Del carlismo al separatismo catalán

¿Será un capricho del azar el hecho de que los enclaves independentistas en este 2017 coincidan con los feudos carlistas del siglo XIX? Probablemente, no es pura casualidad geográfica sino consecuencia del devenir histórico. A un tiro de piedra de la Pastelería Puigdemont -regentada durante generaciones por la familia del presidente de la Generalitat de Cataluña en el centro de Amer (Gerona)-, en abril de 1849 capitulaban las fuerzas de Ramón Cabrera dando por acabada la Segunda Guerra Carlista. Amer, donde nació, creció y se formó Carles Puigdemont había sido el cuartel general carlista en el conflicto bélico por el proteccionismo de la industria y la agricultura catalanas. Los vestigios carlistas fueron parte de la formación del actual presidente de la Generalitat, candidato de CiU a la presidencia del Gobierno catalán.

La Segunda Guerra Carlista, de 1846 a 1849, tuvo más impacto en Cataluña que en el resto de España. Algunos historiadores califican la contienda de rebelión aislada, conocida como la Guerra de los Matiners (madrugadores), en lugar de guerra civil generalizada como las otras dos que vio el siglo XIX, la de 1833-40 y la de 1872-76. La Segunda Guerra Carlista fue una guerra contra los impuestos, los aranceles, las hambrunas o la política de quintas que desposeía a familias de sus mejores trabajadores. Las decisiones del gobierno del liberal Ramón María Narváez perjudicaban la economía y la vida de los catalanes y favorecían la importación del algodón inglés, entre otros productos, que llegaban con el liberalismo comercial que traspasaba fronteras. ¿Resucitará el Brexit el proteccionismo? Eso es harina de otro costal.

Al carlista Ramón Cabrera lo honoraron con el título de marqués del Ter, el nombre del río gerundense, por haber luchado durante un año con ímpetu en una guerra perdida. Amer y el interior gerundense, que en el siglo XIX era mayoritariamente carlista, es donde hoy las banderas independentistas sobrepasan la altura de los campanarios de pueblos como Verges, cuna del cantante Lluís Llach, o Gualta. La doctrina independentista -o soberanista como prefieren llamarla ellos- conlleva similitudes con la carlista, el movimiento absolutista y reaccionario del XIX, y viene a ser el nuevo neocarlismo. El neocarlismo no se limita a las comarcas de Gerona y al presidente Carles Puigdemont sino que se extiende por toda la geografía catalana, especialmente por el interior, de donde provienen también todas las figuras históricas del carlismo. No sólo el tortosino Ramón Cabrera sino también la familia de mosén Benet Tristany, de Ardèvol (Solsonés), que dio a la causa carlista varias generaciones de sobrinos. En la comarca del Penedés, al sur de Barcelona, la autopista de pago entre Barcelona y Valencia -la que une Valencia y Madrid es gratis- ha sido adornada este verano con una incontable retahíla de estandartes soberanistas para marcar territorio independentista.

El ayuntamiento más importante gobernado por CUP es el de la ciudad de Berga (16.000 habitantes), baluarte carlista en la primera guerra, la de 1833 a 1840. Aquella lucha -calificada por historiadores modernos como la última guerra primitiva en términos de atrocidades- acabó con la caída de Berga en manos del general liberal Baldomero Espartero. También fue finalizada por el general Ramón Cabrera quien se ganó el título de conde de Morella y se rindió en Berga antes de exiliarse a Francia y poner fin a la contienda. ¿Qué más quieres Baldomero? Le debieron decir los vencidos en Berga. Los carlistas, optando por un determinado candidato de la dinastía borbónica, bajo el lema Dios, Patria, Rey y Fueros se oponían a la formación del Estado liberal y de Derecho. Eran contrarios a la apertura comercial y los cambios sociales y de pensamiento que implicaba la industrialización y el surgimiento del Estado burgués. Arrancar poder del Estado central en favor de lo local y autóctono permanece como una de las tónicas entre carlistas del XIX e independentistas del XXI así como la defensa de las instituciones y las leyes forales, signos de identidad, tradición y continuidad.

