Defensa de lo inmaterial

Por Javier Pérez de Cuéllar, secretario general de la ONU, ex primer ministro de Perú y actual embajador de su país en Francia y ante la Unesco (EL PAÍS, 12/03/03):

Nadie de buen juicio en el mundo de hoy alberga dudas acerca de la importancia que tienen y de la salvaguardia que merecen aquellos monumentos históricos o artísticos catalogados como Patrimonio de la Humanidad. Nadie ignora tampoco el rango de España o del Perú en el mapa universal de estos vestigios tangibles y cimeros del talento creativo o del tesón.

Muchos, en cambio, subestiman, por impalpables o en apariencia efímeros, otros rastros, otras huellas magníficas de la creatividad y el talento del hombre. Nos referimos a aquellas obras colectivas, manifestaciones artísticas, formas de cultura tradicional y popular, que de ordinario no requieren cobijarse en la solidez de la roca o la perdurable plasticidad del mármol como soportes materiales, sino que se legan y perennizan a través del hilo inmaterial de tradiciones orales, hábitos comunitarios, herencias artísticas o técnicas ancestrales, que como las aguas de un río subterráneo discurren de padres a hijos, de abuelos a nietos, de una generación a otra, en cualquier confín del planeta.

En efecto, desde un punto de vista histórico, los fundamentos culturales de la mayoría de los pueblos han sido construidos gracias a tradiciones orales milenarias. La Ilíada y La Odisea constituían un repertorio de relatos que eran recitados por los aedas, cantores épicos de la Grecia antigua, y que devinieron inmortales a través de la escritura gracias a las narraciones de Homero. El Mahabarata y el Ramayana, cuentos épicos escritos en la India a finales del primer milenio antes de Cristo, se basan en los antiguos Vedas, textos considerados tan preciosos que sólo podían transmitirse oralmente entre generaciones de brahmanes.

Los pueblos originarios de lo que hoy es América son también depositarios de tradiciones orales de una asombrosa diversidad. Y entre ellas, las que corresponden a las cosmogonías maya, azteca e inca son, además, sorprendentemente compatibles con la moderna aspiración a lo que se ha dado en llamar desarrollo durable. Tales tradiciones, enriquecidas con el aporte de España y otras regiones del mundo, han dado lugar a visiones culturales sincréticas de extraordinaria riqueza. Los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega representan al respecto la primera expresión literaria mestiza del continente americano. Ella recoge la historia, los mitos y las leyendas del Imperio de los Incas, que el autor heredó oralmente de sus ancestros. Se trata de narraciones que pudieron ser “salvadas” para la posteridad. Pero, ¿qué decir de las tradiciones orales perdidas para siempre o que sobreviven apenas en tantos lugares del mundo?

Si toda forma de patrimonio cultural es frágil, su expresión inmaterial, aquella que habita el espíritu y el corazón del hombre, lo es de modo muy particular. La idea de patrimonio responde a un modelo único, dominado por determinados criterios estéticos e históricos, lo cual hace que nuestras definiciones resulten demasiado estrechas. Ellas privilegian la élite, lo monumental, lo escrito, lo ceremonial. Hay que revisar estas concepciones y elaborar mejores métodos de identificación y de interpretación de nuestro patrimonio. Sin comprender los valores y las aspiraciones que inspiraron al creador, al artista, el objeto fuera de contexto histórico no puede recuperar su verdadero sentido. En otras palabras: el propio patrimonio material no puede ser interpretado sino a través de lo inmaterial: la lengua, por ejemplo, que es reflejo de una concepción del mundo, de una cosmogonía, de una cultura. Por ello, nuestra diversidad lingüística es un triunfo, y su mengua empobrece ese fondo común de conocimientos y herramientas del pensamiento creativo y de la comunicación con que cuenta la humanidad.

Pero no se trata tan sólo de la lengua, sino de música, bailes, rituales, artesanía, medicina tradicional, farmacopea, artes culinarias, métodos y sistemas agrícolas, técnicas de construcción de viviendas y recintos públicos, etcétera. Es decir, de aquellas formas de creación colectiva o individual que emanan de una cultura compartida y se basan en la tradición. Se trata entonces, conviene reiterarlo, de un patrimonio cultural en extremo vulnerable que es preciso preservar con celo. Tanto más cuanto en el contexto de la mundialización nos debatimos entre la tentación de un modelo cultural único y la posibilidad de reforzar y desarrollar el tesoro inmenso de nuestra diversidad.

