Del ayer comunista al hoy nacionalista

El comunismo desapareció de la palestra internacional en el verano de 1991, cuando fracasó una última intentona de un grupo de jerarcas en Moscú para devolver el poder al Partido Comunista ruso, que lo había ido perdiendo casi por dejación desde que, dos años antes, la caída del muro de Berlín hubiera dejado al descubierto el fracaso del comunismo europeo. Tras la caída del muro, los países de Europa Oriental fueron abandonando el sistema comunista y adoptando la democracia como sistema político y el capitalismo como sistema económico. El comunismo ya había sufrido un duro golpe un decenio antes cuando, hacia 1980, China había decidido abandonar de hecho el sistema económico centralizado y estatizado característico de estos regímenes, y había dado paso al mercado como actor central en su economía. China sigue siendo considerada comunista porque permanece gobernada con mano de hierro por este partido; pero, estrictamente hablando, en China el sistema imperante es un capitalismo de Estado, más parecido a lo que era la España franquista tras el Plan de Estabilización de 1959 que al régimen implantado por Mao Zedong en 1949. A partir de 1991, el comunismo subsistió en unos pocos países medios o pequeños, como Cuba, Corea del Norte, o Venezuela, constituyendo una serie de reliquias siniestras en el escenario político mundial. Incluso el significado de la palabra comunista se difuminó y pasó a significar vagamente algo así como dictadura de izquierda. En esta expresión o sintagma, el significado del primer concepto es bastante claro, pero el del segundo no, porque hoy el concepto político izquierda es difuso, confuso, y carente de rigor, algo así como la palabra progreso en labios de Pedro Sánchez.

Del ayer comunista al hoy nacionalistaA partir de 1991, al tiempo que se esfumaba el comunismo, resurgió otra corriente ideológica que parecía haber sido definitivamente derrotada en la Segunda Guerra Mundial: el nacionalismo. Aparecieron también unas cuantas teorías históricas que trataban de prefigurar la nueva realidad internacional que ocuparía el vacío que dejaba la desaparición del comunismo. Entre ellas destacaron dos, la optimista de Francis Fukuyama y la pesimista de Samuel P. Huntington. Para Fukuyama, la consecuencia del postcomunismo era el fin de la historia, que en el siglo XX había consistido esencialmente en la confrontación de dos bloques con dos ideologías, la capitalista-democrática y la comunista-dictatorial. Cuando escribía Fukuyama (1992) ya sólo quedaba el liberalismo capitalista-democrático. Elegante optimismo el del politólogo de Johns Hopkins pero, por desgracia, demasiado racional. Para Huntington (1996), el residuo del comunismo no era un feliz consenso en torno a la democracia capitalista (o socialdemócrata), sino el choque de civilizaciones, es decir, la tensión y rivalidad a escala mundial entre una mezcolanza de religiones, culturas, nacionalismos, sectarismos, tribalismos, populismos, imperialismos y racismos, algo mucho menos racional que la oposición capitalismo-comunismo, o que la síntesis propuesta por Fukuyama. En definitiva, lamentablemente, Huntington ha tenido razón: en lo que va de siglo XXI, lo que predomina en la palestra internacional, es un abigarrado y hostil conjunto de civilizaciones, con la correspondiente peligrosa y amenazadora mezcolanza a que antes me referí, en permanente estado de confrontación y todo ello frecuentemente aderezado con fuertes dosis de violencia. El ser humano en sociedad sigue siendo racional sólo en parte, en una parte mucho menor de lo que creían los ilustrados dieciochescos y sus seguidores y discípulos, entre los cuales me he contado modestamente durante mucho tiempo.

La trayectoria de Rusia en los últimos 20 años es la muestra más palmaria, aunque ciertamente no la única, de todo lo que vengo diciendo. La reciente agresión de Rusia a Ucrania ha sido un choque brutal que ha despertado al mundo de la ensoñación de Fukuyama y lo ha enfrentado con la pesadilla de Huntington.

