Deleitosa y la España inconformista

El fotógrafo Eugene Smith no escogió Deleitosa para retratar la pobreza y el aislamiento de España porque fuera el lugar más pobre y aislado -los había peores-, sino porque el pueblo reflejaba la media de cómo vivían los españoles entonces. La crónica de la revista ‘Life’ de 1951 destacaba que los habitantes de la localidad extremeña nunca habían visto un tren, el correo llegaba en burro, el teléfono más cercano estaba a 20 kilómetros y la única bañera pertenecía al médico local. «Deleitosa vive entre la pobreza y la fe», decía el texto que acompañaba fotografías icónicas como la del velatorio de Juan Larra, uno de los vecinos.

Que ese país se haya convertido en pocas décadas en la décimo cuarta economía del mundo -llegó a ser la novena-, con un índice de alfabetización del 98% y la segunda mayor esperanza de vida del mundo, es un logro del que a los españoles nos cuesta sentirnos orgullosos. Uno de los grandes protagonistas de la política de los últimos años me incluía el otro día entre quienes carecen de la perspectiva necesaria para valorar lo conseguido.

Deleitosa y la España inconformistaMi interlocutor no era, precisamente, fan de esta página. Me reprochaba el reiterado tono negativo de mis artículos y lo que veía como diagnósticos simplistas sobre lo que no funciona en nuestro país: las listas cerradas y la endogamia de unos partidos políticos que ahuyentan el talento, la corrupción rampante que tan caro nos ha costado -ahí está la factura que nos han dejado los políticos-banqueros de las cajas de ahorros-, nuestro obsoleto sistema educativo o la incapacidad de dejar atrás el sectarismo de las dos Españas. Y, por supuesto, la manida meritocracia, que de tanto resaltar su inexistencia, se te está poniendo difícil «explicar que tú hayas llegado a director de EL MUNDO». ¡Auch!

Hay un renovado empuje por reivindicar los logros de España que no busca la comparación con otros países que van mejor que el nuestro, sino con el país que fuimos hasta hace bien poco. ¿Que nuestros escolares están por detrás de los finlandeses en casi todas las materias? ¿Nuestras instituciones más débiles que las británicas? ¿Nuestros medios de comunicación, como decía ‘The New York Times’ esta semana, lejos de los estadounidenses en libertad de prensa? Algo tendrá que ver que hace unas décadas estuviéramos matándonos en una guerra, que Franco sólo lleve muerto 40 años -lo hemos resucitado en nuestro dominical ‘Papel’ para preguntarnos qué pensaría de la España actual- y que nuestra democracia esté, en términos históricos, en la infancia.

La flagelación constante a la que nos sometemos los españoles puede resultar exagerada, pero tiene su sentido como medida de prevención para un país que, habiendo dejado pasar tantos trenes, necesita mantenerse despierto si no quiere perder el próximo. En realidad ese tren ya está pasando delante de nuestras narices, en forma de una Revolución Digital que está transformando cómo hacemos negocios, compramos, nos relacionarnos, entretenemos, informamos, aprendemos o vivimos. Si algo nos dice la historia es que se va a producir una nueva selección natural que llevará a unos países a aprovechar la oportunidad y a otros a malgastarla. ¿Vamos a ser otra vez de los segundos, empleando nuestras energías en independentismos egoístas o reavivando viejas afrentas que hicieron posible la España que retrató Eugene Smith en Deleitosa?

Al volver al pueblo cacereño, 65 años después, nuestro fotógrafo Carlos García Pozo se ha encontrado un lugar muy diferente al que describió ‘Life’. Ya no es ese sitio «donde la vida ha avanzado poco desde tiempos medievales». La industria cárnica ha traído prosperidad y sus habitantes juegan al pádel en tardes donde todo parece haber cambiado, salvo «las tradiciones que nos hacen españoles y el transcurrir de la vida». Viendo las imágenes de Smith y García Pozo pensé que mi postura y la de mi compañero de tertulia del otro día no eran tan incompatibles, después de todo: uno puede sentirse orgulloso de la España que hemos dejado atrás e inconformista con la que tenemos.

David Jiménez, director de El Mundo.

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