Del ébola y otras miserias

Remitida la ansiedad que desbordó a las sociedades occidentales –particularmente la española– ante la irrupción del ébola en sus vidas, es momento de reflexionar sobre algunas realidades a menudo soslayadas por percepciones marcadas por prejuicios y análisis apresurados. Quizá se consiga, así, conjurar futuros peligros que se ciernen en el horizonte. La primera verificación es que África no está tan lejos; la indiferencia ante sus miserias es fuente de contingencias más engorrosas que la ola de calor sahariano que a menudo sofoca la Península Ibérica.

Del ébola y otras miseriasConocí la existencia del ébola a principios de 1995, siendo delegado de la Agencia EFE en África central. El virus fulminante mató entonces a numerosas personas en Gabón, creando la natural alarma ante una enfermedad ignota, sin remedio conocido, en un país con un deficiente sistema sanitario. Aquellas crónicas nunca fueron publicadas, consideradas irrelevantes, al tratarse de sucesos lejanos que sólo afectaban a míseros africanos por alimentarse de rarezas como murciélagos y simios. Desaparecido aquel brote tan misteriosamente como había surgido, seguí desde entonces la evolución expansiva de la epidemia por diversos lugares, hasta su llegada –aún en sordina– el pasado verano al África occidental, en las lindes del Sahel, ruta ineludible de millares de emigrantes «subsaharianos» hacia el Norte. No requiere especial agudeza: la mera observación de la cotidianidad hacía previsible que, tarde o temprano, ni España ni Europa quedarían inmunes.

Esta crisis aporta otros elementos de análisis. Digna de atención la incompetencia manifiesta de los Gobiernos africanos para resolver y gestionar los retos de sus poblaciones. Dato que, para unos, reafirmaría la sensación, tan extendida, sobre la incapacidad de aquellas sociedades para regirse por sí mismas; premisa que induce a cuestionar unas independencias concedidas «apresuradamente», cuando los pueblos africanos no estaban preparados para asumir su soberanía. Para los propios africanos, la lectura es otra: la profunda postración del continente ante el mundo no puede atribuirse a supuestos factores genéticos o culturales, incompatibles con la evidencia científica. Millones de negroafricanos desempeñan sus funciones con idoneidad, aun con éxito, en países organizados, adonde fueron desterrados por la incuria de sus dirigentes.

Resulta entonces incuestionable la responsabilidad absoluta de nuestras élites, las cuales, en su inmensa mayoría, ni fueron elegidas por sus gobernados, ni atienden los problemas que afectan a sus ciudadanos. Siendo cierto que no existe un solo país pobre en África, los infames niveles sanitarios –como los pavorosos índices de analfabetismo y demás parámetros que ilustran el subdesarrollo– se deben al descubrimiento de la miseria como eficacísimo mecanismo de sometimiento. Datos conocidos, aunque no siempre publicados, subrayan la inhumanidad de esas tiranías tan insensibles: el extraordinario enriquecimiento ilícito de familias presidenciales, la corrupción de ministros, parlamentarios y demás altos cargos, poseedores de mansiones de ensueño y cuentas multimillonarias en América, Asia y Europa, incluida España. Mientras ellos toman el avión al más leve síntoma de malestar, cuando sus esposas y concubinas alumbran a sus retoños en reputadas clínicas internacionales, a casi nadie importa que los habitantes de Monrovia, Freetown, Conakry, Lagos, Libreville o Kinshasa carezcan hasta de gasas en los barracones ruinosos que rotularon como «hospitales». Lujo y privilegios que impiden la democratización: su concepción patrimonial del poder les aboca a eternizarse, y sólo les desaloja la muerte o la violencia. Nada que ver con las culturas africanas. ¿Acaso Hitler, Ceacescu o Somoza eran negros?

Por ello resulta imperativo universalizar conquistas como la libertad y los derechos humanos, no privativos de determinada raza o cultura. África se encuentra en un estadio similar a la América Latina de medio siglo atrás, secuestradas sus poblaciones por oligarquías tiránicas, cleptocráticas y desculturizadoras. También parecían inamovibles, sus víctimas creían en la fatalidad de su sino. Pero fue posible el cambio. Toca hoy regenerar África, pues se dan las condiciones para revertir la ominosa situación presente. Resulta contraproducente seguir ocultando las causas verdaderas de la miseria: equivale a proteger el despotismo. Cada país africano posee recursos humanos y económicos que, gestionados con honestidad y eficacia, serían suficientes para superar el subdesarrollo crónico. No son razones humanitarias ni morales, sino de lógica política y económica: según las previsiones demográficas, la población africana alcanzará los 300 millones de habitantes en apenas 35 años, el triple de la actual; un tercio serán menores de 18 años. Europa se apresta a ser un coladero de las ingentes necesidades de cada africano, que afectarán a cualquier hogar. Sin embargo, una África próspera y libre garantizaría bienestar y estabilidad para todos.

Gestan en Guinea Ecuatorial una catástrofe de proporciones inauditas. En agosto, el régimen de Teodoro Obiang fue incapaz de repatriar y dar asistencia a la religiosa guineana Paciencia Melgar, abandonada en Liberia por carecer entonces de nacionalidad española. Según declaró Camilo Elá, responsable del control del virus, «trayéndola al país estaríamos trayendo la enfermedad aquí». Poco después, tras una odisea espantosa, fallecía en Bata, desamparado y solo, el estadounidense Shawn Haggerty. Ante el cuadro febril que presentaba al regresar del exterior, el personal sanitario –nacional y extranjero– huyó despavorido, sospechando que podría estar contagiado con el virus letal. La analítica realizada en la capital gabonesa diagnosticó paludismo, pero demasiado tarde.

Con tales antecedentes, tras el fracaso del «monólogo nacional» que pretendió imponer a su estilo cuartelero, Obiang ansía reforzar su cuestionada legitimidad asumiendo la organización de la Copa de África de fútbol, prevista para enero y febrero inmediatos. Estados mejor equipados rechazaron acoger el evento, ante la expansión desbocada de una epidemia que, en medio año, causó unas 7.000 muertes y 16.000 infectados en quince naciones próximas. Aseguran sus panegiristas que Guinea Ecuatorial puede controlar todo brote; vista la realidad de un país donde el agua potable es un lujo, ni los profesionales del sector saben cómo lograrlo. Los 50 médicos cubanos contratados al efecto serían insuficientes para asegurar cobertura sanitaria eficiente ala previsible avalancha de for ofo s . La sociedad guineana, unánime, rechaza tan malévola decisión del megalómano general-presidente. Ante su impotencia, espera que algún poderoso insufla cierta racionalidad, para evitar el holocausto de toda una nación.

Donato Ndongo-Bidyogo, escritor.

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