Delitos y trampas

La espectacular detención en  Nueva York de Dominique Strauss-Kahn, cuando ya se hallaba a bordo del avión que debía trasladarlo a París, ha suscitado, como es natural, muy variadas reacciones. Pero, además, también ha levantado una gran sospecha: que todo ello sea un gran montaje, una trampa, con objetivos políticos. Dos de estos objetivos parecen factibles: inhabilitar a Strauss-Kahn como futuro candidato socialista a la presidencia de la República Francesa y obligar a su cese o dimisión como director del Fondo Monetario Internacional.

En cuanto al primero, debe tenerse en cuenta que los sondeos franceses le otorgaban una amplia ventaja respecto a sus previsibles competidores. En cuanto al segundo, el FMI tiene una posición clave en la reestructuración económica mundial y es conocida la postura favorable de Strauss-Kahn acerca del rescate financiero de los estados europeos en situación de quiebra, con las repercusiones que todo ello implica en las relaciones entre el euro y el dólar. Estas sospechas se ven reforzadas por la débil verosimilitud de los hechos en que, al parecer, se basa la denuncia y, también, por la fama de mujeriego del imputado que hace creíble ante la opinión pública las acusaciones que se le formulan, a pesar de que la promiscuidad en las relaciones sexuales y la violencia de género sean de naturaleza radicalmente distinta.

Ahora bien, al contrario de lo que afirma Medea en la tragedia de Séneca, no siempre quien se beneficia del crimen – el famoso cui prodest-es el autor del mismo. Así lo ha entendido la juez neoyorquina que ha dado crédito a la demandante, acusa a Strauss-Kahn de los delitos de abuso y agresión sexual e intento de violación, entre otros, y mantiene detenido al imputado hasta que, de acuerdo con la ley, un gran jurado decida mañana viernes si hay suficientes indicios de criminalidad para iniciar un proceso penal que dilucide definitivamente el caso.

En el entretanto, por lo leído y escuchado, todo el mundo, sin excepción, da por finalizada definitivamente la carrera pública del político francés. Se está todavía a la espera de iniciar o no un procedimiento judicial y, en el caso de que tal procedimiento se inicie, se estará durante un periodo indeterminado de tiempo a la espera también de una sentencia que declare la culpabilidad o inocencia del reo. Sin embargo, un tribunal, en este caso más importante que el propiamente judicial, ya ha dictado su veredicto sin esperar a prueba alguna: es el tribunal de la opinión pública, inducida en este caso por unos cuantos políticos y medios de comunicación de nivel mundial. Se han cargado al acusado sin escucharle. Ya han dictado sentencia. Jesús o Barrabás, ¿recuerdan? Pues lo mismo.

Nadie sabe con certeza qué resultará de todo ello. En todo caso, o es un delito o es una trampa. Supongo que la juez habrá tenido en cuenta todas las implicaciones del caso y no habrá actuado a la ligera. Por tanto, lo más probable es que los indicios existan, Strauss-Kahn sea procesado y deba poner ya fin a su carrera política sin esperar a una sentencia firme. Además, hoy en día, esta sociedad en ciertos aspectos – aunque no en la mayoría-cada vez más puritana, el honor de una persona se ve más deteriorado por un delito del tipo por el que se acusa a Strauss-Kahn que por un robo en sus múltiples variantes.

Pero cabe también la posibilidad de que lo sucedido sea una trampa: muchos, por variados motivos, estaban deseando la caída del político francés, conocían sus flancos débiles y preveían la reacción de la opinión pública ante una acusación de este género. En el caso de que se decidieran a derribarlo mediante un montaje como el del hotel de Nueva York lo más probable es que su delito – porque sería también un delito- quedará impune: los actos bien planificados y, además, llevados a cabo por intermediarios, siempre quedan impunes. Y esta impunidad no alcanzaría sólo a que no resultarían ni acusados ni condenados, sino a que habrían alcanzado el objetivo que perseguían.

La presunción de inocencia, el que una persona sólo sea declarada culpable si las pruebas lo demuestran ante un juez imparcial y con las debidas garantías de procedimiento, ha quedado limitada a un principio procesal y en este ámbito es plenamente efectiva. Sin embargo, a los efectos de la imagen pública de un acusado, en especial de aquellos socialmente más conocidos, la situación se invierte: lo que se presume no es la inocencia sino la culpabilidad. No es la primera ni será la última vez a menos que el legislador ponga remedio protegiendo el honor del acusado en un mundo hipermediático.

No sé si Strauss-Kahn cometió los repugnantes delitos de los que se le acusa. En su momento conoceremos la verdad procesal del asunto. Pero lo que si sé, bien sea procesado o no, bien sea declarado culpable o no, es que se trata ya de un político derrotado. Y esto no es justo. El derecho sólo tiene una finalidad legítima: hacer justicia. Y este asunto, la garantía de la presunción de inocencia en el ámbito social, no está, en la sociedad de hoy, jurídicamente bien solucionado.

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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