Del renacer

Hace unos días se estrenó, en el Teatro Real de Madrid, Rodalinda, una de las operas de Händel menos representada, acaso por su complejidad. Pero con ser una obra compleja y poderosa, está meticulosamente entramada –así se demostró durante su montaje en Madrid– y ha acabado siendo una de las grandes óperas de madurez, de las muchas que compuso este genial compositor. El fulgor de esta obra ya se apreció tras su estreno en Londres en 1725, pues en una sola temporada fue representada catorce veces. Ahora su renacimiento en Madrid se debe a la oportuna y valiosa programación del Real, así como al extraordinario plantel de directores e intérpretes. Resurge esta obra, rara por sutil y profunda, para ofrecernos una «resurrección» matrimonial y familiar, aunque lo que podría haber sido un mero melodrama, un enredo de pasiones desatadas, es mucho más. En ello tiene mucho que ver el niño de la historia que, con su sufrimiento angustioso y mudo, padece el mal que le acosa. Una casa que gira bajo el firmamento estrellado nos conduce a la vivencia última de la Naturaleza, que aparece con gran protagonismo en no pocos libretos del autor de Rodalinda. Esa Naturaleza proporciona a su obra un sentido trascendente que en Bach representa la Divinidad.

Cualquier aproximación a Händel nos lleva a recordar al otro gran músico de su tiempo, alemán como él, Johann Sebastian Bach, y pensamos en los sucesivos desencuentros que tuvieron. El primero surge cuando Bach supo que Händel se encontraba en Halle y para allí salió a su encuentro, haciendo de intermediario previo su hijo Carl Philipp. Éste escribió luego que Händel «rechazó encontrarse con Bach, fénix de la composición». Bach partió raudo en diligencia desde Cöthen y llegó a Halle el mismo día que Händel abandonó la ciudad, evitando claramente el encuentro. El segundo de los desencuentros se da cuando Bach vive en Leipzig, estaba enfermo y solicita a Händel, a través de otro de sus hijos, Wilhelm, que lo visite, pero el triunfante compositor en Inglaterra no aceptó. En fin, se habla de una última aproximación cuando Bach ya había muerto. ¿Celos por parte del Músico Real de Inglaterra frente a un maestro de órgano y de cantores, pero igualmente genial, inmenso en sus obras, poseídas éstas de un grave humanismo trascendente que las de Händel no tuvieron, al margen de la riqueza y la genial orquestación de sus obras? ¿O quizás simplemente –nacieron el mismo año (1685)– recelo de un genio hacia el otro? Las dos causas pudieron ser.

Acudo al estreno de Rodalinda después de haber vivido, meses atrás, otros dos renacimientos: el de un escritor, Tolstoy, y el del mismo Händel. Porque de Tolstoy leí su novela Resurrección y de Händel escuché la extraordinaria versión que de su oratorio La Resurrezione hizo la orquesta «Collegium 1704» de Praga, sensible y arrebatadamente dirigida por Václav Luks. La resurrección anímica de Tolstoy quedó fijada en su novela Resurrección, obra de madurez, escrita cuando el narrador ruso había superado el mezzo del cammin de su vida y se dio en su cabeza y corazón una turbulencia de ideas desencadenadas por la inminencia de la Revolución rusa, pero a la vez por su renacimiento espiritual que sustentaría en una radical fidelidad a los principios evangélicos. Así que se dio en él ese choque brutal con la Historia que suele ser lamentable y terrible para los creadores. Además, se dejó llevar por lo que Jung reconoció como el «proceso de individuación»: aquel que lleva a cada humano a ser el que debe ser.

Ideológicamente Tolstoy, como Dostoievski, son unos lúcidos avanzados de las tensiones que más tarde –terrible dualidad, consumada ya la Revolución– padecerán autores como Pasternak, Ajmátova o Tsvietáieva. La crónica final de ello está en Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. El desenlace de la vida de Tolstoy fue su huida de casa –donde hasta la atmósfera familiar le resultaba irrespirable–, en busca quizás de un monasterio, pero morirá bajo la soledad y el frío de la estación de ferrocarril de Astápovo. En su novela se da un durísimo traslado de prisioneros a Siberia, que se repetirá en el

Doctor Zhivago. En Tolstoy son los revolucionarios y los delincuentes comunes los que van, caminando o en trenes nauseabundos, al apartamiento o a la condena siberiana. En Pasternak, los trenes se llevan hacia el este a los fugitivos, delincuentes o condenados por la Revolución. Paradojas terribles de las ideologías extremadas, que sólo el paso del tiempo atenúa después de periodos de guerra y crueldad. La rebelde resurrección de Tolstoy se frustra con su muerte, pero logró fijarla antes en su novela, donde el vendaval de las ideologías se ve superado por la presencia del amor de los dos protagonistas, aunque Nejlúdov/Tolstoy se vea obligado a superar la pasión por Katiusha con citas evangélicas. Final del libro que nada gustaría a Chejov.

La tercera de las resurrecciones se da de nuevo en Händel. Como un anuncio, nos la avanza tempranamente, en sus años en Roma (1707-1709), en un oratorio lleno de frescura expresiva y genio, escrito a los veintidós años: La Resurrezione. Sólo un año antes había creado otra de sus obras máximas, el airoso Dixit Dominus, basado en el salmo 109. Ambas, no por precoces, dejan de ser obras magistrales. En La Resurrezione, los personajes cercanos a la tumba vacía del huerto –María Magdalena (soprano), Ángel (soprano), San Juan (Tenor), Cleofás (contralto) y Lucifer (bajo)– van del dolor supremo a la suprema esperanza en esas penumbras entre la noche y el alba, con aroma a mirra y áloe, bajo cielos turbulentos.

Hasta aquí la resurrección canónica, pero la resurrección anímica del propio Händel se daría en Londres cuarenta años después, cuando cae derrumbado por un apoplejía, pero de ella sale con voluntad ciclópea escribiendo dos nuevas óperas, Saúl e Israel en Egipto, y sobre todo su celebradísimo El Mesías. El mensaje de esta obra se abre con la palabra «Consuelo» y el de su resurrección juvenil, romana, lo cierra el coro con la palabra «Regocíjate». Y las dos obras con la palabra «Aleluya». De esta resurrección de Händel en el verano de 1741, de ese poder transformador del Arte, escribió con detenimiento Stefan Zweig en sus Momentos estelares de la humanidad. Zweig también renace hoy gracias a sus libros, pero su vida la segó el suicidio. ¡Los terribles cruces del escritor, del músico, del artista, con la barbarie de las ideologías extremadas!

Antonio Colinas, poeta.

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