Del error en la economía

Imaginémonos a un líder político que nos explica doctamente que la Tierra es plana: nos indignaríamos. Pero la ciencia económica, por muy rigurosa que se haya vuelto, no ha alcanzado el estatus de la astronomía, lo que autoriza a todo el mundo a decir cualquier cosa y a confundir a la opinión pública con el conocimiento. Sin embargo, hemos progresado: en la década de 1970, había analistas que consideraban que la inflación era buena para el crecimiento. Y así es cómo, fabricando moneda, países enteros –Brasil, por ejemplo– se encontraron al borde del abismo. Ya nadie defiende la inflación y se admite universalmente que la estabilidad de los precios y una moneda previsible son la base de todo crecimiento. Por tanto, el lugar de la ignorancia se ha desplazado hacia una nueva controversia en torno a los impuestos.

En un extremo del debate, político y nada científico, se encuentran el Gobierno estadounidense de Donald Trump, pero también, en menor grado, el de Emmanuel Macron. En ambos casos se aduce que disminuyendo los impuestos a los más ricos se incrementará el crecimiento, y a la larga este beneficiará a los pobres. En el otro extremo se sitúan los progresistas autoproclamados, los biempensantes y los políticamente correctos, es decir los socialistas en Europa, el presidente surcoreano, Bernie Sanders en EE.UU. y los loros mediáticos como Christine Lagarde, la presidenta del FMI. Estos, más bien de izquierdas, advierten de que las desigualdades sociales frenan el crecimiento y que, por tanto, hay que aumentar los impuestos a los más adinerados para restablecer la igualdad y el crecimiento.

Lo que tienen en común estas dos tesis contradictorias es que no tienen una base demostrable. Y lo que también tienen en común es que refuerzan el papel de los gobernantes, porque la palanca fiscal les permitiría controlar el ritmo de la economía. Este discurso les sirve de cetro, de bastón de mando o de varita mágica, a elegir.

Pasemos a la realidad. Consideremos, por ejemplo, la bajada de los impuestos a los más pudientes. Esta tesis de la década de 1980, identificada a menudo con Ronald Reagan y que ha pasado a la posteridad con el nombre de teoría del goteo, fue calificada, con toda la razón, de «economía vudú» por George Bush, adversario de Reagan en aquella época. En teoría, como los ricos se volverían más ricos, invertirían más en la economía y crearían una prosperidad adicional, algo que nunca se ha demostrado y que, sin duda, es indemostrable. El único efecto negativo de unos impuestos muy elevados a los más ricos es que las fortunas se trasladan a los paraísos fiscales. Por tanto, no es coherente gravar las fortunas y las rentas con un tipo mucho más elevado que la media mundial. ¿Pero es realmente así? Los ricos de este mundo, ya sean particulares o empresas, anteponen por igual la seguridad jurídica y los tipos impositivos; los interesados prestan atención a los tipos, pero más todavía a la previsibilidad de estos tipos a largo plazo. Por consiguiente, las bajadas controvertidas, que podrían ser anuladas por el siguiente gobierno, tienen pocos efectos. Además, gracias a los paraísos fiscales y a las argucias contables, sea cual sea el tipo impositivo establecido para los ricos, estos siempre encontrarán algo menos caro. A eso debemos sumarle que los verdaderos creadores de prosperidad no son los ricos actuales, sino los futuros ricos: Steve Jobs y Bill Gates eran pobres antes de crear Apple y Microsoft, y Jack Ma antes de fundar Alibaba. Ahora bien, no se sabe cómo bajar los impuestos a los que están destinados a ser ricos, pero todavía no lo son.

De hecho, la teoría del goteo es una caricatura de la teoría de la oferta imaginada por Jean-Baptiste Say a principios del siglo XIX y completada por Joseph Schumpeter en la década de 1940, con el nombre de destrucción creadora. Estos dos economistas fundamentales valoraron la eficiencia del mercado y redujeron, por tanto, el papel de los gobiernos, lo que le valió a Say un puesto en la lista negra de Napoleón I. Hoy en día, los gobernantes intentan recuperar, agitando su varita mágica fiscal, los poderes que Say y Schumpeter les arrebataron.

La afirmación de que la desigualdad perjudica al crecimiento tampoco se puede demostrar. China e India, donde existe una profunda desigualdad, crecen más rápido que Japón, que es más bien igualitario. EE.UU., donde la desigualdad aumenta desde hace treinta años, es el país más rico del mundo y su tasa de crecimiento supera con creces a la de Europa occidental, que es más bien igualitaria. Por otra parte, tampoco vemos cómo una bajada de los impuestos en EE.UU. aceleraría el crecimiento, que ya alcanza un tope técnicamente insuperable. La relación entre la igualdad y el crecimiento es imposible de demostrar y, sin duda, hace falta un poco de desigualdad para favorecer el crecimiento, ¿pero cuánta? La pregunta sin respuesta no es científica. No cabe duda de que la popularidad de esta tesis ha aumentado gracias al libro de Thomas Piketty, «El capital en el siglo XXI», quien, reinterpretando a Karl Marx, afirma que el capitalismo se derrumbará bajo el peso de las contradicciones sociales. Pero las profecías no ayudan mucho a la economía real.

Nos gustaría que estos camelos fiscales fuesen ciertos, ya que la política sería más sencilla y la prosperidad para todos estaría a la vuelta de la esquina. También entendemos el atractivo de estos elixires. Pero, si fuesen eficaces ¿por qué diablos no los usaríamos todos? Sin duda, su poder mágico reside en la imposibilidad de aplicarlos y de medir sus efectos. Salvando las distancias, el keynesianismo y el socialismo ejercieron la misma fascinación hasta que se llevaron a la práctica: una catástrofe. Es mejor seguir soñando –¿verdad?– o aprender de ello; y esto, lo reconozco, es mucho más agotador.

Guy Sorman

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