Del valor de la credibilidad

Son varias las virtudes de un gobernante o aspirante a serlo que deberían ser valoradas, aunque me temo que las tenemos bastante poco en cuenta al decidir nuestro voto. Entre ellas están la empatía, la capacidad de comunicar, la eficacia, la solidez de sus ideas, su honestidad, etcétera. Pero quiero tratar de una de las que a mi criterio tienen más importancia y que me agradaría que algunos lectores aplicasen en su decisión dentro de una semana. Me refiero a la credibilidad. ¿Es acaso una locura pedir que un candidato sea creíble? ¿Es algo utópico o un imposible?

Cierto es que la clase política (es un estamento, sin duda) adolece de ciertos defectos comunes, como todos los sectores o gremios. Hay unas pautas que parece que se asemejan en comportamiento al de un sector de actividad, pero eso no puede significar en modo alguno la generalización. La atribución de una valoración, un juicio o un prejuicio idéntico a quienes comparten características de origen o actividad es siempre injusta. ¿Son iguales todos los gallegos, o todos los catalanes? ¿Son iguales todos los periodistas, todos los abogados, etcétera? Pues sí, pueden tener en algunos casos rasgos comunes, pero acompañado de un profundo no: no son iguales.

Tampoco son iguales los políticos. Por eso hay que luchar contra la idea de generalizar, que es lo que siempre intentan hacer los que carecen de los valores enjuiciados, los más mediocres. Así, por ejemplo, sucede con la ética. Se halla extendida la impresión de que ante la corrupción todos son iguales. Pues no. Eso es lo que intentan expandir los que tiene más cadáveres de corruptos, pero no es así.

Pues bien, con la credibilidad sucede lo mismo. No todos son, ni mucho menos, iguales. Evidentemente, puede haber diferencias o evoluciones en el pensamiento de un mismo dirigente, o incoherencias y también algunas contradicciones. Pero eso es muy diferente, en cantidad y calidad, de lo de aquellos que tienen una estela de abundantes mentiras y engaños a la ciudadanía.

Que cale en la opinión pública la idea de que ningún político es creíble y sea alentada esa idea por los que más carecen de credibilidad es algo que debe rechazarse de modo rotundo. Insisto: no todos son iguales o parecidos.

Antes había que remitirse a la hemeroteca, esto es, aquel lugar -poco accesible- donde constaba por escrito lo que se había dicho hace un tiempo. Pero eso ha cambiado. Ya no es solo la contradicción plasmada en un periódico de papel; hoy es la imagen y la voz lo que tiene más valor en la divulgación política.

Pero las incoherencias entre lo aseverado en tiempo pasado y después no son muy frecuentemente puestas de relieve por los medios de comunicación oral o televisiva. Lo hacen poco, y generalmente de modo sesgado y referido siempre a los monstruos odiados por un medio informativo en cuestión que oculta las incoherencias de los propios.

Pero algo, se supone, ha cambiado con internet. Tener acceso a lo declarado anteriormente por un político y poderlo contrastar, en apenas unos segundos, con su cambio de opinión reciente es algo muy interesante. Pero no se utiliza mucho y se le da poco valor. Creo que deberíamos utilizarlo más, salvo que, al igual que con la ética, nos hayamos dejado invadir por el «todos son iguales».

He escrito mucho y desde hace tiempo sobre la corrupción y el nivel de tolerancia de la sociedad. Precisamente, creo que si la ciudadanía penalizase más la corrupción, se corregirían la connivencia, la tolerancia o el relativismo de sus efectos. Por eso se ha extendido tanto: porque los dirigentes sabían que apenas les penalizaban por ello.

Pues exactamente igual sucede respecto de la credibilidad. Admito, como antes señalé, unos márgenes de cambio de opinión de un dirigente político o unas correcciones concretas o una cierta evolución de opinión en un punto concreto, pero no incoherencias o mentiras tan frecuentes como algunos (repito, no todos) prodigan.

Parece que se han olvidado (es un mérito de él, sin duda) del inmenso desfase entre el discurso con que el actual presidente llegó al Gobierno -tanto en su campaña de hace casi cinco años e incluso su discurso de investidura- y la manera en que ha actuado en este larguísimo periodo (salvo la prórroga). Esto, en quien ha gobernado un periodo que acaba, debería ser apreciado y valorado particularmente cuando ha habido un derroche de incumplimientos. Pero me temo que la memoria es flaca.

Creo que la política, más que leyes y mandos, son sobre todo actitudes. Y entre ellas, la credibilidad debería ser de lo más tenido en cuenta al votar. Yo así lo haré con quienes en este tiempo han tenido responsabilidad de mando u oposición. No me gusta que se rían de mí.

Jesús López-Medel, abogado del Estado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.