo que ocurrió en Europa después de 1945, los rivales del este de Asia nunca llegaron a reconciliarse de todo, ni establecieron instituciones regionales sólidas; por eso la estabilidad regional tuvo que depender necesariamente del Tratado de Seguridad entre Estados Unidos y Japón. En 2011, al anunciar el “rebalanceo” en dirección a Asia, el gobierno del presidente estadounidense Barack Obama reafirmó la Declaración Clinton-Hashimoto de 1996, que señala que la alianza de defensa entre Estados Unidos y Japón es el fundamento de la estabilidad de Asia, prerrequisito para la continuidad del progreso económico del continente.

El objetivo más amplio de la declaración era establecer una relación triangular estable (aunque despareja) entre Estados Unidos, Japón y China. Los sucesivos gobiernos estadounidenses mantuvieron el mismo enfoque, y las encuestas de opinión muestran que aún goza de amplia aceptación en Japón (en buena medida, debido a la estrecha cooperación bilateral en los esfuerzos por reparar los estragos del terremoto y tsunami de Tōhoku en 2011).

Pero Japón aún es extremadamente vulnerable. La amenaza regional más inmediata es Corea del Norte, cuya impredecible dictadura invirtió sus magros recursos económicos en la obtención de tecnología nuclear y misilística.

A más largo plazo, otra inquietud es el ascenso de China, una potencia económica y demográfica cuya creciente capacidad militar le permitió asumir una postura cada vez más asertiva en diversas disputas territoriales, entre ellas la que mantiene con Japón en el mar de China Oriental. Las ambiciones territoriales de China también provocan tensiones en el mar de China Meridional, por el que pasan corredores marítimos vitales para el comercio japonés.

A complicar la cuestión contribuye el hecho de que la evolución política de China no ha corrido pareja con su progreso económico. Si el Partido Comunista chino se sintiera amenazado por la frustración popular resultante de la falta de participación política y la represión social permanente, podría derivar hacia un nacionalismo competitivo, y eso alteraría un statu quo que ya de por sí es delicado.

Claro que si China se volviera agresiva, otros países de Asia como la India y Australia (que ya ven con preocupación la asertividad china en el mar Meridional) se unirían a Japón en el esfuerzo por contrarrestar el poder de Beijing. Pero tal como están las cosas, una estrategia de contención sería un error. Al fin y al cabo, tratar a China como a un enemigo sería el mejor modo de generar enemistad.

Un método más eficaz, por el que abogan Estados Unidos y Japón, sería concentrarse en la integración, con algún tipo de cobertura contra la incertidumbre. Para ello, los líderes estadounidenses y japoneses deben configurar un entorno regional que incentive a China a actuar responsablemente; y eso incluye mantener fuertes capacidades de defensa.

Entretanto, Estados Unidos y Japón deben reconsiderar la estructura de su alianza. Si bien la revisión prevista del marco de defensa japonés es un hecho positivo, muchos japoneses todavía lamentan la falta de simetría en las obligaciones de la alianza. Otros se quejan del costo de las bases estadounidenses, particularmente en la isla de Okinawa.

De modo que a más largo plazo, Estados Unidos debe fijarse el objetivo de transferir gradualmente el control de las bases al gobierno japonés y dejar en ellas una fuerza militar rotativa. De hecho, algunas bases donde se alojan unidades estadounidenses ya están bajo bandera japonesa (se destaca entre ellas la base aérea de Misawa, al norte de Tokio).

Pero el proceso debe manejarse con cuidado. A medida que China invierte en misiles balísticos de avanzada, las bases fijas de Okinawa son cada vez más vulnerables. Para que no parezca que Estados Unidos decidió entregar las bases a Japón justo cuando su valor militar disminuye, y para asegurar que el cambio represente la reafirmación del compromiso de Estados Unidos con la alianza, conviene establecer una comisión conjunta que se haga cargo de organizar la transferencia.

Para Japón, convertir la alianza con Estados Unidos en una sociedad igualitaria es esencial para garantizar su posición regional y global. En este sentido, el modesto paso que dio Abe en dirección a la autodefensa colectiva va en la dirección correcta.

Joseph S. Nye Jr., a former US assistant secretary of defense and chairman of the US National Intelligence Council, is University Professor at Harvard University. He is the author, most recently, of Presidential Leadership and the Creation of the American Era.Traducción: Esteban Flamini.

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