Delirios del pesebre identitario

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 12/09/06):

La España liberal democrática se fundamenta en el pluralismo, esto es, en la aceptación de variadas y diversas visiones del mundo. Distinto del relativismo y a años luz del nacionalismo, es inseparable de la tolerancia y rechaza frontalmente el dogmatismo y el fanatismo. Por ello, pluralismo y ciudadanía no pueden nunca separarse. En el siglo pasado el protagonismo de las clases sociales cedió paso, hasta nuestros días, ante las identidades nacionales, territoriales, de raza, de sexo e incluso individuales. Realidades presentes en la realidad política y social española en la que el problema de la identidad se ha llevado conscientemente hacia una dimensión especial de la misma, la territorial, regional o nacional, que se sustenta en razones ideológicas, políticas y económicas. Y no debemos olvidar que la identidad se convierte siempre en una ideología política encaminada a convertir sociedades heterogéneas en pueblos homogéneos que sojuzgan la voluntad de los ciudadanos y que fomentan el mito del carácter nacional, deformando y reinventando la historia y alejándonos de los valores ilustrados que han servido de cimientos a la construcción de Europa.

La convivencia democrática en la España de los últimos años se ha visto seriamente afectada por la presión nacionalista, que se ha aprovechado de la injusta ley electoral que rige en el país y de la aquiescencia de los antidemocráticos derechos históricos, algo inimaginable en cualquiera de los Estados europeos de la Unión. Casi treinta años después de promulgada la Constitución de 1978, España no sólo no se ha fortalecido como nación solidaria y vertebrada gracias a las autonomías, sino que va camino de su disgregación como Estado al marginarse en leyes básicas para la ciudadanía el derecho de igualdad de los ciudadanos en pro del reconocimiento histórico de derechos territoriales, hecho éste que nos devuelve, sin máquina del tiempo, al Antiguo Régimen. Si a ello añadimos que la deriva hipertrofiada de las autonomías y sus representantes políticos (auténtico pesebre de lo peor de cada una de ellas) ha desencadenado una disputa depredadora, insolidaria y suicida de los limitados recursos del Estado, podemos entender lo inevitable de las perniciosas consecuencias que la nueva situación genera, tales como el aumento de la presión política sobre los ciudadanos sin garantías de defensa ante las ya omnipresentes manifestaciones de caciquismo y endogamia políticos.

Cualquier espectador imparcial que contemple el actual panorama político español se quedará con una honda impresión de desorden, de barullo, de crispación, de intolerancia, en medio de confusos nubarrones de pésimo agüero político. En este panorama pesa en gran medida el absurdo, triste, peligroso y, por qué no, antidemocrático enfrentamiento a cuchillo entre los dos grandes partidos políticos nacionales y la consentida y destructiva presión nacionalista sobre un Estado que está permitiendo una metástasis irremediable. Después de treinta años de aportar datos históricos, hechos comprobados, evidencias científicas y argumentos basados en la razón y la lógica, el nacionalismo cada vez es más fuerte, inmune a la realidad y al sentido común, lo que por otra parte delata su naturaleza, ajena por completo al pensamiento y la inteligencia, aunque la mítica nacionalista haya encontrado terreno especialmente abonado en sectores de la Universidad y en algunos círculos intelectuales.

Pero no debemos preocuparnos. La causa de que esto se produzca tiene más que ver con su utilidad que con la razón y el sentido común, puesto que el nacionalismo sirve para evitar la competencia, eliminando a molestos competidores venidos de fuera. Este ventajismo discriminador ha sido muy bien acogido, y posteriormente fomentado, tanto en el ámbito político como en el laboral, artístico y cultural. Nos encontramos así con una droga política que hace sentir el calor del rebaño en el establo, reconforta a muchos necios y pusilánimes, eleva la autoestima a muchos acomplejados, evita eso tan costoso y molesto que es pensar y, por si fuera poco, facilita la carrera y el futuro profesional de quien lo practica. ¿Cómo no se va a extender cada vez más si lo único que implica es ‘discriminar’ a los que no son de los nuestros, a los que no tienen los mismos derechos, a los que deben agradecernos ‘vivir’ en nuestra comunidad nacional, a vilipendiar y degradar una libertad e igualdad ciudadanas que a fin de cuentas ni dan de comer ni tranquilizan las conciencias?

¿Cómo puede atreverse un ciudadano cualquiera -ente y masa en el proyecto nacionalista- a cuestionar lo que es bueno para los ‘afines’, para los que participan del proyecto identitario? Parece mentira que después de miles de años de historia y en la coyuntura en que nos encontramos en el siglo XXI tengamos que seguir discutiendo sobre lo pernicioso de cualquier nacionalismo, cuando a lo largo de los mismos hemos tenido demasiados ejemplos de su naturaleza desviada para la razón y la ilustración y de sus funestas consecuencias para innumerables personas aplastadas sin piedad por diversos y mesiánicos proyectos de esta índole. La tristeza de constatar la vigencia del tóxico nacionalista, que degrada al ser humano, que le priva de lo poco digno y bello que ha sido capaz de atesorar a través del tiempo, se convierte en desesperación por lo que ello manifiesta sobre la naturaleza humana. Pensar y escribir en el siglo XXI contra el nacionalismo es una necesidad y una obligación moral y política, a la par que un sistema de autodefensa para cualquier intelectual que valore su libertad. Si sólo fuera un debate de ideas, no dedicaríamos ni un minuto a refutar una doctrina política tan inane, vacía, sentimental y anticiudadana como es el nacionalismo. Pero en los tiempos que corren el problema que se plantea es cómo salvar la libertad frente a esta especie agresiva y poderosa de nacionalismo que nos amenaza, y que se ve favorecida por la patética y perniciosa ‘corrección política’ y el ‘disfraz de las palabras’ que se ha instalado en nuestra acomodada sociedad.

La España del primer siglo del nuevo milenio debe ser un país que mire al futuro común de todos sus ciudadanos en el marco sin fronteras de la UE, no un ‘ente’ nacido de una historia estúpidamente modificada o idealizada por pura y consciente ignorancia o por inanición cultural, inventada por la negra reacción de los nacionalismos (germen de todos los fascismos y totalitarismos). Un país que acabe con su maldición maniquea, con su querencia tribal y sus resabios primitivos, con el regreso de la obsesión de construir y buscar enemigos con ardor de sectarismo, de polarización de derechas e izquierdas con tal de encontrar la verdad en lo contrario del otro. Ante esta repetición histórica insoportable, que asquea a las personas civilizadas y a la que habría que poner fin cuanto antes, sería preferible la desaparición definitiva del mismo. Los ciudadanos podemos, y debemos, construir el modelo de país que nos ampare, aunque en ocasiones no aceptemos todos los preceptos en que éste se asiente, pero para ello debemos despertar de nuestro desinterés y tomar conciencia rápidamente de que la democracia, como la libertad, hay que defenderlas día a día, porque sin vigilancia cívica pueden convertirse en un sistema tutelar elegido, en una democracia blanda y fofa como ésta en la que nos encontramos ahora o, sencillamente, desaparecer bajo los efectos de la demagogia. De esta forma dejaremos claro de una vez por todas si somos una nación europea moderna o un caos de ‘pseudo-naciones’ pobladas por patanes y mediocres corrompidos que reducen la política a una guerra de intereses y cuyo cainismo supera la lógica y la razón.