Del muro a la esperanza

Con la firma de Donald Trump de la orden para levantar su muro antimexicano, el miedo ha terminado de ascender posiciones hasta llegar al corazón de la cultura política occidental. Ya estaba ahí, latente, ya se dejaba sentir en los bares: que si este tipo es peligroso, que menudas barbaridades dice… Despegó con el discurso inaugural de Trump basado en el resentimiento, la división y el odio. Y aterriza de manera concreta en forma de ladrillos para un muro.

Ahora se puede restar importancia a estas decisiones suyas o normalizarlas. Ambas respuestas sólo contribuirán a legitimarlo y fortalecerlo. La tercera opción es actuar y no va a ser fácil. Resulta crucial acertar, porque es mucho lo que está en juego: los valores del liberalismo político, la justicia, la crítica y el debate vigoroso, la tolerancia, como pilares de una sociedad decente.

Uno de los errores fundamentales de las críticas a Trump ha consistido en tildar su discurso de “emocional” y despreciarlo. Quienes adoptan esta óptica albergan -simplifico, por claridad- básicamente tres tipos de creencias. Por un lado, se encuentran los partidarios del homo oeconomicus. En su visión, los humanos somos actores racionales que buscamos maximizar el beneficio propio. En cuanto el PIB de EEUU se resienta por la pérdida de mano de obra extranjera y de mercados, los americanos expulsarán a Trump. Suena muy bonito, salvo porque los seres humanos no somos así. Más bien somos una maraña caótica de racionalidad y emocionalidad, en la que tratamos de poner orden antes de levantarnos de la cama, lo que no siempre conseguimos.

En segundo lugar, están los arrogantes: desprecian a ignorantes como Trump, que sabe mucho menos que ellos mismos del mundo, por lo que pueden ridiculizarlo fácilmente. Su mente subterránea discurre más o menos así: los votantes de Trump son unos paletos racistas llenos de prejuicios y, como todo el mundo sabe, nuestras creencias son mejores y el mundo que propugnamos también. Acabaremos ganando y, entretanto, contra Trump se vive muy bien: alimenta nuestra indignación y estimula nuestro sarcasmo.

Por último, se encuentran quienes, aun intuyendo que la emoción tiene un lugar en política, no están muy acostumbrados a incluirla en sus análisis. Al fin y al cabo, las emociones resultan elusivas para el análisis académico y resulta más científico hablar de cosas serias, como instituciones o superestructuras ideológicas, siempre, por supuesto, desde la argumentación racional. A lo sumo, cuando su objetividad se muestra más atrevida, muestran repugnancia por la emocionalidad del discurso de Trump y achacan esa repulsión a la emocionalidad en sí misma, y no a las emociones específicas que el presidente americano atiza.

Las armas de estos tres grupos intelectuales y políticos son: estadística, argumentos y, de cuando en cuando, unas gotas de sarcasmo, tan disolvente él, pero total, qué más da no construir nada, si ya sabemos que todos los sueños humanos no son más que polvo, y bla, bla, bla. Utilizar el dato, el sarcasmo y la razón contra el discurso nacional-populista rampante es como querer apagar una hoguera con cubitos de hielo y hojas secas. El hielo se fundirá al acercarse. El fuego crepitará ligeramente, antes de avivarse gracias a la hojarasca.

No se trata sólo de Trump. En el corazón de Europa está ya arraigando la semilla del resentimiento, el miedo y el odio, el “mal radical”, por decirlo con Kant. Una corriente mundial de cerrazón -literal y figurada- quiere convencernos de que los seres humanos no tenemos nada en común y que debemos desentendernos de los otros, sean quienes sean. Quieren que pensemos que nada nos obliga a proteger a los refugiados que huyen de la guerra, a preocuparnos de la desigualdad rampante entre países y entre ciudadanos; que no hay nada que hacer por los que sufren.

Frente a todo ello, hay una cuarta opción, que pasa por asumir la relevancia política de las emociones y empezar a ponerlas en juego como sustento de un ideario político que propugne un mundo abierto y democrático, en el que impere la justicia. Martha Nussbaum, la gran filósofa norteamericana, lo ha expresado con claridad: “Todos los principios políticos, tanto los buenos como los malos, precisan para su materialización y supervivencia de un apoyo emocional que les procure estabilidad, y todas las sociedades decentes tienen que protegerse frente a la división y la jerarquización cultivando sentimientos apropiados de simpatía y amor”. El problema no estriba, pues, en la emocionalidad del discurso de Trump, sino en cómo minar las emociones negativas que él difunde y sustituirlas por emociones positivas. Frente al discurso del odio, que se traduce en políticas públicas de rechazo a los extranjeros, un discurso político del amor, como emoción política inspiradora de la idea de justicia. Frente al resentimiento, empatía: una emoción humana básica, fundamento de la cooperación y de la conexión entre las personas. Frente al discurso de la diferencia o la superioridad de unos sobre otros -ya sea por motivos raciales, nacionales o económicos-, la emoción fraternal que alimenta las ideas de igualdad.

No son los datos los que nos van a sacar del atolladero. Tenía razón Norberto Bobbio cuando escribía que “los hombres son entre ellos tan iguales como desiguales. Son iguales en ciertos aspectos y desiguales en otros”. Todo depende de que decidamos poner el acento sobre lo que tenemos en común o sobre los que nos diferencia, es decir, depende de nuestras creencias. La razón fundamental de Bobbio para interesarse por la política no procedía de la estadística ni de los argumentos racionales, sino de su “malestar frente al espectáculo de las enormes desigualdades”. El gran pensador cuenta en Derecha e izquierda cómo esa creencia se fraguó en su infancia, cuando pasaba sus vacaciones en el campo y los hijos de los burgueses, como él, jugaban con los hijos de los campesinos. La armonía era perfecta, pero cuando volvían al verano siguiente, siempre había algún niño campesino que había muerto de tuberculosis. “No recuerdo, en cambio, una sola muerte por enfermedad entre mis compañeros de escuela en la ciudad”.

Las emociones políticas no sólo son legítimas, sino imprescindibles. Sólo con discursos que apelen a emociones positivas de amor y solidaridad, al sentimiento de pertenecer a una humanidad común, se podrá frenar el discurso del odio. Será difícil, pero dejemos el PIB de lado y vayamos a Luther King en busca de inspiración: “Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel, sino por su carácter”. ¿Hay algo menos racional que esas palabras? ¿Hay algo más eficaz?

Irene Lozano es escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *