Del ‘procés’ catalán y los Balcanes

A pesar del ruido sobre Cataluña, hay que seguir refutando las posverdades del procés, con la esperanza de recuperar el seny. Vista la tendencia de sus spin doctors de apropiarse sin rubor de causas ajenas, es además preciso hacerlo por respeto a las ilusiones y dramas de otros pueblos, gratuitamente banalizados. Esta apropiación indebida incluye selectivas comparaciones con Balcanes; en concreto, con la secesión de Eslovenia en 1991, como independencia diferida, y de Kosovo (2008), como independencia unilateral proclamada por un parlamento, como hizo la mayoría secesionista el pasado 27 de octubre.

Volverán sobre estos casos, así que dejemos claro en qué no se parecen. En el caso esloveno, el ex primer ministro, Alojz Peterle, subrayaba en estas páginas el fin del bloque comunista, el desmembramiento de Yugoslavia y la unidad política para la independencia. El Estado matriz no era democrático y, en los 90, lo controlaba un Slobodan Milosevic autoritario y cínico promotor de la Gran Serbia que terminó sus días en La Haya. También era distinto el marco constitucional y, en el caso de Eslovenia, permitía su autodeterminación. El apoyo a la independencia en una Eslovenia homogénea alcanzó el 90% en un referéndum con participación superior al 90%. Por su parte, la declaración de independencia de Serbia realizada por el Parlamento kosovar en febrero de 2008, no siguió a un referéndum y fue boicoteada por la minoría serbia (11 de 120 representantes). Guste o no, representa la realidad demográfica, social y política de este país hoy, con una población albanokosovar muy mayoritaria. Son cifras de representatividad y legitimidad muy diferentes a las del procés, como confirmó el 1 de octubre y la República Catalana proclamada en otra grotesca sesión de un Parlament semivacío, con 70 votos secretos sobre 135 y que equivalen en torno a un 35% del censo. El problema de estos movimientos, eso sí, es que pueden terminar imponiéndose y creciendo en apoyos ante errores del contrincante, y hastío e incomparecencia de los demás.

No cabe tampoco utilizar Balcanes y soslayar la guerra. La declaración eslovena fue seguida de la Guerra de los Diez Días entre el Ejército Popular Yugoslavo y la entonces Defensa Territorial Eslovena, hasta la firma de los acuerdos de paz de Brioni. Eslovenia suspendió tres meses su declaración y en 1992 logró reconocimiento internacional, muy polémico, por cierto, por su impacto en los conflictos en Croacia y Bosnia. En Kosovo, la guerra de 1998-99 fue precedida de años de extrema discriminación étnica por el Belgrado de entonces. Sin la guerra y sus consecuencias, con unos 10.000 muertos, limpieza étnica y años de tutela de Naciones Unidas, el caso kosovar sería aún más discutible de lo que ya es. De igual modo que en Kosovo marcan distancias con el caso catalán, la mayoría de miembros de la ONU que hoy reconocen su independencia inciden en tales factores que existen en este precedente. Factores que, por fortuna, no se dan aquí a pesar de la propaganda sobre opresión y Help Catalonia en una Cataluña controlada desde décadas por el poder nacionalista y su clase dirigente. Por todo ello, no obtendrán reconocimiento para su República más allá del Estado paria de turno y turbios personajes como Julian Assange. Eso sí, los utópicos de esta rica Dinamarca podrían poner las cosas aún más difíciles a Kosovo, un país pobre -los otros platos rotos del procés-.

Dicho esto, sí veo otros incipientes elementos de comparación con Balcanes, por mi experiencia allí, y que no dejan bien a muchos líderes del procés y sus sectores más intransigentes. Hablo de una forma de política que, a pesar de la visión estigmatizadora sobre Balcanes, no es exclusiva de esta región, sino que es en parte una variante extrema del populismo nacionalista de que hablaba aquí Daniel Gascón: puede darse en otras partes si las circunstancias son propicias. Me centraré en varios aspectos de esta política aún presente en parte de Balcanes y algunos de cuyos elementos fueron claves en los 90. En primer lugar, el abuso de la democracia plebiscitaria y referendos para otorgar fachada democrática a una decisión tomada y hecha a la medida de un grupo que se arroga la propiedad del conjunto de la comunidad política, al margen de las consecuencias y de lo que piensen los demás. Esto daña la democracia representativa y pluralista y los consensos fundamentales, y crea fracturas duraderas en sociedades un día diversas, arrastradas por un binomio sí/no tan polarizador como irrevocable. Milorad Dodik, presidente de la Republika Sprska -una de las dos entidades que componen Bosnia y de mayoría serbia- es ejemplo de ello. Tras un pseudo referéndum prohibido por el Tribunal Constitucional bosnio y con baja participación, quiere otro para «defender al pueblo serbio de los abusos» del Estado. Con su amenaza de la independencia, chantajea la UE, debilita un poder judicial que quiere procesarle por corrupción, acalla una oposición «traidora al pueblo», desestabiliza Bosnia y empobrece su reino taifa.

También se parece este procés en el impulso de narrativas sobre quién es pueblo y quién no, con un lenguaje político que distingue entre ciudadanos (e.j. la «lista de país» de que hablan para el 21D; los que no estén en ella, se entiende, no son del país o no del todo). Un lenguaje que justifica como defensa lo que es agresión y de política pacífica el privar de derechos a los demás. Un lenguaje que mezcla medias verdades y críticas legítimas con mentiras, y que genera miedo constante al enemigo externo y sus quintas columnas. El problema es que puede operar como profecía auto-cumplida. Los yugoslavos, salvo los albano-kosovares y otras minorías, siendo la misma etnia, al día siguiente eran diferentes y enfrentados. Da casi igual que la descripción del adversario como ustacha (fascista croata), chetnik (nacionalista serbio), franquista espanyol, etc., sea o no cierta: lo importante es que mucha gente lo termina creyendo, lo que tiene difícil arreglo. Así, pasamos de gestionar desacuerdos constitucionales a exacerbar políticas de identidad. La racionalidad desaparece y arrastra consigo voces moderadas en ambos lados así como opciones de reforma.

Finalmente, también se empiezan a parecer en la naturaleza de la clase en el poder. Hablo de una clase dirigente con nulo sentido de responsabilidad personal, que relega a los demás las consecuencias de sus decisiones y se esconde tras el subterfugio del «pueblo». Una clase que decide qué derecho e instituciones judiciales son legítimas según convenga o no a su impunidad -de ahí el afán de tener jueces propios-. Son políticos que se mueven entre un fanatismo mesiánico que nos obliga a revivir un pasado mítico para condicionar el futuro común, y el cinismo calculador de un jugador de póquer sin escrúpulos. Arrastran así al borde del colapso a partidarios y disidentes y hacen Historia, pero de la mala. En parte de Balcanes esta élite cleptocrática sigue en el poder, capturando Estados hechos a su medida y recurriendo al lenguaje del «pueblo atacado» para agrupar la tribu y acallar cualquier desafío democrática a su poder. Algunos de sus líderes más tóxicos entre ellos, como he comprobado en un viaje a la región, miran con interés el procés, cuyos líderes, con el huido Puigdemont a la cabeza, empiezan a ser maestros en esta escuela nefasta.

¿El resultado para el espacio público? Pues democracia de mala calidad con guiños autoritarios y populismo casi hegemónico, empobrecimiento, emigración, economías frágiles y dependientes de troikas, la homogeneidad resultante de expulsar al diferente y sociedades segregadas de cámaras de eco y donde la reconciliación es muy difícil. El ciudadano de a pie añora los días en que pertenecía a una colectividad más amplia y las cosas iban mejor. A pesar de ello, al igual que en Balcanes surgen movimientos y alternativas democráticas que cuestionan sus élites y el nacionalismo como excusa, en Cataluña aún no es tarde para evitar que esta política tan destructiva se consolide. Renovemos pues acuerdos constitucionales en base a conceptos de ciudadanía, concesiones mutuas y reglas compartidas. Aun así, uno no deja de sorprenderse ante el atractivo ciego del nacionalismo, también en el extranjero. Quizá porque, como decía Misha Glenny en La caída de Yugoslavia, «neutraliza esa parte de la mente capaz de valorar ecuaciones complejas».

Francisco de Borja Lasheras es director ECFR Madrid.

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