Del populismo a la democracia

Alguien, en una conversación de sobremesa, asegura el domingo en la noche, durante una reunión de escritores en la ciudad de Guayaquil, que en Argentina perdió la izquierda y ganó la derecha. Esto supone, me digo, y me quedo rumiando la idea, que el peronismo es la izquierda y que todo lo que se opone a él es la antiizquierda, la derecha, o lo que ustedes quieran. Es una noción muy útil para el propio peronismo, desde luego, con gran fuerza de propaganda, y me alegro de que la mayoría de los electores argentinos no la hayan tomado en serio. A lo largo de décadas, hemos conocido peronistas de centro, de derecha y extrema derecha, de izquierda y extrema izquierda. El discurso del coronel Perón de los primeros tiempos era de un anticomunismo completo, cerrado, cercano en algunos aspectos al fascismo. Era evidente que Perón había aprendido mucho de Benito Mussolini en sus tiempos de joven agregado militar de Argentina en Italia. En sus primeros años de exilio, ya en la posguerra, el coronel escogió la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo y la España de Francisco Franco para refugiarse. ¿De qué izquierdismo me hablan ustedes?

Lo esencial del peronismo es que ha constituido desde sus orígenes, con notable persistencia, una forma compleja, moderna, no fácil de analizar, de populismo. Para comprender el peronismo, hay que tener una idea clara del populismo, fenómeno más intricado de lo que parece a simple vista, que se da con notable frecuencia en la izquierda y algunas veces en la derecha política, a pesar de que un enfoque liberal, lúcido, es el más eficaz de sus antídotos. Yo siento que el populismo es una enfermedad de la vida política que se puede dar en los más diversos sectores. No sé si puedo describirlo en plenitud, pero anoto aquí algunos de sus caracteres más destacados y frecuentes. El populismo es siempre maniqueo, dualista, polarizado y polarizador. Divide a la sociedad en buenos y malos ciudadanos, a la manera de Maxiliano Robespierre, o en buenos y malos argentinos, en el más puro estilo peronista. A los malos argentinos, en su retórica, los empujó siempre a los rincones más nocivos, a las zonas oscuras de la conspiración, de la traición, de los vendepatrias. Son poderosos recursos de la historia moderna, no sólo en la región latinoamericana. Pero si uno examina los casos de Fidel Castro, de Hugo Chávez, del presidente Maduro, entre muchos otros, tenemos que llegar a la conclusión de que la América Hispana ha sido un caldo de cultivo muy adecuado.

Enseguida, si uno enfoca las cosas desde el punto de vista de la economía, descubre que el populismo es un enorme sistema de premios y castigos, de corrupción y de exclusión. Cuando Fidel Castro en compañía de Jean-Paul Sartre participaba en una manifestación popular de sus comienzos, en la legendaria Plaza de la Revolución, le dijo a Sartre que él le daba al pueblo todo lo que le pedía. Sartre le preguntó entonces: ¿Y si le piden la luna? Les doy la luna, contestó Fidel de inmediato. El autor de «El ser y la nada» quedó encandilado con esta respuesta absurda, y muchos de sus seguidores aplaudieron a rabiar. Lenin habría definido ese diálogo como manifestación de la enfermedad infantil del comunismo, pero los tiempos de Lenin habían pasado para siempre, y uno se podría preguntar hoy si esa enfermedad infantil que denunciaba en el año veinte y tantos y los populismos recientes no están estrechamente emparentados.

El populismo tiende a prometer en forma excesiva, sin analizar en forma seria la posibilidad de cumplir lo que promete. La enfermedad de la promesa se daba en la periferia europea rusa, en los años 20, y se ha desarrollado como una peste en la otra periferia, la del continente nuestro. Los argentinos, que fueron un país de lectura, de cultura, de libros, de gente que pensaba, nos llegaron a decepcionar. Llegamos a pensar que no tenían remedio. No hay que olvidar que el peronismo de los orígenes, en sus reflejos más primarios, aplicó formas inéditas de censura, de control, de menosprecio en los terrenos de la cultura y de la libertad de expresión. Trasladar a Jorge Luis Borges de una biblioteca a un gallinero municipal fue un acto de un simbolismo aplastante, y no fue en absoluto un acto aislado.

Yo creo que la elección de ahora demuestra que Argentina, como país de cultura, de democracia, de altos niveles de educación, ha despertado después de un período de somnolencia que fue demasiado largo. Durante su campaña, Mauricio Macri declaró con la mayor claridad que se propone gobernar con todos, sin fomentar las divisiones y las exclusiones, sin revanchismo de ninguna especie. Era una declaración que Daniel Scioli no podía suscribir y que daba, por eso mismo, en el blanco exacto. El país, que todos hemos admirado en diversas etapas, tiene espaldas anchas, posibilidades no bien exploradas. Y ya se puede observar, por ejemplo, que la elección argentina tiene efectos saludables en Brasil, en Venezuela, en Chile, en todo el continente. Lo que ocurre es que no ha ganado la derecha frente a la izquierda, como dicen los comentaristas rápidos y poco reflexivos. Ha ganado la democracia, en una expresión amplia, abierta, de consenso, frente a un populismo de fondo autoritario, de total demagogia en el manejo de la economía, de una ambigüedad ideológica que es la marca indeleble de sus orígenes.

Como es inevitable, los problemas de la Argentina de Mauricio Macri serán graves, intrincados, de solución difícil. Tendrá que buscar aliados, negociar, actuar con la mayor firmeza frente a cualquier asomo de corrupción, mantener criterios de consenso, de reconstrucción de la democracia. Ya se demostró, en todo caso, que el peronismo, es decir, el populismo en versión argentina, que había conseguido crear el mito de su propia invencibilidad, puede ser derrotado. Y eso significa que el país tiene todas las condiciones necesarias para funcionar como una democracia moderna, sin lados oscuros y sin apariciones intempestivas del Ogro Filantrópico, para citar uno de los grandes ensayos políticos de Octavio Paz. No es poco. Veremos en el sur del mundo una energía nueva, original, contagiosa, en marcha. Y donde disminuye y tiende a desaparecer, para citar a otro poeta, a Vicente Huidobro, la influencia de los que él llamaba «esclavos de la consigna».

Jorge Edwards, escritor.

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