Del desprecio al experimento

Aunque han pasado muchos años, no quedan muy lejos todavía aquellos días en que los socialistas llegaron, por vez primera en solitario, al poder en España. Si, por error, alguien felicitaba a uno de ellos y se felicitaba de que al fin el Gobierno estuviera en manos de unos políticos muy diferentes a lo hasta entonces conocido, la respuesta no se hacía esperar: ojo, no te confundas, yo no soy un político. Los nuevos ministros no querían ser identificados como políticos. Se comprende, pues, que una exmagistrada designada por un recién creado partido político como candidata a la alcaldía de Madrid, afirmara en su primera declaración tras aceptar la nominación que a ella la política no le gusta.

Y es que definitivamente ni los políticos ni la política gozan de buen predicamento, no solo en España ni por razones coyunturales. En un programa de radio animado por Matthew Flinders hace unos años en Reino Unido, se preguntaba por la calle a ciudadanos elegidos al azar qué les sugería la voz politician. Las respuestas fueron: Corrupt, rubbish, garbage, useless, liar, crook, waster, no muy diferentes de las que se les podría ocurrir no ya a la gente que va por la calle en cualquier ciudad de España, sino a quienes escriben columnas y disponen de tribunas en los periódicos e incluso a algunos de los candidatos a ocupar, por elección, un cargo público: político ha llegado a ser, en castellano, igual a corrupto, basura, inútil, mentiroso, ladrón, despilfarrador, mismamente como en inglés.

EDUARDO ESTRADA
EDUARDO ESTRADA

Buena parte en el origen y esmerado cultivo del desprecio hacia el y lo político corresponde a la nueva especie de sujetos con vocación pública que en las primeras décadas de Estado liberal se llamaron escritores públicos y luego, cuando la masa mostró por vez primera su feo rostro en la calle, se identificaron como intelectuales. Aun en tiempo de los escritores públicos, con sus amplias avenidas para transitar del teatro, la novela, el periódico o la tribuna de los ateneos al Parlamento y a la presidencia del Consejo de Ministros, el respeto hacia la vocación política era como un reflejo de la alta estima que el escritor recibía del escaso público lector. Fue la aparición de las masas como nuevo sujeto de la política y la correlativa universalización del sufragio masculino lo que especializó al político como un profesional del poder, separándolo definitivamente del escritor, también profesionalizado a medida que se multiplicaban sus lectores y se erigía a sí mismo como voz de los que no tienen voz, conciencia de una multitud sin conciencia.

Fue entonces, con la simultánea profesionalización del escritor y del político, cuando la veda de los políticos quedó abierta para los escritores convertidos ya en intelectuales. Contra los políticos fue el título de uno de los primeros manifiestos firmado por una pléyade de escritores que presumían de no ser “unos desconocidos”, aunque lamentaban ser ignorados “en el mundo político”. Alejados y desdeñosos de la política, aquellos firmantes se alzaban como jueces de este “linaje de ambición que concita el rencor torvo y airado de todo un pueblo”. Alguien tan habitualmente comedido y eutrapélico como don Manuel Bartolomé Cossío —por no hablar de los Baroja, Azorín, Unamuno y demás ralea del 98— pensaba y escribía que los diputados, senadores y ministros no estaban para resolver problemas sino “para hacer discursos, dar y tomar destinos, mendigar plazas de alquilones en las grandes compañías industriales y no tratar otra rendición que la suya”.

O sea, que la cosa viene de lejos, desde que los políticos necesitaron añadir a sus dotes oratorias la habilidad para solicitar y la astucia para obtener el voto de la masa como única vía que les condujera al escaño en el Parlamento y de allí a algún sillón en el Gobierno. Ahí radica el origen del vilipendio: en la democracia entendida como arte para alcanzar el poder engañando, mintiendo o embaucando a gentes colecticias, como se decía antaño. Por eso, las nuevas formas de corrupción política y por eso la querencia de los intelectuales a asumir el papel de predicadores de la regeneración nacional evocando, y llamando, a los cirujanos de hierro, los hombres fuertes, los caudillos de masas, que no tienen que recurrir al engaño ni a la mentira, sino solo proclamar las verdades como puños, para hacerse seguir de unas multitudes ignorantes del destino que deben dar a su voto.

Parecía que el asentamiento de la democracia durante la segunda mitad del siglo XX como único horizonte de la política hubiera puesto fin a esta relación algo esquizofrénica entre intelectuales y políticos: ni avenidas de doble dirección como en el romanticismo, ni desprecio coloreado por la nostalgia de fuertes liderazgos como en la larga fase de ascenso de los nacionalismos, sino división del trabajo: los políticos haciendo política, los intelectuales hablando y escribiendo desde su observatorio crítico, como teorizó Raymond Aron, o clavando de vez en cuando el aguijón como tábanos modernos, como los definió Todorov. Así transcurrieron las tres primeras décadas de la reciente democracia española, punteada por intermitentes salidas a escena de intelectuales con algún manifiesto de apoyo a, o de protesta contra las diversas opciones que concurrían en el mercado electoral. Entre las últimas, aquella sonrojante patochada de la ceja, de la que no faltan algunos que todavía alivian su rubor redoblando el desprecio al mismo político que en aquella ocasión celebraron.

El caso es que, con la crisis y la corrupción, la confianza en los políticos había caído a tales abismos que la nueva generación de líderes de los partidos no ha tenido mejor ocurrencia que echar las redes en caladeros ajenos a la política profesional por ver si en las aguas revueltas del mundo intelectual encontraban la cuerda que les sacara del hoyo. No se trata de una nueva edición de la clásica figura del compañero de viaje, tan vigente todavía, aunque ya no acompañando a los partidos que prometían la emancipación social a través de la dictadura del proletariado, sino a aquellos otros que propagan la religión de la identidad nacional, de la que Salvador Giner fue en otros tiempos clarividente profeta. De lo que se trata ahora es de asegurar el voto al partido por cara interpuesta, como es el caso en Podemos; de taponar las vías de agua por la que se perdían votos a chorros, como ocurría en el PSOE; de echar una mano en la elaboración de los arbitrios necesarios para salir de la crisis y cambiar de modelo económico, como promete Ciudadanos; o de recitar una oda en entierro anunciado, como es el temor en Izquierda Unida.

Si la fórmula tiene éxito estaríamos tal vez en el comienzo de una gran revolución en las prácticas políticas: la transformación de los partidos en una especie de headhunters, organizaciones especializadas en la búsqueda de cerebros a los que ofrecer un puesto de candidato en elecciones, o de ministros de Economía o Hacienda in pectore, de manera que además de a este o a aquel partido se votará a tal o cual escritor, profesional o artista que aparezca en los primeros puestos de unas listas que, por si acaso, seguirán cerradas y bloqueadas. ¿Anuncio del fin del político profesional como actor único en el ámbito de la política? ¿Porosidad de las fronteras que desde la generalización del sufragio separaban nítidamente el campo del poder del campo intelectual? Es pronto para aventurar una respuesta, pero una cosa es clara: los y las intelectuales están ahí, con sus caras subidas a los carteles electorales, porque los dirigentes políticos de la nueva generación piensan que con ellos y ellas como reclamo incrementarán sus expectativas de voto, en el mejor de los casos, o evitarán la pérdida, en el peor. Dependerá de la adecuación de los resultados a las expectativas que el experimento se marchite como flor de un día o, puestos a fabular, se consolide como prometedor inicio de una nueva relación entre el poder y la razón en la sociedad democrática de masa.

Santos Juliá es historiador.

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