Degenerando

El desplome del Muro berlinés (noviembre de 1989) permitió ver lo que había detrás, miseria, opresión, desesperanza, arrastrando consigo a la Unión Soviética y a los partidos comunistas occidentales, que hasta tuvieron que cambiar de nombre para distanciarse de tan pésima gestión de gobierno. En España eligieron el de Izquierda Unida y a estas alturas se ha diluido en esa amalgama que es Podemos, mientras en Francia e Italia lograron mediatizar a todos los gobiernos de centro y derecha. No así en los países del Este, donde el comunismo, tras la experiencia de más de medio siglo bajo su férula, pasó a ser poco menos que anatema, hasta el punto de que una derecha autoritaria tenía y aún tiene más atractivo para ellos. China continuó el camino marcado por Deng Xiaoping –el del «gato blanco o gato rojo, lo que importa es que cace ratones»– y estableció un «capitalismo de estado», es decir, abrir su economía y mantener cerrada su política. Que no le ha ido mal lo demuestra que hoy es la segunda potencia mundial, con posibilidades de convertirse en la primera si se lo propone, pues nadie conoce mejor los problemas de aquel inmenso país que sus dirigentes, que se andan con pies de plomo en cuantos pasos dan. Tan cautos son que ni siquiera se atreven a frenar a su infantil, petulante y peligroso pupilo en Corea del Norte.

La crisis económica de 2008 acabó con el sueño del «crecimiento continuo» en occidente y devolvió a su clase media a trabajadora, cuando no al paro. Unido a una serie de decisiones erróneas en el Oriente Medio, con intervenciones que destruyeron el frágil equilibrio que allí existía, convirtió la crisis en política, con consecuencias tan desastrosas como la aparición del Estado Islámico, el terrorismo y la oleada de refugiados que amenaza con inundar Europa.

Fue la ocasión que aprovechó para resurgir la extrema izquierda, que emerge siempre de las ruinas, como Lenin aprovechó la derrota de la Rusia zarista para instaurar el régimen soviético. Hoy se libra bien de declararse comunista al ser punzante el recuerdo dejado por éste. Prefiere buscarse otros antecesores más lejanos y menos conocidos, con otros héroes y mitos a los que recurrir. Hispanoamérica se los proporciona. El castrismo, aún en pie pese al acoso del «gigante del Norte», con el Ché como leyenda y Fidel como estandarte. Y, más recientemente, Chávez, con su «revolución bolivariana», engrasada por el río de petróleo que sale de las entrañas de su tierra le permitió financiar los planes más extravagantes en su país y en el extranjero: no se olvide que el dinero que dio a Podemos era para el fomento de esa revolución en España, como atestiguan las cláusulas de su desembolso. La teoría la proporcionaron principalmente los argentinos, en especial Ernesto Laclau, y es significativa la influencia de los discípulos de éste en los gobiernos que la formación de Iglesias ha logrado en Madrid y Barcelona. La pobreza creada por la crisis y la indignación generalizada ante los casos de corrupción de los grandes partidos eran el caldo de cultivo ideal para este nuevo asalto de la izquierda pura y dura al «cielo» como Iglesias llama al poder. El notable éxito de Podemos en su primera comparecencia electoral, disputando al PSOE el liderato de la izquierda, era la mejor prueba de que iban camino de alcanzar sus objetivos. En Hispanoamérica no hacía falta ni la crisis ni la corrupción, allí endémicas, y varios países ya tienen gobiernos de inspiración chavista.

Pero ha sido precisamente ese éxito lo que ha terminado por volverse contra el neobolchevismo populista. Algunos países que lo saludaron con entusiasmo han visto que no cumplía sus promesas. Más grave aún: que la corrupción continuaba bajo los nuevos líderes. Brasil, Argentina y Perú han cambiado de gobierno y de dirección y si Venezuela no lo ha hecho es porque Maduro se ha quitado la careta y echado mano de los métodos más autoritarios –violación de las normas constitucionales, encarcelamiento de la oposición, uso de la fuerza contra las protestas– para convertir la «revolución bolivariana» en castrista. En qué acabará aquello no lo sabemos, pero sería un milagro que acabase bien.

La importancia de estos acontecimientos tiene dimensiones históricas. Por primera vez, los alzamientos populares no son contra regímenes de derechas, sino de izquierda. Bueno, no por primera vez: la caída del Muro berlinés se debió a la podredumbre que había detrás. Pero aunque no ha pasado tanto tiempo, han ocurrido tantas cosas que casi lo habíamos olvidado. Lo de Venezuela, en cambio, es de ayer, que continúa hoy: uno de los países más ricos del mundo en el que falta de todo, y no me refiero a libertad, sino a pan y aspirinas. Por la incapacidad de un gobierno, que se dedica a todo menos a gobernar. Es lo que hace la izquierda en el poder: ocuparse más de nuestro espíritu que de nuestro cuerpo, aunque cuida bien del suyo. Prometer el futuro pero dirigirse al pasado. Provocando la mayor de las paradojas: que siendo la igualdad su objetivo, es donde hay más diferencia entre la clase dirigente y la dirigida. Y, encima, presumiendo de superioridad moral.

Pero eso se está acabando. En Venezuela y en todas partes. A la izquierda, sobre todo la extrema, sólo le va bien cuando a los demás les va mal. Es, en ese sentido, carroñera, y pido disculpas por usar un adjetivo tan rotundo, pero es el que más se ajusta a la situación. A estas alturas de la historia, tras los experimentos en la Unión Soviética, China, Corea del Norte, Camboya, Cuba, Nicaragua, Venezuela, por citar los más conocidos, sabemos lo suficiente de ella para conocer a qué conduce: a la miseria, a la tristeza, a la falta de libertad y de esperanza. Invocando el mandato y el bienestar del pueblo, que es lo más obsceno de todo. Van a seguir intentándolo y siempre habrá gentes que, por una u otra razón, personales más que objetivas la mayoría de las veces, continuarán apoyándoles. Por algo se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, quedándose corto, pues tropieza dos y diez veces. Pero «se puede engañar a uno una vez, no a todos siempre» dice el refrán norteamericano, y a la izquierda pura, limpia, generosa que venía mirando a todos los demás por encima del hombro se le acaba el tiempo. Es igual que los demás, sólo más incompetente, no sé si por confundir sueños con realidades o por defecto de fábrica. El caso es que su paso por los gobiernos ha sido nefasto en la mayoría de los casos, a no ser que, como los chinos, se olvide de sus dogmas. En España, en cambio, 40 años después de que Felipe González enviara a Marx a las bibliotecas, su sucesor en la secretaría general del PSOE coquetea con el leninismo. Me recuerda al torero que, preguntado cómo era posible que hubieran nombrado gobernador civil a uno de sus banderilleros, respondió lacónico «Degenerando». Yo necesitaría otra Tercera para explicárselo, pero el gerundio lo dice todo.

José María Carrascal, periodista.

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