Del ingenio a la zafiedad

En la refriega política asistimos a menudo al insulto como fórmula de confrontación, y esta realidad empírica se recrudece durante los procesos electorales, y vivimos un año de elecciones. Es la contaminación del mensaje por el exabrupto, de la razón por la sinrazón. El insulto para quien lo infiere es un atentado contra el pensamiento y más si se produce en el marco parlamentario que idealmente debe suponer racionalidad, debate riguroso y mesura.

La denigración del adversario se ha producido en todas las épocas y ha afectado a casi todos los menesteres. El gremio de los escritores ha dado mucho juego, de modo que asaetear al prójimo parecía considerarse como una de las bellas artes al igual que el asesinato para Quincey.

Cuando las descalificaciones tienen altura nacen del ingenio. España fue un país de ingenios. Quevedo era maledicente y su pluma fue más temida que su espada; Góngora lo padeció entre tantos otros. A su contemporáneo y enemigo Villamediana ser ingenioso le costó la vida; parece que Felipe IV no compartía su sentido del humor, el conde picó muy alto y acabó de un ballestazo en la calle Mayor de Madrid. Siglos más tarde Foxá arriesgaba su tranquilidad y sus destinos diplomáticos por el gozo de hacer una frase afilada y certera que laceraba a los más empingorotados y poderosos personajes. Desde el ingenio se han arruinado famas y se han torcido biografías.

Del ingenio a la zafiedad

En lo que concierne a la inconveniencia política hay ejemplos sonados. En el siglo XIX un personaje como Cánovas, artífice y guardián de la Restauración y diseñador del tan útil turnismo entre conservadores y liberales, produjo algunas de las frases más ocurrentes y destructivas de su época, también desde la agudeza intelectual y la elegancia verbal.

Ya en la pasada centuria Joaquín Pérez Madrigal, celebrado demagogo que brilló por su amplio catálogo de descalificaciones contra sus contemporáneos en los años treinta del siglo pasado, era llamado el jabalí, como reflejo del peligro que suponía el arma de su lengua, por los numerosos destinatarios de sus invectivas, que eran casi todos. Fue masón en sus inicios, diputado radical socialista en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, diputado de la CEDA en 1936, franquista más tarde, y en los últimos años de su vida desembocó en un integrismo radical. Lo llegué a conocer y era hombre que tenía muchas cosas que contar y las contaba bien. Ejerció el periodismo y dejó varios curiosos libros con recuerdos de su agitada y contradictoria existencia.

En la Transición el ejemplo más reconocido de maledicente fue Alfonso Guerra. Dotado de un ingenio temible y desbordante, a él se deben algunas de las descargas verbales más ocurrentes de los primeros años de la democracia. Era capaz de poner en circulación frases demoledoras que se convertían en definitorias para sus desafortunados destinatarios. Rara vez cayó en la simpleza. Las suyas eran invectivas tan inteligentes como temidas.

El ingenio de antaño es grosería hogaño. Ahora comúnmente en las descalificaciones se ha perdido la finura, y muchas ofensas verbales o escritas comportan zafiedad; se han instalado en lo vulgar. Y ello supone, además de una evidente falta de rigor y de educación, la decadencia de las formas y una crisis de fondo en el menester político que tiene que ver no poco con la creciente mediocridad que padecemos, como en tantos otros ámbitos de la sociedad. Triunfa la medianía y lo gris sobre la excelencia y el talento.

Todo ello, especialmente la rampante mediocridad, tiene no poco que ver con la aparición cada vez más común de la chabacanería y de las salidas de tono reñidas con el ingenio y no digamos con la inteligencia. Son el producto de una realidad anodina. Que se rocíe al adversario con epítetos como «ladrones», «zorras», «tontos de los cojones», «gentuza», «caraduras», «miserables», «imbéciles», «ignorantes», «perros casposos», «fanáticos», «verdugos»… y tantas otras lindezas, supone una degradación del ejercicio de la política y una prueba de que la democracia está trufada, desde dentro, por tics autoritarios, de modo que cuando no se encuentran argumentos para defender ideas se recurre a tosquedades y ofensas adhominem de la peor estofa. Quienes por sus responsabilidades deberían ser modelos y ejemplos para los ciudadanos de a pie, son demasiadas veces arquetipos de una simpleza hiriente.

El joven dirigente de un partido de los llamados emergentes, con más prisa que equipaje y prudencia, declaró que el insulto en política equivale a «hablar claro». Pues no. Esa supuesta cualidad estaría al alcance de cualquiera de aquellos compadritos arrabaleros retratados por Borges que, por cierto, fue otro agudo maledicente. Un lenguaje tabernario resulta excéntrico en quien aspira, aunque sea en sus sueños más quiméricos, a gobernar una nación europea y es más propio de algún zafio mandatario bananero.

La ordinariez gratuita suele ir unida a la demagogia que consiste en halagar los sentimientos elementales de los ciudadanos para ganarse su favor. En su expresión más genuina, su efectividad debería haber decrecido por la extensión de las clases medias y la cada vez mayor formación ciudadana. Pero no es así. La demagogia encuentra campo de cultivo sobre todo entre los ingenuos o desinformados que son hoy sus propicios destinatarios y que sorprendentemente resultan ser más numerosos de lo razonable.

La política no es una isla dentro de una sociedad en la que gana la partida lo vulgar, incluso lo grosero. Quienes se dedican al ejercicio de la política emanan de la misma realidad que quienes desempeñan cualquier otra ocupación. Y responden a sus demandas. No se me tildará de pesimista si considero que la sociedad, en general, consume hoy vaciedad de ideas en grandes dosis; hay muchas evidencias. Pensemos en ciertos espacios muy seguidos de televisión, en ciertos personajes o personajillos celebrados como referentes, en la degradación del lenguaje que convierte en normal lo pedestre incluso allá donde menos cabría esperar.

Algunos creen, y en ello se afanan, que la cacareada regeneración de la política se apuntala en la bajeza y en la siembra del odio desde el rescate de un lenguaje guerracivilista y maniqueo, y no en la lógica confrontación ideológica desde el respeto y la mesura. Quienes así obran no tienen ideas defendibles, o no saben enfrentarse a sus adversarios con argumentos, o algo peor: entienden la política y no menos la democracia como un disfraz oportunista de su autoritarismo.

Comparto con Diógenes que «el insulto deshonra a quien lo infiere y no a quien lo recibe».

Juan Van-Halen, escritor. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando.

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