Acabamos de darnos cuenta de que la situación actual del mundo es mucho más peligrosa que la confrontación que terminó en 1991. Ello es porque en la rivalidad capitalismo-comunismo había una dosis considerable de racionalidad, mucho mayor que la que hay ahora entre civilizaciones e hipernacionalismos. Entonces se oponían dos visiones antagónicas de lo que es y debe ser la sociedad humana. El marxismo pretendía ser una alternativa al capitalismo, tanto o más racional que éste. Por eso, pese a toda la violencia soterrada o tangencial, la guerra entre ambas ideologías fue relativamente incruenta (y eso a pesar de que también había una buena dosis de nacionalismo en la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia). Y, sin duda por eso, la Guerra Fría se resolvió como una partida de ajedrez en la que uno de los contrincantes tumba su rey y reconoce la victoria del contrario. Igualmente hay que admitir que los dirigentes soviéticos se comportaron, en último término, como jugadores racionales y nobles perdedores. Con todos sus crímenes y errores, los soviéticos resultaron ser más lógicos y, por tanto, más predecibles y, me atrevería a decir, menos agresivos, que sus sucesores nacionalistas. Estos, en cambio, tienen la imprevisibilidad del maníaco cegado por el deseo de poder, para quien el poderío de su nación tiene mucho mayor importancia que el bienestar, la libertad y la justicia de sus sociedades y de sus conciudadanos; y no hablemos de los de los ciudadanos de otros países: esos, cuanto peor, mejor. Por eso Putin es mucho más peligroso que los sucesores de Stalin en la Rusia soviética. Las armas nucleares y el cristianismo ortodoxo son los pilares de la eterna grandeza rusa, dijo el propio Putin en una rueda de prensa en Moscú en 2007. El bienestar, la libertad y la justicia de la sociedad rusa, para él, sólo tienen un valor instrumental. Los de la ucraniana (que, según él, no existe como nación) no tienen ningún valor: al contrario, son un estorbo, por dos razones: una, que la hacen más fuerte; y dos, que pueden convertirse en un ejemplo para los rusos.

La única ventaja para Europa que yo veo en el nacionalismo extremo de Putin en comparación con el comunismo de sus antecesores radica en que el nacionalismo genera pocos aliados exteriores. La diferencia a efectos internacionales entre una Rusia comunista y una Rusia agresivamente nacionalista estriba en que la primera podía valerse de la ideología para forjar un imperio: los partidos comunistas de otros países, con ayuda de la Komintern, podían alcanzar el poder y convertir a esos países en satélites más o menos voluntarios de la URSS (más bien menos), como ocurrió con las naciones de Europa oriental, agazapadas y casi anuladas tras el telón de acero, pero que hacían sentirse más segura a la gran potencia. Hoy una Rusia místicamente nacionalista no cuenta con partidos rusófilos que le hagan el papel de quintas columnas y esto se acaba de demostrar en Ucrania, donde ni la existencia de una sustancial minoría étnicamente rusa, ni la histórica sujeción de Ucrania a Rusia en el pasado, han evitado que el nacionalismo democrático de la Ucrania actual se resista heroicamente a someterse al imperialismo dictatorial ruso. Se ha demostrado también en las Naciones Unidas, donde la condena a la agresión rusa ha sido aprobada por una mayoría aplastante y solamente el diminuto residuo comunista ha apoyado la agresión, no porque Rusia sea comunista, que no lo es, sino porque ha apoyado a los comunistas residuales frente a los países democráticos y contra sus propias poblaciones oprimidas.

La situación de los países democráticos hoy es difícil, en parte por su propia culpa, al haberse dormido arrullados por la visión optimista de Fukuyama, y por no haber calibrado adecuadamente la naturaleza del régimen de Putin, que engañó a Yeltsin, a los reformistas y liberales rusos, a Estados Unidos y, sobre todo, a la Unión Europea. El último de los liberales rusos que creyeron en Putin, Anatoly Chubais, que actuaba como embajador económico y empresarial del gobierno ruso, dimitió y se exilió a finales de marzo en protesta contra la guerra, que seguramente haya sido para él la última gota de un bien colmado vaso.

No ha sido el discutible cerco de la OTAN a Rusia lo que ha desencadenado la criminal invasión de Ucrania. Son los titubeos y vacilaciones de las democracias, que dudaban acerca de la verdadero carácter del gobierno de Putin, lo que la han envalentonado a dar un paso que pocos creían que llegara a acometer. Estos titubeos y vacilaciones deben terminarse. Sólo con firmeza, unidad, y apoyo incondicional a la heroica víctima de la invasión, Ucrania, podrá resolverse el ominoso conflicto. De cómo se resuelva éste puede depender el futuro de la democracia a escala mundial.

Gabriel Tortella es historiador y economista; su libro más reciente (con Gloria Quiroga) es La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (Marcial Pons).

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