Del presagio al deseo

En sus ‘Soledades’, Antonio Machado escribía premonitorio: “La aurora asomaba lejana y siniestra…/ El lienzo de oriente sangraba tragedias…/En la vieja plaza de una vieja aldea,/erguía su horrible pavura esquelética / el tosco patíbulo de fresca madera…”. Los acontecimientos que desde hace demasiado tiempo vivimos en este rincón de la vieja Europa –aldea del mundo global–, observamos con pesar cómo en el lienzo de nuestro Oriente también la aurora asoma siniestra y sangra en tragedias cotidianas de las que el Mar Nuestro sirve de tumba de inocentes, mientras en sus riveras esperan en el limbo jurídico concentrados o estabulados, los desheredados de la tierra; aquellos que lo han perdido todo y en su éxodo fatal piden auxilio y cobijo en nuestro solar huyendo de las hambrunas y las guerras.

Nuestros pequeños países, demasiado orgullosos de su historia que desgraciadamente se esfuerzan en ignorar, tras el azote de las dos grandes guerras del siglo XX despertaron entre sus ruinas. Entonces, en un amanecer rosado, descubrieron que era en la dignidad de la persona –única, innegociable e intransferible– que debían levantar su nuevo marco jurídico que, más tarde, la Unión Europea ha definido como “un espacio de libertad, seguridad y justicia”.

Sin duda, esos conceptos responden a un anhelo largamente sentido por la humanidad pero que, además, resultan ser presupuesto imprescindible para la paz, que es el lugar donde debemos desarrollar nuestra vida y nuestro progreso. La dignidad, que se reconoce necesariamente en la dignidad del otro, no puede conducir sino a la solidaridad, en cuyo sustrato se nutren la libertad y la justicia. Concebir la política al margen de estos presupuestos sería un error y el anuncio de la puesta a punto de nuestro propio patíbulo.

Ya nunca podrá organizarse la sociedad de hombres y mujeres libres sin tener en cuenta esa dignidad como fundamento de su ordenamiento. Las desigualdades de nuestro planeta, en el que los capitales y las mercancías tienen casi total libertad de circulación, no se corresponde con las dificultades, cuando no prohibiciones, de circulación de las personas por más que los textos internacionales declarativos de los derechos fundamentales lo proclamen.

La tozuda realidad lo pone cada día de manifiesto y, en vez de afrontarlo en un empeño común por lograr una comunidad internacional solidaria, cerramos nuestras fronteras, rechazamos a quienes creen que vienen a aprovecharse de lo que les es ajeno sin darnos cuenta de que ellos pasaran como ha ocurrido a lo largo de la historia. Impedirlo por la fuerza carece de justificación ética y jurídica en nuestras sociedades. Al encerrarnos en nosotros mismos renacen los nacionalismos, siempre gregarios en torno a la patria y un caudillo rodeado de masas y de banderas a cuya voluntad entregan sus angustias y aspiraciones varias sin percatarse de la paulatina pérdida de su dignidad y, por tanto, de su independencia y libertad.

Los populismos no conducen a otra cosa que al uniformismo, el control y el dirigismo de la sociedad y a la lucha contra el desigual aun dentro de sus fronteras; es decir, a la pérdida de las libertades.

Hoy en Europa, en nuestros países más cercanos, vivimos la explosión de esos nacionalismos excluyentes que tanto daño le hicieron y que aún, con nuevas caras, hacen peligrar el proyecto puesto en marcha a finales de los 40 y principios de los 50 del pasado siglo. Es preocupante mientras escribo estas líneas, la actuación política en Polonia, con sus reformas legislativas y su actitud frente a la independencia de su Tribunal Constitucional, que ha hecho volver a hablar a Lech Walesa, el gran líder sindical que propició la caída del régimen totalitario de su país, ante la peligrosa deriva que resurge en contrario signo pero en idénticas formas. Y no solo Polonia, son demasiados los signos de regresión política, demasiadas las fronteras levantadas y los mesianismos utópicos.

¿Hasta cuándo será para nosotros lo que acontezca en otros lugares del planeta algo que no nos incumba? ¿Hasta cuándo el poeta repetirá los peligros y augurios de negros presagios? Isaías, varios milenios antes que Machado, nos decía: “Centinela ¿cuándo terminará la noche? El alba se acerca pero todavía es de noche” (Is. 21;11-12).

El alba que Eos, de rosados dedos, ilumina a todos sin excepción sea el empeño común de un quehacer colectivo y solidario que no permita que nadie pisotee la dignidad de nadie y que el respeto al diferente sea el acicate de una nueva política nacional e internacional.

Eugeni Gay Montalvo, vicepresidente emérito del Tribunal Constitucional.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *