Demasiado para ‘Pinkie’

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 30/12/07):

Como suele ocurrir con los grandes personajes cuyas vidas excepcionales exceden los límites de la vida misma -he aquí a alguien que supo desde muy pequeña lo que quería decir larger than life-, la existencia de este bello animal político, de esta atractiva y carismática mujer cuyo último asalto al trono del poder quedó ahogado en sangre el pasado jueves, mientras esparcía las semillas de la democracia y el racionalismo en el territorio más árido para esa siembra que imaginarse quepa, puede ser contada de dos maneras.

En la primera versión vemos a una joven abnegada e inteligente, en cuya formación han confluido los mejores vientos del este y del oeste, que de vuelta a su país, tras dejar huella académica y una estela de corazones rotos en los campus de Harvard y Oxford, ve a su padre encaramado al puesto de primer ministro por las urnas y derrocado, encarcelado y condenado a muerte por los militares. El último encuentro en una fétida celda de Karachi, apenas distante unos centenares de metros del escenario del atentado del jueves, entre Zulfikar Ali Bhutto y la bella Benazir -él tratando de salvar la compostura y las apariencias con los últimos restos de su frasco de colonia y su proverbial habano, ella sublevada por la farsa judicial que le enviaba a la horca- marcará para siempre su destino. «Hija mía, prométeme que continuarás mi misión», contará ella en su autobiografía que le dijo él.

Como en el caso de los Kennedy o de los Gandhi en la vecina y siempre enemiga República India o de los Aquino en la no muy lejana y mucho más amistosa Filipinas, la antorcha había pasado de manos. La «misión», o más bien el instrumento de esa misión, era el liderazgo de la triple P o Partido Popular del Pakistán, una formación que bajo su mano de hierro iría evolucionando desde el socialismo propio del Movimiento de los Países No Alineados de los 70 hacia un populismo con reminiscencias peronistas y su Evita con pañuelo siempre en primera línea, hasta desembocar en sus actuales posiciones socialdemócratas, nítidamente prooccidentales.

Ungida por el óleo del martirio de su padre, el propósito de Benazir no podía ser otro sino el restablecimiento de la democracia en Pakistán. Su figura de heroína de tragedia griega alcanzó proporciones shakesperianas cuando sus dos hermanos varones murieron en extrañas circunstancias -envenenado el uno, tiroteado por la policía el otro- tras las que ella siempre vio la sombra del general tirano Zia ul-Haq y de sus criaturas del ISI o servicio secreto paquistaní, inquietantemente propensas a aliarse con el integrismo islámico para impedir la modernización del país.

Por dos veces, la primera a los 35 años, consiguió Benazir llegar al puesto de su padre -algo extraordinariamente meritorio en una sociedad musulmana en la que, como ha escrito Bernard-Henri Lévy, el mero hecho de que su rostro fuera hermoso y estuviera destapado era para muchos una provocación intolerable- y por dos veces fue forzada a abandonarlo antes de que concluyera su mandato. La segunda bajo una infamante sospecha de corrupción y con la secuela de tener que dejar a su marido, el ex ministro de Inversiones Ali Zardari, encarcelado -Benazir siempre lo consideraría un «rehén» e incluso llegaría a compararlo con Mandela- mientras ella optaba por el exilio londinense.

El tercer asalto debía ser el definitivo. A medida que la figura de otro general, Musharraf, digno heredero de la tradición golpista, iba empequeñeciéndose por la doble incapacidad de democratizar su régimen y de contener con eficacia la propagación del integrismo, la de Benazir se agigantaba ante los ojos no sólo de la comunidad internacional sino sobre todo de las clases medias paquistaníes, ansiosas de salir de la alternativa diabólica entre la dictadura militar y los delirios reaccionarios de los acólitos de Al Qaeda. El impacto de su regreso con cientos de miles de seguidores escoltándola desde el aeropuerto, la valentía de su perseverancia en el empeño a pesar de los sanguinarios atentados que ese día cercenaron más de un centenar y medio de vidas en un radio de pocos metros de distancia de su automóvil y la trayectoria ascendente de su campaña hasta el mismo momento en que sólo el asesinato logró acallar su voz, garantizan ya su elevación a los altares de esa gran catedral en memoria de los mártires de nuestra civilización donde Abraham Lincoln acompaña a los hermanos Kennedy, junto a Isaac Rabin, Indira Gandhi y su hijo Rajiv a escuchar los sermones de Martin Luther King.

Algo llamado predestinación estaba forjándose en torno a Benazir cuando su padre le recomendaba leer las biografías de dos grandes mujeres que terminaron igual de mal, aunque fuera con unos cuantos siglos de distancia: Juana de Arco y la propia primera ministra de la India. También le pedía que devorara cualquier libro que hablara de la figura que él más admiraba: Napoleón Bonaparte, «el hombre más completo de la historia».

Precisamente ese «bonapartismo a la musulmana» es el que nos guía hacia el lado oscuro de la luna, hacia la otra cara mucho menos ejemplar de lo que Ian Buruma describiría como «una familia nacida para mandar». Pese a no ser militar, Ali Bhutto se veía a sí mismo como una especie de padre protector de la nación paquistaní, al modo de Ataturk o de Sukarno; y en nombre de esa especie de despotismo ilustrado -él sabía mejor que nadie lo que les convenía a sus descamisados- encarceló a sus oponentes, restringió la libertad de prensa y gobernó con pocos escrúpulos democráticos. Pues bien, ese providencialismo también formó parte de la herencia de Benazir, quien, ante el escándalo de su propia madre, se hizo elegir presidenta vitalicia del PPP.

Es la versión que nos muestra a una mujer terca, ambiciosa y sedienta de poder y de riquezas que, desde que sus hermanos la bautizaron como Pinkie por el color rosado de su piel, siempre tuvo un sentido aristocrático de superioridad y diferencia -algo parecido a lo que le pasaba en Nicaragua a la rubia y esbelta Violeta Chamorro- en medio de aquel océano de teces cobrizas. Una mujer fría y calculadora que aceptó casarse mediante un matrimonio arreglado a la vieja usanza, para cubrir las exigentes apariencias de la vida pública paquistaní y luego habría convertido a su marido en una especie de Mister 10% al servicio de su codicia.

Es un retrato demoledor al que incluso su sobrina Fátima aporta la sospecha de que la mano de Benazir pudo estar detrás de la muerte del hermano tiroteado por la policía, justo cuando él cuestionaba su liderazgo en el partido. El retrato de una persona oportunista y sin principios -Jasmima Khan, la ex esposa británica del gran ídolo del cricket paquistaní Imran Khan, la definió como «una cleptócrata con pañuelo de Hermes»-, de una manipuladora nata, capaz de basar su regreso en una negociación política con Musharraf tan tortuosa y enigmática como la danza de los siete velos. Su objetivo era conseguir una sospechosa cohabitación que incluyera la retirada de todas las acusaciones de corrupción contra ella y el blanqueo democrático de todas las violaciones constitucionales del general y sus conmilitones.

¿Dechado de virtudes o compendio de los peores vicios? Este primer gran magnicidio del siglo XXI -según el diccionario, para usar tal término no hace falta que la víctima esté en el poder, basta que su importancia política sea grande- funde para siempre la imagen de la abnegada luchadora por la libertad con la de la insaciable princesa obsesionada por dominar a los demás. Probablemente las dos visiones de Benazir combinan lo falso con lo verdadero. Es lo propio de una sociedad abierta en la que las figuras públicas terminan sirviendo de perchero a todos los fantasmas e ilusiones del hombre corriente.

En todo caso la palma del martirio diluye toda distinción entre la heroína que sacrificó una vida confortable y lujosa al servicio de un ideal y la adicta a la adrenalina de los grandes órdagos que terminó siendo víctima de la propia maquinaria que puso en marcha. Es obvio que Musharraf no hizo nada por protegerla y que los fundamentalistas no quisieron aceptar el riesgo que conllevaba su alianza. Aunque la mano ejecutora fuera la de Al Qaeda, la opinión más generalizada es la de que, como explicaba un militar paquistaní experto en seguridad a The New York Times, «ha existido un esfuerzo concertado para acabar con ella».

Benazir Bhutto ha sido la última víctima del odio impulsado por la mayor perversión de la condición humana que en la actualidad amenaza nuestra civilización. Como si el hombre estuviera emprendiendo un viaje inverso hacia la oscuridad y la barbarie, el papel que hace un siglo representaba el anarquismo -recuérdense los asesinatos de grandes personalidades destinados a divulgar «la propaganda por el hecho»- hoy lo desempeña el fundamentalismo islámico. Tras cometer sus crímenes los anarquistas se quedaban quietos con la pistola colgando de su brazo extendido, prestos para ser detenidos y enviados al cadalso para dar su vida por la causa de la emancipación humana. Los integristas musulmanes abrevian ellos mismos el camino al matar muriendo como terroristas suicidas que van en pedacitos al encuentro de las huríes del Profeta.

El asesinato de Benazir Bhutto recuerda inevitablemente el de Anwar el Sadat, el del caudillo afgano Massoud, paladín de un islam tolerante y abierto a la democracia, o el del primer ministro libanés Hariri, tan próximo a las grandes familias cristianas que también han ido pagando con las vidas de sus vástagos el precio de pretender impulsar una sociedad plural en el corazón de Oriente Medio. La trastienda de tanto derramamiento de sangre no es sino la incapacidad de los países musulmanes para superar la disyuntiva entre los regímenes dictatoriales, bien sean de índole militar (Argelia, Túnez, Egipto, el propio Pakistán) o monárquica (Marruecos, Arabia, Jordania, Kuwait), y el despeñadero de las repúblicas islámicas como Irán o el Afganistán de los talibanes que imponen el yugo de la sharia. Con la excepción de la democracia imperfecta, siempre vigilada por el Ejército, en la semieuropea Turquía, no existe un sólo caso de un país musulmán en el que se haya consolidado un sistema político mínimamente respetuoso de las libertades públicas y los derechos humanos.

El arabista Bernard Lewis lo atribuye a una especie de cortocircuito cultural que sitúa a finales del XVII tras el fracaso del segundo sitio de Viena por los turcos. Es el momento en que el islam se enroca en torno a las interpretaciones más rígidas del Corán predicadas por la escuela wahabí y pierde el paso de un mundo occidental que llega al liberalismo a través de la ilustración y encara decididamente los procesos modernizadores de la edad industrial. Mientras en el orbe cristiano la máquina de vapor da paso al tren y al automóvil, en el islámico se persigue a los constructores de relojes. Esa es la realidad sobre la que el iluso espejismo de la Alianza de Civilizaciones sirve de enésima coartada para que la comunidad internacional olvide que media humanidad tiene asignaturas pendientes que hace ya varios siglos que aprobó la otra media.

Por eso lo que nadie podrá negarle nunca a Benazir Bhutto es su optimismo crónico. En el artículo que escribió para The Washington Post, el mes anterior a su regreso, definió a Pakistán como «una nación intrínsecamente centrista y moderada». Teniendo en cuenta que su parto, desgajado de la India, se produjo hace 60 años en medio de un espantoso baño de sangre, que muy cerca del lugar en el que ha caído Benazir también fue asesinado en 1951 el primer jefe del Gobierno Liaqat Ali Khan y que desde entonces sus anales políticos reflejan una sucesión de golpes militares con breves intervalos formalmente democráticos, es innegable que la heredera de la dinastía de los Bhutto reservaba siempre la mejor de sus miradas para su país.

Era la mirada de una mujer tenaz y empecinada, convencida de que la determinación y la fuerza del carácter pueden superar todas las dificultades y derribar cualquier barrera, sobre todo si actúan convenientemente envueltas en el bello chal del sentido del deber. Es cierto que las distintas elecciones han demostrado que en Pakistán existe una incipiente clase media dispuesta a tratar de construir un puente sobre el abismo. Pero el panorama desde ese puente, que una y otra vez se hunde cuando sus ingenuos arquitectos intentan transitarlo, incluye, como relataba el viernes con su habitual destreza Gustavo de Arístegui, un índice de desarrollo en el pelotón de cola de las estadísticas de la ONU, un caldo de cultivo óptimo para el proselitismo de los grupos radicales, un contagio permanente del fanatismo importado de Afganistán, un archipiélago de 13.000 madrasas que sirven de caja de resonancia a los llamamientos a la yihad, una trama de publicaciones radicales especialmente activa y una red de conexiones y simpatías con el integrismo que engloba a gran parte del Ejército y de los Servicios Secretos. Y todo eso con la guinda de que se trata del único estado musulmán que dispone de la bomba atómica.

Ante un panorama así es imposible no levantar la cabeza y sentir un enorme respeto y admiración por el gigantesco descuadre entre el empeño de la mujer que acaba de ser engullida por ese volcán rugiente y las posibilidades reales que tenía de haber domesticado su caldera. Incluso el más excepcional y arrojado de los héroes clásicos habría parpadeado ante una montaña que, en todo caso, ha resultado ser demasiado escarpada para Pinkie. Zapatero, Moratinos o alguien en nombre nuestro debería depositar una flor sobre su tumba.