Aunque la descentralización es uno de los objetivos de ambos movimientos políticos, otros de sus retos son diferentes e incluso opuestos radicalmente. Dios y Rey se han devaluado por el camino que va del siglo XIX al XXI. Los Borbones, procedentes de Isabel II o del espurio Carlos V, no tienen lugar en la hipotética republica catalana. La religión ha perdurado hasta hace poco en las extinguidas filas políticas de Carles Puigdemont. La alianza de CiU, formada por la Convergència Democràtica dirigida por el autodenominado católico Jordi Pujol y el partido democristiano Unió Democràtica, ha derivado en el Partido Demòcrata Català y en la nueva coalición de Junts pel Sí con el histórico del independentismo ERC (Esquerra Republicana de Catalunya).

En la refundación del nacionalismo catalán para desposeerse de la etapa de Jordi Pujol y su supuesta corrupción, el partido de Carles Puigdemont se ha despojado también del sentido religioso. En la transformación post Jordi Pujol se ha impuesto el independentismo y han prescindido de Dios. Por su parte, la CUP es anticlerical. Su juventud Arran quiere convertir la catedral de Barcelona en una tienda de ultramarinos que, en este caso, los productos no vendrían de Ultramar sino del interior catalán.

La Patria, como parte de la consigna ancestral carlista, se ha convertido en concepto personal de elucubración política e ideológica. Los carlistas atendían al autoritarismo jerarquizado y al militarismo. La CUP es asamblearia con voto individual que, como han mostrado, resulta en increíbles empates. Los carlistas se lanzaban a la guerra porque no tenían otra forma de hacerse oír. Los independentistas forman parte de la democracia parlamentaria. Son parecidos, pero no son iguales, aunque habiten la misma geografía: el interior y los medios rurales. El patrón político-geográfico podría extenderse al País Vasco y Navarra donde la Tercera Guerra Carlista (1872-76) se luchó con mayor fuerza que en el resto de España. De la misma forma que la primera tuvo mayor incidencia en Cataluña, Aragón y Valencia. Y la segunda sólo en Cataluña.

Los medios rurales y las zonas empobrecidas (no pobres) emergen como los baluartes carlistas a partir de 1833 cuando los rebeldes se adhieren a una rama de la familia real. La disputa dinástica entre Borbones o la frustrada boda entre Isabel II y el falso Carlos VI se consideran razones de menor importancia entre las causas que generaron las guerras carlistas. Las ciudades de Barcelona y Bilbao no fueron carlistas en el XIX ni muestran hoy el entusiasmo independentista que late en el Ampurdán, el Bergadá, el Priorat o el interior vasco-navarro. Las juventudes de Arran y Ernai (CUP y Sortu) al estilo neocarlista se rebelan contra la precariedad laboral, la concentración urbana, la incertidumbre en el trabajo y el desarraigo que genera la economía de servicios en lugar de alzarse, como hicieron los carlistas, contra la industrialización y más que ella contra los cambios sociales originados a raíz de ella en el siglo XIX. Este verano Arran y Ernai o el neocarlismo con su mirada hacia lo local y lo autóctono se han levantado contra el turismo en lo que se ha venido en llamar turismofobia o contra la masificación de cualquier cosa.

Ni para España ni para Cataluña el 2017 es 1833, no obstante, en el discurso independentista o soberanista que han tejido la mayoría de las fuerzas catalanas (ahora están en mayoría en el Parlamento de Cataluña) se vislumbran algunos aspectos anotados en la doctrina carlista de hace dos siglos. Y si me limito al personaje de Ramón Cabrera: acabó reconociendo a Alfonso XII como rey legítimo mientras vivía un exilio dorado en Inglaterra en el que conspiró por lo que él creía un futuro mejor para España.

Conxa Rodríguez es periodista y autora de Ramón Cabrera, a l’exili (1990) y Piano a cuatro manos (2016)

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