En este sentido, el patrimonio cultural inmaterial, no por intangible resulta inerte. Todo lo contrario: es tal vez lo más vivaz, dinámico y estimulante de nuestro legado. A despecho de su fragilidad, en efecto, muchos conocimientos ancestrales podrían aportar respuestas específicas para la solución de algunos complejos problemas contemporáneos, en especial en campos como la ecología o la medicina tradicional. Sobre todo en una época en la que parece tan necesario reforzar los vínculos de reciprocidad entre lo económico, lo ecológico, lo social y lo cultural.

Recordemos, a título de ejemplo, la existencia en el Perú de ciertas técnicas ancestrales en la construcción de viviendas que permiten enfrentar con particular solvencia los frecuentes movimientos sísmicos. Las viviendas así construidas son más resistentes a los terremotos y menos costosas. Estas técnicas han sido probadas con buen éxito en América Central, que sufre a menudo el mismo tipo de desastres naturales. Nada impide que en el futuro este bagaje ancestral pueda ser útil a poblaciones que en otras latitudes sufren los efectos de catástrofes sísmicas semejantes.

Por ello, nos complace que la Unesco haya logrado en los últimos años, y a través de un conjunto de iniciativas, que la perspectiva cultural cobre importancia en las agendas políticas nacionales e internacionales, sobre todo en cuanto al desarrollo. El Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, que entre 1993 y 1995 tuve el honor de presidir, la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de 2001 y el actual proceso de preparación de una próxima Convención Internacional sobre la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, se inscriben en la mejor tradición de este organismo de Naciones Unidas, aquella que lo vincula al salvamento y la salvaguardia de monumentos excepcionales del patrimonio físico de la humanidad.

En la Mesa Redonda de Ministros de Cultura convocada por la Unesco en septiembre de 2002 en Estambul, con el fin de proporcionar insumos para la futura Convención Internacional sobre Patrimonio Inmaterial, propuse dos ejes conceptuales para el andamiaje institucional y jurídico del futuro instrumento: establecer, de un lado, las atribuciones y deberes de cada Estado Parte en la determinación de las formas de patrimonio que deben ser protegidas en su territorio, y, de otro, la responsabilidad de la comunidad de naciones en la consagración del principio de solidaridad y cooperación internacionales para la salvaguardia del patrimonio inmaterial de los Estados.

En cuanto al Perú, al que represento en el seno de la Unesco, está dispuesto a ejercer atribuciones y asumir deberes. No sólo en la determinación de su patrimonio inmaterial, sino en la cooperación con otros Estados de América u otras regiones para llevar adelante la formidable tarea común de preservar las más delicadas y tal vez mejores huellas de nuestro pasado, y contribuir con ello a la construcción de un futuro más armonioso, solidario y grato para la humanidad en su conjunto.

Es de esperar que la comunidad internacional y, en un plano protagónico, la Unesco cumplan con la responsabilidad que les incumbe tanto en el proceso de puesta en vigor de la futura Convención Internacional sobre Patrimonio Inmaterial cuanto en el apoyo efectivo y permanente a los Estados miembros. Sobre todo a aquellos cuya riqueza patrimonial y fidedigno esfuerzo logístico y financiero exigen contrapartidas que reconozcan esa riqueza y estimulen tal esfuerzo. La especial sensibilidad del director general de la Unesco en lo que concierne al Patrimonio Inmaterial, así como el creciente interés que vienen manifestando países como Francia, Grecia, Brasil, la India, Japón y muchos otros en cuanto a su salvaguardia, constituyen sin duda elementos que invitan al optimismo. Al fin y al cabo, una organización que luce en medio siglo de historia hazañas como el salvamento de Abú Simbel, la salvaguardia de Angkor o la preservación, frente al maleficio demente de la guerra, de la ciudad-monasterio de Angkor-Wat, puede y debe, con el lúcido apoyo de la comunidad internacional, erguirse por encima de banales contingencias contables para intentar hazañas semejantes en pro de otras huellas por igual gigantescas, aunque incorpóreas, del genio y la diversidad creativa del ser humano.

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