Del «torpe aliño indumentario»

Hace bastantes años tuve la ocasión de visitar Austria, en una especie de viaje casi oficial, para conocer de cerca el movimiento cooperativo de aquel país. Nos pusieron en contacto con una alta funcionaria, cuyo rango vendría a equivaler al de nuestros directores generales, y nos organizó la visita a algunas de las cooperativas situadas en Viena y sus alrededores. Al acercarse la última noche de nuestra estancia allí, nos informó de que el Gobierno le había instado a que nos invitara a una cena típica vienesa, y que acudiría a buscarnos al hotel para trasladarnos a un heurigen del barrio de Grinzing. Como recordarán muchos, el heurigen es un local donde se puede beber el vino de la bodega del propietario, aunque tengo mis dudas de que eso se cumpla con estricto rigor.

La amable funcionaria acudió a recogernos en un taxi –nada de coches oficiales fuera de los horarios administrativos– y, cuando apareció en el vestíbulo del hotel, nos quedamos entre asombrados y perplejos, porque venía ataviada con lo que tenía todo el aspecto de un traje folclórico. Ante nuestra evidente sorpresa, aclaró:

Del «torpe aliño indumentario»—Es el traje nacional austríaco. Me he vestido así en deferencia a ustedes.

Y la ropa no les resultó en absoluto insólita a los muchos vieneses con los que nos cruzamos por las calles de Grinzig.

Algunos años más tarde, avecindé en Majadahonda con una familia austriaca, los Prischl, que habían llegado a Madrid de la mano de una conocida empresa alemana, y me contó la madre de la familia que, al principio, en las dos primeras reuniones sociales que organizó la empresa, ella había acudido con el traje nacional austriaco, pero que entre los empleados españoles y sus familias causaba tal expectación que dejó de hacerlo.

Recordé ese cuidado en el protocolo de la vestimenta, que se aplica tanto en Centroeuropa como en el Reino Unido, cuando hace unas semanas, en el Parlamento de Cataluña, observé a un tipo, que parecía haberse escapado de un gimnasio, ataviado con una camiseta blanca de manga corta. Era un día de febrero bastante frío, y el atuendo no resultaba nada recomendable, ni siquiera para salir un momento del gimnasio, pero no se trataba de un monitor de aerobic, sino que era el presidente de una comisión parlamentaria.

Tengo asumido que el aspecto exterior se usa a modo de protesta desde hace muchos años, porque yo también pertenecí a ese sindicato de la cómoda rebeldía, que te permite creer que estás haciendo una revolución, sin sufrir ningún peligro. Es algo habitual en todas las generaciones. Observaba Manuel Vicent que, en las fiestas que organizaba la alta burguesía madrileña, cuando descubría a un tipo con unos pantalones vaqueros sucios, sin afeitar, y unas zapatillas deportivas mugrientas, nunca era un vagabundo que se hubiera colado, sino el hijo de los anfitriones de la fiesta. Naturalmente, como decía Peter Babel, «hay que tener mucho dinero para ir vestido como un pobre». O, visto lo anterior, obtener una credencial de diputado autonómico.

No obstante, lo que puede resultar simpático o producto de la adolescencia intelectual deviene en ridículo cuando el protagonista no es una jovencita que se ha puesto un piercing en la lengua para molestar a su padre y llamar su atención, sino un ciudadano ya maduro, que cobra un buen sueldo de los contribuyentes a los que representa.

Uno de los aspectos que fueron recibidos con satisfacción por el público que tanto les quiere fue la última gala de los Goya, donde el aspecto de fiesta de fin de curso con intervención de la tuna, que solía ser la estética de la ceremonia, cambió a la liturgia tradicional de los trajes de gala, como sucede en los Donatello de Italia, los César de Francia o los Oscar de Hollywood. Llamar gala a un acto donde la gente salía a recibir el premio como si acabara de salir de una bolera parecía un contrasentido, a no ser que la puesta en escena de la crisis del cine español llevara consigo la demostración de que era tan grave que a los actores no les llegaba ni siquiera para comprarse una chaqueta.

Al actual ministro de Finanzas griego, Yanis Varufakis, le llega para comprarse una Yamaha 1.300, y también para proveerse de una corbata, pero prefiere asistir a las reuniones con sus homólogos con la camisa por fuera, como si fuera el alumno pijo de Essex o Birmingham, adonde le llevaron a estudiar sus burgueses y acomodados padres.

El día que tenga que viajar a Sídney, porque se case su hija, donde vive con su madre, ¿acudirá en moto a la ceremonia e irá sin corbata o la ruptura de las convenciones se puede olvidar en el seno de la familia?

Se comienza por confundir la convención con la falta de libertad y se termina meando en la calle. En las madrugadas de los viernes, cuando, de noche, acudo a la radio, he visto a más de una cría bajarse los pantalones y las bragas, y ponerse a mear en medio de la acera, una demostración irrefragable de anticonvencionalismo. Y me reconforta que mi mujer, mi hija, mi nuera y mis amigas sean mujeres convencionales, al menos en ese aspecto.

Antonio Machado convirtió en leyenda su «torpe aliño indumentario», pero siempre llevó un terno, es decir, un traje de tres piezas –pantalón, chaqueta y chaleco– como el profesor Enrique Tierno Galván, a quien he visto, siendo alcalde de Madrid, acudir a las fiestas de la Paloma con un clásico terno, en pleno mes de agosto, cuando el termómetro salta de los treinta grados a las diez de la mañana.

A mí nunca me quitará el sueño la descortesía de los demás en su descuidado «aliño indumentario», porque ese es su problema, no el mío; ni aspiro a que Luisa Fernanda Rudi, presidenta de Aragón, acuda a las cenas oficiales vestida de baturra, pero me parecen ridículos todos aquellos que, cumplidos los cuarenta, pretenden engañarse a sí mismos sosteniendo que el pelo largo y el descuido en el vestir son factores que ayudarán a transformar la sociedad. Ya decía Peter Babel que «no hay nada más ridículo que una anciana con melindres de doncella y un revolucionario que hace la guerra en los cafés». O en el guardarropa, que es un sitio todavía más tranquilo.

Luis del Val, escritor y periodista.

1 comentario


  1. Me ha gustado mucho el artículo de Luis del Val. Gracias, porque no suelo leer ABC

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