Del lenguaje en el Congreso

Cuenta Indalecio Prieto en su artículo La chistera en el Congreso (recogido en su libro De Mi vida, ediciones el Sitio, México, 1965), que cuando fue diputado no existía ya la tradición que exigía la chistera para andar por los pasillos del Congreso; sólo quedaba -añadía- la tradición del sombrero de copa del presidente de la Cámara, hasta que Julián Besteiro acabó en 1931 con la tradición de la chistera y la levita presidencial.

Sin embargo, el prócer socialista narra que la primera boina en entrar al Congreso fue la suya. Prieto se defendía diciendo que la boina da impronta al que la lleva, pues en el modo de colocarla se revela toda su personalidad. Con todo, la boina -o la txapela– si se lleva, obliga a quitársela cuando se entra en lugar cerrado. O, al menos, así, se nos enseñaba.

Hoy los diputados del Congreso no suelen llevar boina, menos aún chistera -el “hongo” o “salida de humos de la cabeza”, como con humor se decía-, salvo por extravagancia. Sí se llevan -desgraciadamente- otros humos que tienen que ver con cierta anomalía en las formas -aquí el lenguaje es el mensaje (MacLuhan)- y con una vestimenta casual, muy acorde con los tiempos. De seguir, con tales tendencias, habrá que escribir sobre el entierro de la corbata como prenda de vestir.

Cada tiempo tiene sus modas, como son las del vestir. Hoy se lleva lo que antes se conocía como moda ad lib, cada uno va como le place: en chándal, en bombachos, con pelleja e incluso con pajarita. Pero el lenguaje, todavía, al menos como expresión del logos, requiere cierta formalidad en su expresión, que no está reñida ni con la claridad ni con el buen uso de la lengua de Cervantes, debiéndose recordar que hay un modo de hablar en casa, otro en el patio del colegio o en la fábrica y otra más correcta, en cuanto exige preparación y atención en el decir, en el Congreso o en cualquier ágora pública.

Algunos relevantes miembros de los partidos emergentes gustan de romper moldes, fieles a la política-espectáculo, considerando al Parlamento como un plató de televisión. El Congreso, el templo de la palabra -como expresión del buen hablar- no sirve hoy ni para debatir bien, ni para hacer buenas leyes -las que se hacen suelen ser farragosas y en algunos casos confusas- ni tampoco para llevar a cabo un control parlamentario -medido y a la par exigente- de la responsabilidad política. Es, a lo sumo, un teatro en cuya escena se representan papeles diversos:el presidente del Gobierno, el de la sobriedad y seguridad; los portavoces de los partidos que sustentan al Gobierno y a la oposición tradicional -Ortega y Gasset dixit-, el de la previsibilidad, al hablar y actuar como tenores. Finalmente, la nueva oposición radical y la nacionalista de Esquerra suelen ejercer de jabalí(e)s.

Claro que ser jabalí en el siglo XXI y en la Europa populista que nos invade es desempeñarse no sólo con intransigencia y con actitud agresiva o iconoclasta, sino expresarse de forma deconstructiva y alborotada, es decir, enturbiada por el mal hablar y la falta de sobriedad.

Sin embargo, el Parlamento-institución requiere ser respetado, salvo que se quiera caer en el esperpento. Es el órgano representativo, por excelencia, donde convive el pueblo representado. Tiene amén de sus clásicas funciones -legislativa, presupuestaria y de control- una tarea pedagógica, la de saber solventar las grandes diferencias entre los grupos humanos que lo componen, de forma parlamentaria, es decir, mediante el buen uso de la palabra, sin menguar por ello un ápice, la crítica desabrida, cáustica e incómoda para quien la recibe siempre que se excluya el insulto, la chabacanería y el mal gusto, al modo que puede entenderlo cualquier ciudadano medio que haya cursado la EGB. Por ello se habla de cortesía parlamentaria y se habilita a quien lo preside para autorizar retirar del Diario de Sesiones las expresiones impropias del quehacer parlamentario.

¡Ojalá las buenas ideas sustituyan a los malos gestos y peores formas en el Congreso! Pasó el tiempo de los sans-culottes y las barricadas. El Parlamento no es sitio para ¡épater le bourgeois! Para eso ya estaba el cine de Luis Buñuel, que lo hacía con más arte.

Manuel Pulido Quecedo es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Navarra.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *